Tres países, miles de riesgos y un Mundial

Filiberto Cruz Monroy
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La Copa Mundial de Futbol 2026 está llamada a ser el evento deportivo más grande de la historia. Nunca antes participaron 48 selecciones, nunca antes se disputaron 104 partidos y nunca antes tres países compartieron la organización de una justa de esta magnitud. Sin embargo, detrás de la mercadotecnia, los estadios renovados, las campañas promocionales y la emoción de millones de aficionados, existe una realidad incómoda: estamos frente al Mundial más complicado de la historia.

México, Estados Unidos y Canadá deberían estar celebrando una organización conjunta basada en la cooperación regional. Pero el contexto político cuenta una historia diferente. Las tensiones entre México y Estados Unidos se han convertido en un factor permanente de incertidumbre, mientras que Canadá también mantiene diferencias importantes con Washington. La organización tripartita del torneo ocurre en un momento donde la geopolítica parece jugar un partido paralelo.

A unos días de la inauguración en el Estadio Azteca o Banorte o Ciudad de México (ya no sé como se llama), las agencias de seguridad, defensa e inteligencia operan bajo protocolos extraordinarios. La razón es simple: un evento que reunirá a millones de personas se convierte automáticamente en un objetivo potencial para quienes buscan generar caos, enviar mensajes políticos o provocar crisis internacionales.

Los escenarios contemplados por los especialistas van desde incidentes manejables hasta situaciones devastadoras. Entre ellos aparecen amenazas de atentados contra diplomáticos de alto nivel, particularmente en un contexto internacional marcado por conflictos que siguen escalando. La guerra con Irán continúa generando incertidumbre y las consecuencias de los conflictos en Oriente Medio tienen un alcance global que no puede ignorarse.

A ello se suma otro temor que parece sacado de una película de ciencia ficción pero que figura en los análisis de riesgo: la propagación de enfermedades altamente peligrosas como el ébola. La posibilidad de la aparición de un virus mortal durante un evento que concentrará enormes cantidades de personas representa uno de los mayores desafíos sanitarios imaginables. En un mundo que aún recuerda las consecuencias de las pandemias recientes, cualquier alerta epidemiológica tendría repercusiones inmediatas.

Las amenazas tampoco se limitan a lo biológico. Los expertos consideran riesgos químicos, bacteriológicos, radiológicos y nucleares. Las llamadas amenazas QBRE obligan a desplegar sistemas de vigilancia especializados que hace apenas unas décadas eran impensables en un torneo de futbol.

En el ámbito interno, los riesgos son igual de complejos. La llegada masiva de visitantes suele atraer a organizaciones dedicadas al fraude, el robo y otras actividades ilícitas. A esto se suma la preocupación por la presencia de grupos criminales con capacidad operativa en distintas regiones del país.

Los fenómenos naturales representan otra variable difícil de controlar. El torneo se desarrollará en plena temporada de lluvias, lo que incrementa el riesgo de inundaciones, deslaves y afectaciones a la movilidad. Un partido puede reprogramarse; una emergencia climática de gran magnitud puede alterar toda la logística de una sede.

También existen factores de presión social. Las amenazas de movilizaciones, protestas y bloqueos pueden convertirse en un desafío adicional para las autoridades encargadas de garantizar el desarrollo normal de los encuentros y el desplazamiento de aficionados.

Paradójicamente, mientras la FIFA celebra la expansión histórica del torneo, esa misma expansión multiplica los riesgos. Más equipos significan más partidos. Más partidos implican más ciudades involucradas. Más ciudades generan más desafíos logísticos, más necesidades de seguridad y más posibilidades de que ocurra algún incidente.

El Mundial 2026 será una celebración extraordinaria del deporte. Pero también será una prueba de resistencia para gobiernos, cuerpos de seguridad, sistemas sanitarios, infraestructura urbana y mecanismos de cooperación internacional. El balón está a punto de comenzar a rodar, pero el verdadero desafío ocurre fuera de la cancha.

La pregunta ya no es si este será el Mundial más grande de la historia. La pregunta es si podrá superar con éxito todos los riesgos que lo rodean para ser recordado únicamente por lo que suceda dentro del terreno de juego.

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