El juego político del Presidente

Por Jorge Iván Domínguez
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Quiero advertirle, antes de que siga pasando su mirada por estas líneas, que el análisis que usted va leer a continuación, no tiene que ver con principios morales, éticos o con el famoso “deber ser” que en el agudo oficio de la política casi siempre pertenece al espectro de la letra muerta.

Lo que me propongo analizar es la forma en la que el mandatario que despacha en palacio nacional, mueve sus piezas para desarrollar estrategias que le permitan en primer termino; dirigir la opinión pública y con ello la percepción sobre su persona, y en segundo lugar; la posibilidad de articular en sus propios términos, la dinámica en la que se desarrolla la pobre y mal denominada “clase” política.

Es un hecho que el presidente dicta todas la mañanas y de manera ininterrumpida el debate sobre los temas que conforman la opinión pública, y en consecuencia, los medios de comunicación abordan, ya sea para bien o para mal, las palabras que el mandatario diariamente renueva y que parece imposible acabar de analizar, dado el caudal retórico interminable, que si bien puede presentar errores y diatribas, estos quedan obsoletos a la mañana siguiente. Y así consecutivamente. 

El presidente puede cometer muchos errores en su comunicación, pero no comete el único error fatal en política, me refiero a dejar de comunicar. Las reacciones a dicha comunicación, carecen de importancia real, porque como ya nos enseño la mítica serie de televisión Mad Men, “no existe mala o buena publicidad, sólo existe la publicidad”. Y por supuesto, todo el debate político nacional se enmarca en los escenarios comunicacionales que el presidente pone sobre la mesa y por ende domina.

Regularmente los niveles de popularidad de un gobernante, comienzan a derrumbarse a partir de la segunda mitad de sus mandatos, donde las propuestas empiezan a materializarse en mentiras y los resultados en quimeras. Sin embargo, nuestro presidente sigue en muy buenos niveles de aprobación, resultado por una parte, de su estrategia de comunicación, pero también gracias al impacto de sus programas sociales, y asimismo del adelanto de la sucesión presidencial, a lo que me referiré a continuación. 

Antes de llegar al momento de los resultados gubernamentales, el presidente madruga a la oposición, a los medios y su propio clan político, con el juego de las “corcholatas”, por lo que de manera ipso fáctica nos hemos saltado la penúltima etapa del gobierno, para dar paso a la elección del 2024, iniciada casi a la mitad de su periodo.

Muchos analistas vaticinaron que el temprano inicio de la sucesión, era un suicidio para el todo poderoso tlatoani mexica, pero de manera contraria, Andrés Manuel López Obrador, ha demostrado que adelantar los tiempos políticos le ha traído tres beneficios fundamentales. Primero, la disolución del debate político que en estos momentos tendría que estar versando sobre los resultados de su mandato. El segundo, el fortalecimiento de sus cuadros políticos rumbo al 2024 en comparación con la desmembrada oposición. Y tercero, y muy importante, es que si él mismo es el narrador de la historia, seguirá teniendo control del proceso.

Ya se ha dicho que el oriundo de Tabasco es experto en simbolismo y arquetipos de poder, y así lo ha demostrado sacando al ruedo a sus tres “corcholatas”. Por un lado salé Adan Augusto que en su arquetipo de hermano mayor se planta en las cámaras federales y locales a regañar a la oposición, lo cual le ha dado posicionamiento. Por el otro sale Claudia Shiembaum, en su papel de hija consentida, que recorre sin miramientos todo el país proyectándose como la continuidad de su padre político y aprovechando las coyunturas para hacerse de las preferencias morenistas. También aparece Marcelo Ebrard, que ha asumido de manera lógica, el arquetipo de niño prodigio, que sabe gobernar y también sabe hacer uso de la comunicación para llegar a nichos que la mayoría de los obradoristas no llegan. Y hasta Ricardo Monrreal en la linea de hijo rebelde, le completa el cuadro al presidente, quien de forma natural se adjudica el papel arquetípico de Rey Sabio, que no ocupa como tal un espacio en el tablero, sino que en realidad es quien mueve las piezas.

Y si a este escenario le suma, que tenemos una oposición estéril, con una enorme carencia de imaginación y también de calidad moral, el resultado es una democracia coja y una República carente de equilibrios. 

Pero como los vacíos en la dinámica del poder siempre se llenan, éste papel lo han ido  absorbiendo las cámaras empresariales, las OSC´s y los medios de comunicación, que al ocupar un espacio que no les corresponde, no logran ser el fiel que la balanza requiere.

No es el objetivo de este pequeño y humilde análisis escudriñar sobre los resultados de este gobierno, pero en términos de comunicación, que es la piedra angular de la actividad política, el juego del Andrés Manuel es el único que realmente tiene peso. Y esto puede ser un logro del presidente, pero a la vez, constituye una desgracia para el régimen democrático en México.

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