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Diego Valladares Columna de opinión

Las grietas de la República

Diego Valladares
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Francia enfrenta una paradoja que atraviesa más de dos siglos de historia: la nación que convirtió la libertad, la igualdad y la fraternidad en principios universales de la vida republicana vuelve a descubrir que proclamarlos resulta más sencillo que sostenerlos. Las protestas que recorren sus calles no expresan únicamente inconformidad con el gobierno de Emmanuel Macron; también revelan las dificultades de las democracias contemporáneas para transformar las aspiraciones de sus ciudadanos en decisiones colectivas.

Las movilizaciones de octubre han reunido a estudiantes, sindicatos y distintos sectores sociales alrededor de preocupaciones relacionadas con la educación, el poder adquisitivo y los servicios públicos. Aunque sus demandas no constituyen un programa político uniforme, su coincidencia muestra cómo las inconformidades particulares pueden adquirir una dimensión colectiva y convertirse en exigencias dirigidas a las instituciones del Estado.

La relevancia de este proceso trasciende las manifestaciones. