El problema no es que hablen de los viejos

Filiberto Cruz Monroy
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Voy a empezar por algo que quizá decepcione a quienes esperan una indignación políticamente correcta: a mí no me ofende que Nayeli Salvatori y Grace Palomares hablen de hombres mayores de 45 años. Tampoco me escandaliza que alguien haga bromas sobre la edad, el físico, el olor, la apariencia o cualquier otra frivolidad. Francamente, el mundo tiene problemas bastante más graves.

Lo que sí me ofende es algo mucho más sencillo: que nuestros políticos y políticas sean tan triviales.

La Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de Morena suspendió temporalmente los derechos partidarios de ambas legisladoras mientras se desarrolla un procedimiento por los comentarios realizados en el podcast ‘DesCasadas’. La propia Comisión aclaró que la suspensión no significa que hayan sido declaradas responsables de una falta y que ambas tienen derecho a presentar pruebas y ejercer su defensa. Eso habrá que esperar a verlo. El procedimiento seguirá su curso y serán las instancias correspondientes las que determinen lo que proceda.

Pero hay una pregunta que, independientemente del resultado jurídico o partidario, me parece mucho más interesante: ¿por qué nuestros representantes populares creen que pueden decir cualquier cosa que se les ocurra sin detenerse un segundo a pensar en la responsabilidad que implica el cargo que ocupan?

No me molestan las frivolidades. Yo también digo tonterías. Muchas. Me río, hablo de cosas sin importancia, hago comentarios que probablemente jamás deberían convertirse en material para un archivo histórico de la humanidad. La diferencia es que normalmente hago esas cosas en mi casa y con mis amigos. Y, detalle importante, yo no ostento un cargo de representación popular. Ese pequeño detalle debería importar.

Un diputado, una diputada, un senador, una senadora o cualquier funcionario público tiene derecho a ser divertido. Por supuesto. No creo que para dedicarse a la política haya que convertirse en una estatua de mármol incapaz de contar un chiste. Al contrario: me gusta la gente divertida.

Pero también me gustaría que nuestros funcionarios fueran comprometidos, empáticos, cultos o, por lo menos, instruidos. Que sepan cuándo están hablando como ciudadanos comunes y cuándo están hablando desde una posición que implica representar a miles o millones de personas.

Lo que me desconcierta de este episodio no es que dos legisladoras hayan hablado de hombres mayores. Es que un político pueda sentirse tan cómodo utilizando el tiempo y la exposición pública que le proporciona su posición para participar en conversaciones que, por lo menos desde lo que conocemos del caso, parecen más propias de una charla privada que de personas que tienen responsabilidades públicas.

Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿cuándo tendremos funcionarios públicos que entiendan que ser cercanos no significa ser frívolos?

Porque quizá hemos confundido demasiado la autenticidad con la ausencia de filtros. Parece que ahora mostrar que uno “es así” consiste en decir todo lo que pasa por la cabeza. Y no. Pensar antes de hablar no es hipocresía. Es, en muchos casos, simplemente responsabilidad.

También habrá que tener cuidado con otra cosa: no convertir este episodio en un juicio anticipado. Pero independientemente de lo que determine Morena, el episodio debería servir para una reflexión mucho más amplia y que no tendría que limitarse a un partido.

¿Qué esperamos de quienes nos representan? ¿Que sean populares? ¿Que sean virales? ¿Que generen contenido? ¿Que tengan seguidores? ¿Que hagan podcasts? Todo eso puede ocurrir.
Pero antes de todo eso deberían recordar que fueron elegidos para ejercer una responsabilidad pública.

Y sí, podemos reírnos. Podemos ser irreverentes. Podemos hablar de tonterías. Pero quizá las tonterías deberían quedarse, de vez en cuando, en casa. Y quizá nuestros políticos deberían ocuparse un poco más de las cosas verdaderamente importantes.

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