Hay una palabra que los gobiernos evitan pronunciar en sus informes de resultados, aunque sea la que más los sostiene: diáspora. No la mencionan en el arranque del discurso presidencial ni en la foto de gabinete. La mencionan, si acaso, en el anexo estadístico, cuando ya nadie está mirando. Y sin embargo, esa diáspora… la gente que se fue, la que manda dinero cada quincena, la que construyó una vida en otro idioma incluso para sostener una en el suyo… es, en tres regiones del mundo que aparentemente no tienen nada que ver entre sí, el verdadero colchón macroeconómico de sus países de origen.
Marruecos y España. México y Estados Unidos. Centroamérica y México. Tres geografías, tres idiomas, tres historias migratorias distintas. Y, sin embargo, el mismo mecanismo económico operando con precisión casi idéntica: exportar mano de obra, importar remesas, y llamarle a eso «estabilidad».
Empecemos por España. Marruecos dejó de ser, hace una década, un vecino lejano en la orilla sur del Mediterráneo para convertirse en la comunidad extranjera más numerosa del país: más de un millón de personas, con un crecimiento de 200 mil residentes en apenas dos años. El dinero que esa comunidad envía de regreso pasó de representar el 7,4% del total de remesas salidas de España en 2013 a convertirse en el segundo destino más importante en la actualidad, solo detrás de Colombia. Y en Marruecos, ese flujo ya no es un ingreso complementario: es, junto al turismo, la principal fuente de divisas del país, cerca del 8,5% de su Producto Interno Bruto. Marruecos no exporta solamente fosfatos o textiles. Exporta gente, y esa gente, a la distancia, sostiene la balanza de pagos de todo un reino.
Ahora querido lector, crucemos el Atlántico. México recibió en 2025 casi 62 mil millones de dólares en remesas, según el Banco de México. La cifra bajó 4,6% respecto al año anterior, no porque los mexicanos en Estados Unidos hayan dejado de trabajar, sino porque la política migratoria estadounidense se endureció y el flujo de nuevos migrantes se contrajo. Es decir: cuando Washington aprieta la frontera, Banxico lo siente en sus indicadores y usted y yo también! Ese es el nivel de dependencia estructural del que hablamos. Uno de cada seis migrantes internacionales del planeta elige Estados Unidos como destino, y buena parte de ese ejército de trabajadores… jardineros, meseras, obreros de la construcción, enfermeras, sostiene, con cada transferencia de 397 dólares en promedio, la economía de estados como Michoacán, Guanajuato y Jalisco. Casi dos millones de hogares mexicanos dependen directamente de ese dinero. Y aquí viene la parte ácida: la mayoría de quienes lo envían no tienen estudios profesionales. Ganan, en promedio, la mitad de lo que gana un migrante con posgrado. La diáspora que sostiene a México no es la clase creativa que hace networking en Silicon Valley. Es la que limpia oficinas a las cinco de la mañana.
Y luego está el tercer piso de esta misma casa: Centroamérica. Ahí México deja de ser el país que recibe remesas de Estados Unidos para convertirse, simultáneamente, en país de tránsito, en frontera vertical, y en receptor de una migración centroamericana que también busca trabajo, que también manda dinero a casa, y que también sostiene economías… Honduras, Guatemala, El Salvador, donde las remesas no son un ingreso más: son, en algunos casos, más del 20% del PIB nacional. Honduras, de hecho, ha duplicado en pocos años su participación en las remesas que salen de España. El patrón se repite hacia el sur, hacia el norte, hacia cualquier frontera que separe un salario de otro.
Pero y cuál es la coincidencia real, la que debería quitarnos el sueño y no solo llenar páginas de análisis económico? Que los tres casos comparten una misma arquitectura de poder disfrazada de solidaridad familiar. El país de origen no necesita reformar su economía, generar empleo digno ni invertir en sus regiones más pobres, porque tiene una válvula de escape: manda a su gente afuera y factura lo que esa gente logra a pesar del sistema, no gracias a él. Las remesas no son caridad sino subsidio no declarado, una especie de exportación silenciosa de capital humano que ningún gobierno reconoce como tal porque hacerlo obligaría a admitir una derrota estructural.
Y del otro lado, en el país receptor de esa mano de obra, España, Estados Unidos, ocurre el fenómeno espejo: se necesita a esa diáspora para sostener sectores enteros (agricultura, cuidados, construcción, servicios), pero se le regatea el reconocimiento social y político. Se le agradece el PIB en privado y se le cuestiona la pertenencia en público. Ese doble discurso que nos es tan familiar entre bienvenida económica y sospecha cultural es idéntico en Vox cuestionando remesas a Marruecos, en la retórica migratoria estadounidense que se endurece cada ciclo electoral, o en los operativos mexicanos contra caravanas centroamericanas mientras Banxico celebra sus propias remesas como logro nacional. La hipocresía no tiene pasaporte único, es un acto universal.
Como estratega, lo que me interesa no es el debate moral, eso ya lo tienen los editorialistas de siempre, sino la pregunta de poder: quién controla la narrativa de la diáspora? Porque quien la controla, controla también el relato de quién es héroe y quién es carga, quién construye nación y quién simplemente «manda dinero». Y mientras los tres países de origen sigan tratando la migración como política de contención de pobreza en lugar de fracaso de desarrollo, seguiremos viendo la misma escena con distintos acentos: familias divididas, economías dependientes de un giro bancario mensual, y gobiernos que aplauden cifras récord de remesas como si fueran un triunfo, cuando en realidad son el diagnóstico más honesto y patético de todo lo que no han resuelto en casa.
La diáspora no es folclor ni nostalgia de sobremesa. Es la prueba contable de que algo, en el país de origen, sigue sin funcionar.
Y ahora en España aplica eso de “éramos muchos y parió la abuela”.
Just saying…
