Cuando el incentivo enseña a copiar

Ana Karina Fernández
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Recuerdo que Steven Levitt hizo famosa una idea que despertó el morbo a muchos: cuando los incentivos están mal diseñados, las personas no necesariamente trabajan mejor. Simplemente aprenden a jugar mejor el sistema. En Freakonomics no acusa a todos los maestros de ser deshonestos. Demuestra, con datos, que algunos alteraban respuestas de exámenes estandarizados porque la presión por obtener buenos resultados era mayor que el costo esperado de ser descubiertos. No era un problema de pedagogía sino de incentivos.

La reciente evaluación docente vuelve a poner esa discusión sobre la mesa. Diversas irregularidades, conductas indebidas y señalamientos sobre posibles “trampas” durante el proceso no deberían analizarse únicamente desde la indignación moral. Ese enfoque produce titulares, pero pocas soluciones. La pregunta económicamente interesante es otra: qué condiciones hicieron racional que algunas personas decidieran hacer trampa?

Eso es exactamente lo que Levitt proponía. Cambiar la pregunta.

Cuando un sistema premia únicamente el resultado y deja de observar el proceso, inevitablemente aparecen quienes intentarán fabricar el resultado y no porque sean necesariamente peores personas, sino porque el propio sistema les comunica que el número importa más que la forma en la que se obtuvo.

La economía lleva décadas explicando este fenómeno. Si la recompensa por aparentar éxito supera el riesgo de ser descubierto, aumentan los incentivos para manipular la evidencia y no ocurre únicamente en la educación. Sucede en mercados financieros, hospitales, empresas, campañas políticas y organismos públicos.

La diferencia es que cuando esto ocurre en el sistema educativo el costo es mucho mayor. Un fraude financiero afecta inversionistas y una evaluación manipulada puede afectar generaciones completas.

Si un maestro obtiene una plaza mediante procedimientos indebidos, el problema no termina el día del examen. Más bien comienza ahí. Durante años miles de alumnos dependerán de una decisión que nunca debió ocurrir.

Ese es el verdadero costo económico.

Levitt utilizó modelos estadísticos para detectar patrones prácticamente imposibles de ocurrir por azar. Respuestas corregidas después del examen o cambios concentrados únicamente en alumnos con calificaciones marginales. Secuencias idénticas entre estudiantes o comportamientos demasiado perfectos para ser naturales.

La estadística terminó encontrando lo que la supervisión tradicional nunca había visto.

La lección resulta tremenda porque demuestra que muchas veces el problema no es la falta de vigilancia física. Es la ausencia de inteligencia analítica.

Mientras las instituciones sigan auditando documentos y no patrones, seguirán llegando tarde.

Y hay otro elemento igual de importante: las organizaciones suelen sorprenderse cuando aparece un fraude cuando en realidad deberían sorprenderse cuando nunca aparece ninguno.

Todo sistema con presión, recompensas y poca supervisión genera intentos de manipulación. Lo relevante no es si existen sino qué tan rápido son detectados.

Pensar que basta con apelar a la ética individual resulta ingenuo. Las organizaciones inteligentes diseñan procesos considerando que algunas personas intentarán aprovechar cualquier vulnerabilidad.

No porque desconfíen de todos sino porque entienden cómo funciona el comportamiento humano.

Aquí querido lector, aparece otro concepto fundamental de Freakonomics: los incentivos invisibles.

Un discurso institucional puede decir que la prioridad es formar mejores docentes. Sin embargo, si las promociones, el prestigio o la estabilidad laboral dependen exclusivamente de aprobar una evaluación, el incentivo real deja de ser aprender y se convierte en aprobar.

Son dos objetivos completamente distintos.

Cuando eso ocurre, estudiar deja de ser el medio y pasa a ser solamente una de muchas opciones. Copiar, conseguir respuestas, vulnerar plataformas o buscar ventajas indebidas también empiezan a competir racionalmente como estrategias posibles para quien calcula costos y beneficios.

Eso claramente no justifica la conducta pero la explica.

Y entender las causas siempre resulta más útil que únicamente condenar las consecuencias.

Existe además un daño reputacional enorme.

Cada caso documentado de fraude termina afectando también a miles de maestros honestos que sí dedicaron meses a prepararse. La confianza pública no distingue fácilmente entre excepciones y mayorías. Un solo escándalo suele contaminar la percepción de todo el sistema.

La reputación colectiva funciona exactamente igual que los mercados.

Se construye lentamente y puede deteriorarse muy rápido.

Por eso la respuesta institucional no debería limitarse a sancionar individuos. También tendría que rediseñar los incentivos para que hacer las cosas correctamente resulte más rentable que intentar hacer trampa.

Ese fue, en esencia, el mensaje de Levitt.

La economía no estudia únicamente dinero sino las decisiones.

Y las decisiones cambian cuando cambian los incentivos.

Quizá la verdadera pregunta no sea cuántos maestros hicieron trampa.

La pregunta relevante es cuántos sistemas siguen premiando únicamente el resultado mientras ignoran el proceso.

Porque cuando una institución convierte un examen en el único pasaporte al futuro, inevitablemente aparecerán personas dispuestas a falsificar el boleto.

La sorpresa no debería ser descubrirlas.

La sorpresa sería que nunca ocurriera.

Just saying …

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