Columna de opinión
Morena: nadie ganó todo
Alejandro LotzinMorena terminó de repartir las cartas. Después de meses de encuestas, recorridos, estructuras territoriales, espectaculares, movilizaciones y aspirantes empeñados en convencernos de que todavía “no eran tiempos electorales”, quedaron definidos los 17 coordinadores estatales rumbo a las gubernaturas de 2027. Pero reducir lo ocurrido a una lista de ganadores sería quedarse en la superficie. Morena no solamente escogió coordinadores: repartió poder, equilibró grupos, cedió espacios, contuvo inconformidades y dejó varias facturas pendientes.
Los nombramientos dibujan una nueva geografía dentro del partido gobernante. Está Claudia Sheinbaum con el enorme peso de la Presidencia; permanecen los liderazgos construidos durante los años de Andrés Manuel López Obrador; están los gobernadores defendiendo territorios y sucesiones; operadores como Adán Augusto López intentando conservar influencia; y dos aliados, Verde y PT, que entendieron que acompañar a Morena también significa negociar posiciones. El movimiento que durante años tuvo un árbitro prácticamente indiscutible ahora debe aprender a administrar el poder sin depender cotidianamente de su fundador.
El obradorismo no desapareció. López Obrador continúa siendo la referencia histórica y política más importante del movimiento, pero el poder institucional cambió de manos. Morena conserva el ADN de López Obrador, pero el poder político de 2026 se ejerce desde la Presidencia de Claudia Sheinbaum. Esa diferencia comienza a sentirse en la construcción del 2027, porque entre ambos espacios sobreviven gobernadores, dirigentes y operadores que crecieron bajo el liderazgo de AMLO y ahora deben relacionarse con un nuevo centro presidencial.
En medio está Adán Augusto López. Su paso por Gobernación y posteriormente por la coordinación política en el Senado le permitió construir relaciones con gobernadores, legisladores, dirigentes y cuadros locales. Chihuahua se convirtió en una de las fotografías más interesantes de ese reacomodo: Andrea Chávez llegó con enorme exposición pública y una cercanía política ampliamente identificada con Adán Augusto, pero Cruz Pérez Cuéllar terminó obteniendo la coordinación. El resultado no demuestra una derrota nacional de Adán Augusto ni permite atribuir cada nombramiento directamente a Presidencia, pero sí demuestra que ninguna red política puede asumirse hoy como propietaria automática de una candidatura en Morena.
Ahí estuvo buena parte del verdadero jaloneo. Los gobernadores intentaron influir en sus sucesiones; liderazgos nacionales buscaron preservar espacios; el obradorismo histórico mantuvo cuadros y relaciones; Verde y PT exigieron posiciones; y la dirigencia tuvo que conciliar competitividad, paridad y gobernabilidad interna. Morena pasó de tener un gran árbitro a necesitar una mesa de arbitraje permanente. Y en esa mesa, la Presidencia tiene inevitablemente la silla más pesada.
Las encuestas fueron fundamentales, pero sería ingenuo sostener que explican por sí mismas las 17 decisiones. Nayarit mostró claramente sus límites: Héctor Santana fue reportado como ganador de la medición, pero el criterio de paridad terminó colocando a Jasmine Bugarín. En Baja California Sur fue designado Manuel Cota, del Verde, mientras Milena Quiroga manifestó inconformidad; y en San Luis Potosí la definición respondió también a acuerdos políticos. La encuesta sigue siendo el gran instrumento de legitimación de Morena, pero la política continúa siendo el instrumento para administrar sus resultados.
Una encuesta mide conocimiento, intención de voto, positivos, negativos y competitividad; no mide por sí sola paridad, alianzas, vetos, gobernabilidad interna ni las necesidades de una coalición. El problema aparece cuando se presenta como sentencia definitiva y posteriormente la negociación modifica el resultado. Los números pueden ordenar la competencia, pero todavía es la política la que termina repartiendo el poder.
Ahí aparece el Verde, probablemente uno de los partidos que mejor sabe negociar su tamaño. Obtuvo espacios importantes y demostró nuevamente que no necesita ser el socio más grande para convertirse en uno de los más rentables de la coalición. El Verde sabe cuándo acompañar, cuándo presionar y, especialmente, cuándo cobrar. El PT siguió una ruta distinta: cuestionó procedimientos, reclamó espacios, exigió revisar mediciones y elevó el tono de su relación con Morena. La alianza no está necesariamente rota, pero tampoco puede seguir considerándose automática.
Todavía quedan suficientes posiciones para cerrar heridas: diputaciones federales, congresos locales, presidencias municipales, sindicaturas y regidurías. Ahí veremos la verdadera operación cicatriz, porque las heridas políticas pueden curarse con diálogo, pero muchas veces terminan cicatrizando con candidaturas. Verde y PT saben que la negociación de las gubernaturas fue solamente la primera mesa de un reparto mucho más grande.
