Edición nacional
México · Política y sociedad
Orus Media | Noticias
EN VIVO Orus Radio
91.7FM · Durango
88.1FM · Veracruz
94.1FM · Q. Roo
Ana Karina Fernández Columna de opinión

La oposición de Schrödinger

Ana Karina Fernández
0

Querido público culto y conocedor, la oposición mexicana parece haber encontrado refugio en una caja: desde afuera exige que reconozcamos su vitalidad; cuando pedimos pruebas de que puede disputar la Presidencia, solicita que todavía no levantemos la tapa. Tal vez el gato esté organizando una alianza. Tal vez esté negociando quién se queda con la caja. Si hoy hubiera elecciones presidenciales, mi lectura es jodida: tenemos partidos opositores, pero sigue faltando una alternativa nacional que convenza más allá de quienes ya desean que Morena pierda. Esa distancia entre existir y resultar elegible es donde empieza nuestra versión de Schrödinger, como en adelante me explico.

Conviene respetar al físico antes de prestárselo a nuestros dirigentes. En 1935, Erwin Schrödinger planteó un experimento mental donde la vida de un gato quedaba vinculada a un acontecimiento cuántico mediante un mecanismo letal, y así, la descripción del conjunto conducía a una superposición de estados, vivo y muerto, y exponía el problema de trasladar esa descripción al mundo cotidiano. Aquí utilizo una metáfora necesaria, no una explicación científica del comportamiento electoral. Nuestros partidos no son partículas, aunque bueno, algunas dirigencias llevan años comportándose como si cualquier observación ciudadana pudiera destruirlas. Ahora bien, la caja, además, tiene presupuesto.

La elección presidencial de 2024 dejó evidencia bastante menos misteriosa: los cómputos del INE registraron 59.76% para Claudia Sheinbaum, 27.45% para Xóchitl Gálvez y 10.32% para Jorge Álvarez Máynez, redondeando a dos decimales. Aquello permite medir una derrota; no autoriza a decretar eternidades. Precisamente por eso resulta insuficiente administrar el agravio como si fuera una plataforma por lo que quien perdió necesita explicar qué entendió del electorado y qué cambiará para merecer otra oportunidad. Pedirle al ciudadano que se arrepienta primero es una estrategia de conquista bastante peculiar… también en política.

El presente tampoco invita al triunfalismo opositor, la encuesta presidencial de GobernArte publicada el 28 de octubre de 2026 registra 44.1% para Morena, 20.2% para el PAN, 11.7% para el PRI y 9.2% para Movimiento Ciudadano. Son preferencias declaradas en una medición, no votos emitidos ni una sentencia sobre el futuro. Tampoco corresponde sumar adversarios como si sus electores fueran muebles transferibles y no olvidemos que una alianza puede reunir logotipos y perder confianza. La pregunta relevante sigue intacta: quién podría transformar esas preferencias dispersas en una voluntad compartida de cambiar el gobierno?

El PAN ilustra el tamaño del problema. Expansión documentó este octubre su crisis de identidad y las tensiones entre rechazar una alianza nacional con el PRI y considerar acuerdos locales. Esa discusión puede tener lógica territorial, pero revela una dificultad para explicar qué representa el partido cuando cambia el interlocutor. El PRI impulsa alianzas; Movimiento Ciudadano defiende su ruta separada y mientras tanto, la conversación opositora se consume decidiendo el acomodo. Desde mi lectura, aclarando que no soy ninguna experta solo parte del electorado, parece una cena donde todos discuten el lugar que ocuparán en la mesa y nadie ha pensado qué ofrecerle al invitado.

Hay una soberbia particularmente costosa en creer que el descontento pertenece automáticamente a quien se declara opositor. El ciudadano puede estar harto de un gobierno y desconfiar todavía más de sus adversarios. Puede querer mejores servicios sin compartir nostalgias partidistas y puede rechazar una decisión presidencial y respaldar otra. Tratar esa complejidad como ignorancia electoral evita revisar la propia oferta y qué cómodo debe ser competir bajo la premisa de que cada derrota demuestra que el público entendió mal. En relaciones públicas, semejante diagnóstico suele conservar al consultor y perder al cliente, pero, aquí el cliente… tiene credencial para votar.

La prueba más heavy comienza cuando se apaga el aplauso del propio círculo y en una mesa donde todos piensan igual, cualquiera parece presidenciable después del segundo café. Salir de ahí obliga a escuchar preocupaciones que no caben en el discurso preparado y a responder sin convertir al interlocutor en sospechoso. Una oposición presidencial tendría que poder hablarle a quien votó por Morena sin tratarlo como una equivocación humana. También debería ofrecer razones para quedarse a quien se acerque por desencanto. El enojo abre una puerta; una propuesta decide si alguien entra. Mientras esa conversación siga pendiente, la popularidad entre convencidos puede producir una ilusión muy confortable: sentirse mayoría porque nadie contradice al anfitrión pero, que no se olvide, que hay reuniones donde la unanimidad dura exactamente lo que tarda alguien en pedir la cuenta.

Movimiento Ciudadano también merece una exigencia que vaya más allá de la frescura de su comunicación, porque separarse de los partidos tradicionales puede dar identidad; disputar una Presidencia exige explicar cómo se gobernaría y con quién. Al PAN y al PRI les corresponde la misma pregunta. La renovación se vuelve creíble cuando permite identificar decisiones distintas, responsables concretos y capacidad de ejecución, el electorado no tiene obligación de entusiasmarse porque alguien cambió de escenografía y la reputación política requiere conducta verificable. Una campaña puede conseguir atención; después llega ese inconveniente llamado confianza, que suele pedir antecedentes.

Tampoco confundamos esta crítica con una absolución del oficialismo porque, a ver, un gobierno con adversarios débiles sigue obligado a responder por sus decisiones. La falta de competencia convincente puede volver más cómoda la administración del poder y más difícil la exigencia ciudadana y es por eso que me preocupa esta oposición de Schrödinger: puede anunciarse vigorosa mientras su capacidad presidencial permanece sin acreditar. Y el país necesita contrapesos capaces de fiscalizar, proponer y persuadir fuera de sus círculos. La democracia pierde calidad cuando elegir se parece demasiado a renovar una suscripción porque las otras opciones siguen prometiendo que pronto funcionarán.

Si las presidenciales fueran hoy, sostendría que la oposición existe como inventario de siglas, pero sigue pendiente como alternativa de poder suficientemente convincente. Es un juicio político, abierto a evidencia que lo contradiga. Declararla muerta sería regalarle al gobierno una comodidad que nadie debería concederle; declararla competitiva por cortesía sería ayudar a sus dirigentes a seguir posponiendo el trabajo, así que abran la caja y escuchen a quienes no votan por ustedes. Expliquen qué harían mejor y por qué deberíamos creerles porque el gato puede sobrevivir a la metáfora… la paciencia del elector merece bastante menos experimentación y alguna prueba de vida política.

Just saying…

Espacio publicitario
970 × 90 · Banner

¿Qué te pareció esta nota?

Redacción Orus Media · 51 notas
Más columnas