MUERTO EL NIÑO, A TAPAR EL POZO

Rodrigo Melo
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Dice el refrán que después de muerto el niño, hay que tapar el pozo. En México lo cumplimos al pie de la letra: esperamos a que se ahogara Dafne para descubrir, de golpe, que el pozo llevaba ochenta años destapado y que ya habían caído otros dos antes que ella.

La Secretaría de Educación Pública prohibió esta semana las escuelas militarizadas. A partir del 31 de agosto ninguna institución podrá ostentarse como «militar», «militarizada» o «castrense». El anuncio llegó el 30 de julio, tres semanas después de que Dafne Zapata Quintos, de 13 años, muriera por asfixia en un campamento de verano de la Academia Militarizada Doenitz, en Ciudad Madero. Había ingresado cuatro días antes. Su madre la inscribió, según contó, para que aprendiera autonomía y disciplina. Se la devolvieron sin vida.

La reacción sería admirable si no fuera tan tardía. Porque estas escuelas no eran un secreto ni operaban en la clandestinidad: la propia SEP tenía 62 registradas en su Catálogo de Centros de Trabajo, con clave oficial, algunas funcionando desde hace más de setenta años. No es que las autoridades no supieran que existían. Es que las tenían anotadas, con nombre y dirección, y decidieron no mirar. El vacío legal del que ahora se habla no era un vacío: eran dos reglamentos, uno de 1943 y otro de 1982, que nadie se molestó en derogar en ocho décadas. La ley no faltaba. Faltaban las ganas de aplicarla.

Y aquí conviene detenerse en los muertos de esa omisión, porque Dafne no fue la primera. En noviembre de 2023, Zamir Pinto, de 16 años, murió en el Colegio Militarizado Aztlán de Tultitlán, cinco días después de ingresar. La escuela le dijo a la familia que había sido un ataque de epilepsia; la necropsia encontró traumatismo abdominal por una golpiza. En abril de 2025, Erick Torbellín, de 13 años, murió en un campamento de la Academia Ollin Cuauhtémoc. La escuela dijo insolación; la necropsia dijo estallamiento de vísceras por agresión física. En julio de 2026, la Academia Doenitz sostuvo que Dafne se había desvanecido sola mientras se bañaba. La necropsia halló asfixia por sumersión.

Tres niños. Tres versiones oficiales blanditas, casi maternales: una epilepsia, una insolación, un desmayo en la regadera. Y tres necropsias que contaron exactamente lo contrario. El guion no varía porque funciona: se avisa por WhatsApp o por llamada, se ofrece una causa natural y se confía en que el dolor de la familia sea más grande que sus ganas de exigir una autopsia. A Dafne le reportaron, durante cuatro días, que se había caído levemente, que estaba medicada, que descansaba bajo el aire acondicionado. La última llamada, antes de la que anunció su muerte, fue para decir que tenía tos y que ya la habían bañado. El fiscal de Tamaulipas lo dijo sin rodeos: los testimonios del plantel no tienen concordancia alguna con la causa científica de la muerte.

Lo verdaderamente incómodo, y lo que nadie en la conferencia de prensa subrayó, es de quién son estas escuelas. Según los registros del INEGI, de las 99 militarizadas que hay en el país, casi 64% son públicas: sostenidas con dinero de gobiernos estatales. Nuevo León solito tiene doce bachilleratos militarizados oficiales. Es decir, el Estado prohibió, indignadísimo, un modelo educativo del que es dueño mayoritario. Se descubrió a sí mismo financiando aquello que ahora califica de incompatible con los derechos humanos. Un acto de contrición admirable, salvo por el detalle de que el pecador y el confesor son la misma dependencia.

Pero lo mejor viene ahora, porque la prohibición tiene la profundidad de una calcomanía. La SEP prohibió la palabra, no la práctica. Prohibió que se llamen «militarizadas», no que formen a niños de diez años en filas bajo el sol con un instructor gritando. Tan es así que uno de estos colegios, el recién rebautizado Colegio Nuevo México, ya tumbó su página anterior y reabrió con nombre nuevo, conservando en sus redes las fotos de los menores uniformados como cadetes. Cambió el sustantivo y dejó intacto el verbo. En un mes habrá decenas igual: mismos patios, mismos instructores, mismos gritos, otro logo. La transformación educativa consistirá en un ejercicio de sinónimos.

Al final quedará el acuerdo firmado, la conferencia, el modelo de la Nueva Escuela Mexicana invocado con solemnidad, y la sensación reconfortante de que se hizo algo. Se hizo, en efecto, algo: se tapó el pozo. Tarde, mal, y solo el de encima, dejando los otros noventa y ocho abiertos y públicos.

Por si de algo nos sirviera ver, primero, nuestros propios pozos.

Rodrigo Melo Castro

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