Hay además otra lección detrás de estos 17 procesos que puede resultar determinante rumbo a 2027: el poder de los datos y la inteligencia electoral. Morena convirtió las encuestas en herramienta de selección, pero una campaña moderna necesita mucho más que preguntar quién va arriba y quién abajo. Hay que conocer dónde crece un candidato, cuáles son sus negativos, qué segmentos puede conquistar, qué temas movilizan, dónde está el voto blando, qué territorios requieren intervención y qué mensaje funciona o fracasa entre una medición y otra.
Una encuesta es una fotografía; la inteligencia electoral consiste en entender la película completa. Tener información tampoco significa tener inteligencia. Se pueden acumular encuestas, focus groups, métricas digitales, bases territoriales y miles de registros y continuar tomando decisiones equivocadas. El dato adquiere poder cuando alguien sabe interpretarlo, cruzarlo y convertirlo en estrategia. El dato que no modifica una decisión es solamente un número bonito dentro de una presentación.
Las campañas que realmente están compitiendo ya deberían trabajar con tracking, segmentación territorial, escucha digital, evaluación de mensajes, estudios cualitativos, mapas de riesgo y comportamiento electoral histórico. No para llenar escritorios de gráficas, sino para saber dónde crecer, qué corregir, qué defender y dónde utilizar recursos. La campaña que espera una encuesta para descubrir que tiene un problema normalmente ya llegó tarde.
Para la oposición, los 17 nombramientos representan información invaluable. PAN, PRI y Movimiento Ciudadano conocen a sus principales adversarios, saben dónde quedaron aspirantes lastimados y pueden identificar tensiones entre Morena y sus aliados. Sin embargo, esperar que Morena pierda por sus propios pleitos sería quizá la estrategia más cómoda —y más peligrosa— de la oposición. Una fractura solamente se convierte en oportunidad cuando existe enfrente un candidato, una narrativa, estructura y estrategia capaces de transformarla en votos.
Mientras todos acomodan sus piezas permanece además una contradicción que INE y Tribunal Electoral tendrán que resolver. Durante meses vimos aspirantes recorrer estados, organizar eventos, desplegar estructuras y posicionar sus nombres mientras oficialmente no existían campañas. Hoy tenemos 17 coordinadores colocados en la antesala de candidaturas que formalmente todavía no existen. Tenemos aspirantes que no son candidatos, recorridos que no son campañas y estructuras electorales trabajando cuando todavía no hay precampañas. La definición jurídica corresponderá a las autoridades electorales, pero políticamente cambiarle el nombre a una campaña no necesariamente cambia su naturaleza.
Y entonces viene 2027. La fotografía actual todavía no permite decretar resultados. Morena y sus aliados mantienen estructuras fuertes en distintas entidades, mientras Aguascalientes conserva condiciones favorables para el PAN; Chihuahua, Querétaro, Nuevo León y San Luis Potosí presentan configuraciones particulares por sus gobiernos, liderazgos y alianzas; y estados como Baja California Sur o Campeche pueden modificar considerablemente su nivel de competencia dependiendo de candidatos y coaliciones.
Para Morena, la primera prueba será comprobar si quienes perdieron realmente trabajarán para quienes ganaron y si Verde y PT permanecerán unidos donde electoralmente los necesite. Para PAN, PRI y Movimiento Ciudadano será decidir si continúan fragmentando el voto opositor o encuentran fórmulas locales competitivas. Sumar porcentajes en una hoja de cálculo no significa sumar electores; las alianzas también necesitan candidatos, narrativa y razones para votar por ellas.
Pero habrá una variable adicional: quién llegue con mejor inteligencia electoral. Quien conozca primero sus debilidades, detecte dónde se mueve el voto, interprete correctamente sus encuestas y convierta información en decisiones tendrá una ventaja que ningún espectacular puede sustituir.
Los 17 nombres ya están sobre la mesa. Ahora comienza la pelea por los derrotados, los aliados inconformes, los indecisos, los territorios y la información. También veremos cuánto conserva el poder histórico de López Obrador, hasta dónde llega la red de Adán Augusto y qué capacidad tiene Claudia Sheinbaum para convertirse en el verdadero centro de gravedad político de Morena rumbo a 2027.
Morena terminó de repartir las candidaturas antes de llamarlas candidaturas y, en el camino, dejó expuestas sus nuevas líneas de tensión. En 2027 quizá no gane quien tenga más padrinos, más espectaculares o incluso más encuestas, sino quien entienda antes que los demás dónde se está moviendo el poder… y dónde se está moviendo el voto.
970 × 90 · Banner
El escándalo también tiene fecha de estreno
Ana Karina Fernández
El poder detrás de Juchitán: cuando las redes se entrelazan
Filiberto Cruz Monroy