Un circo llamado San Lázaro

Por Jorge Iván Domínguez
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No se si comparte conmigo este sentimiento, pero cada vez que aparece en mi pantalla la tribuna de la Cámara de Diputados, no sé si estoy viendo una noticia o un cortometraje de Luis Estrada al más puro estilo de la Ley de Herodes. Y no es que en el pasado no hayamos visto cosas semejantes, pero esta legislatura en específico, ha tenido episodios vergonzosos que distan mucho de hacer de ese recinto legislativo “la tribuna más alta de la nación” como nos quieren hacer creer.

No voy a mencionar nombres por el hecho de que son demasiados los diputados que han hecho el ridículo, evidenciando el bajísimo nivel de debate que impera en la “clase” política mexicana y que justifica sin lugar a dudas, el hecho de que los diputados se encuentren en los niveles más bajos de confianza y aprobación, incluso por debajo de las corroídas fuerzas policiales.

A estas alturas ya hemos visto de todo, muñecos, piñatas, canciones de paquita la del barrio, arremedos, insultos… bueno, hasta bebés han subido a la tribuna, pero lo que más llama la atención es el descaro con que los “legisladores” se mueven al interior de la Cámara de Diputados. Ahí, en el partido de la desfachatez, si hay mayoría absoluta.

Es importante aclarar que el debate y la discusión, nutren la vida democrática, pero en especial, el debate parlamentario, tiene que desarrollarse en el terreno de las ideas, a través de la argumentación y el contraste de las diferentes visiones que integran un cuerpo colegiado que tiene como fundamento la representación de la diversidad nacional.

Pero lo que estamos viendo en San Lázaro es un circo donde payasos y animales pretenden atraer la atención vacía de propósito, propia de la época de la inmediatez y de la digitalización de la opinión pública.

El abaratamiento de la política, encarnada fidedignamente en la presente legislatura, nos muestra cómo las ideas y el libre pensamiento, son rebasadas por el encono estéril y el espectáculo, por la frenética búsqueda de la visibilidad por sí misma, extraviados en la lucha de unos contra otros, y ajenos a los talentos que hacen de la política; el arte de lo posible.

Voy a abusar un poco del léxico que como mexicano al igual que usted, me define, pero estoy seguro que George Orwell se quedaría pendejo y escribiría la segunda parte de Rebelión en la Granja en una semana solo de dedicarle un par de horas diarias al canal del congreso.

En verdad, es una producción de muy mala calidad y un papel ignominioso el de nuestros “representantes”. Ya no por moral ni por ética, sino por elemental amor propio, debieran esforzarse por elevar su nivel de discusión política y atender el llamado del oficio político, que como los demás oficios, atiende a una necesidad humana, como el médico que cura, el abogado que defiende o el arquitecto que construye.

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