¿Una marcha para contrarrestar otra? Eso ya no funciona

Por Rubén Cárdenas
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Es muy alta la posibilidad de que la contramarcha convocada por el presidente Andrés Manuel López Obrador el día 27 del mes en curso tenga una participación mayor a la del 13 de noviembre – a favor del INE y contra ciertas acciones de su gobierno- en la que se contabilizaron unos 700 mil asistentes en la Ciudad de México, además de los que marcharon en más de 50 ciudades del país y en algunas del extranjero.

Sin embargo, esta convocatoria de AMLO para salir a las calles también será la menos auténtica de todas las anteriores, al no tener justificación legítima para movilizar a la gente, aparte del afán de exhibir poder ante la oposición.

Sin duda, al presidente no le hizo gracia alguna que tanta gente saliera la calle para manifestarse en protesta por medidas poco populares, bajo el pretexto de defender al aún menos popular Instituto Nacional Electoral. Y es que los motivos iban mucho más allá de tal institución, porque hay bastante acumulado.

Es cierto también que López Obrador todavía cuenta con un capital político respetable y, de hecho, la aprobación a su mandato sigue por encima del 50 por ciento; de ahí que la marcha que su gobierno promueve este día 27 será seguramente muy nutrida, apoyado también por toda la estructura del Movimiento de Regeneración Nacional, que gobierna 20 estados.

Y esta fuerza cuenta a la hora de mostrar músculo, dado que abarca la gubernatura de Hidalgo, Oaxaca, Quintana Roo y Tamaulipas y, aun cuando perdió la elección en Aguascalientes y Durango, se puede decir que el gobernador priísta Esteban Villegas es su aliado.

O sea que López Obrador cuenta con recursos como para superar a la oposición en cuanto a movilizaciones, pero ahora no será en respuesta a una injusticia en su contra o por una agresión a su proyecto político, sino simplemente porque tiene en la mira minimizar la potencial fortaleza de sus adversarios y eso le resta veracidad a la convocatoria.

Por muchos años, el Partido Revolucionario Institucional hizo uso de este modelo ante los gobernados y “ninguneó” a la oposición, en lugar de atenderla. Los eventos de gobernantes priístas estuvieron plagados de acarreados y ciudadanos a los que se les pagó por simular entusiasmo en desfiles y mitines.

El expresidente Enrique Peña Nieto fue el último en replicar tan desgastadas prácticas y, pese al millonario gasto que utilizó para atraer público a favor, en ninguno de los seis aniversarios de la Independencia o en otras ocasiones de participación popular pudo llenar el Zócalo, por ejemplo.

Es decir, llega el momento en que ni con todos los recursos económicos del gobierno o del partido, y menos a través del engaño, se obtiene el respeto de la ciudadanía y AMLO puede estar entrando en esa inercia burda y pasada de moda, si es que algún gobernante de verdad la tomó como una muestra auténtica del fervor ciudadano.

Y, viendo las señales, el presidente está llegando al peligroso punto de meter en el mismo costal a todos los inconformes con sus acciones de gobierno, no sólo a sus enemigos sistemáticos, sin considerar que muchos son ciudadanos legítimamente irritados y necesitan canales de expresión, como las marchas de las que su movimiento tanto dependió por varios años.

Ni modo que ya se le haya olvidado.

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