Trump reúne a sus focas y crea su “Escudo de las Américas”

Filiberto Cruz Monroy
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La escena fue tan surrealista como reveladora. En Florida, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump organizó una cumbre con una docena de mandatarios latinoamericanos que acudieron puntuales a escucharlo. Lo que siguió fue un espectáculo político peculiar: discursos grandilocuentes, frases altisonantes… y aplausos que parecían coreografiados. Trump hablaba, y ellos aplaudían. Trump acusaba, y ellos volvían a aplaudir. Como si la política continental se hubiera reducido a una especie de show donde el anfitrión dicta la narrativa y los invitados actúan como focas obedientes.

La reunión, bautizada con el pomposo nombre de Cumbre Escudo de las Américas, tenía un objetivo declarado: formar una coalición militar para combatir a los cárteles del narcotráfico en el continente. Trump pidió “ayuda” a los presidentes presentes para crear una alianza que permita enfrentar a las organizaciones criminales que operan en varios países.

Pero desde el principio hubo un detalle que revelaba la naturaleza del encuentro. Las dos potencias más grandes de América Latina, México y Brasil, no estaban en la mesa. El hecho resulta llamativo si se considera que Trump dedicó buena parte de su discurso a señalar a México como el centro del problema. Frente a los presidentes presentes afirmó que “el epicentro de la violencia de los cárteles es México” y que las organizaciones criminales mexicanas “están alimentando y orquestando gran parte del derramamiento de sangre y el caos en este hemisferio”.

Lo curioso es que esas afirmaciones se lanzaron sin reconocer las acciones que el gobierno mexicano ha realizado contra el narcotráfico, incluidas detenciones relevantes y operativos de gran escala. Pero en el escenario de la cumbre, esos datos parecían irrelevantes. La narrativa estaba escrita de antemano. Trump incluso se permitió una mezcla de halagos y descalificaciones hacia la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum. Dijo que es “muy buena persona”, que tiene “una voz hermosa” y que es “una mujer hermosa”, pero inmediatamente después insistió en que “los cárteles gobiernan México”.

Mientras tanto, los mandatarios presentes escuchaban. Y aplaudían.

El momento más extraño llegó cuando Trump decidió hablar de idiomas. En medio de elogios al secretario de Estado Marco Rubio, explicó que él tiene una ventaja lingüística porque habla español. Y entonces soltó una frase que dejó claro el tono del encuentro. “Él tiene un idioma, tiene una ventaja lingüística sobre mí porque no estoy aprendiendo su maldito idioma. No tengo tiempo. Estaba bien con los idiomas, pero no voy a perder tiempo aprendiendo el suyo”.

Un comentario que, en cualquier otra circunstancia diplomática, habría generado incomodidad o incluso un silencio incómodo. Pero no esta vez. Los asistentes, descritos por el propio Trump como “maravillosos”, volvieron a aplaudir. La cumbre concluyó con el anuncio de la creación de una nueva estructura regional para enfrentar al narcotráfico. El nombre elegido fue tan solemne como discutible: Escudo de las Américas.

La iniciativa plantea una coalición militar con países de la región para combatir lo que Trump ha denominado “narcoterroristas”. Sin embargo, el organismo nace sin la participación de dos actores centrales del continente y con un diseño que muchos observadores consideran más simbólico que operativo. En otras palabras: mucho discurso, muchos aplausos… y una estructura cuya legitimidad regional aún está por verse.

Mientras tanto, en el frente interno de Estados Unidos la realidad política avanza por otro camino. La popularidad de Trump sigue enfrentando altibajos en las encuestas, y el calendario político ya apunta hacia las elecciones legislativas de noviembre. Esas elecciones podrían cambiar el equilibrio político en Washington y alterar el rumbo de muchas de las iniciativas impulsadas desde la Casa Blanca.

Pero en Florida, por unas horas, nada de eso parecía importar. Trump hablaba desde el podio, señalaba culpables, proponía alianzas y bautizaba organismos con nombres grandilocuentes.
Y frente a él, los mandatarios invitados cumplían su papel: asentir, sonreír… y aplaudir. Como si la cumbre hubiera sido menos una reunión diplomática y más una función perfectamente ensayada.

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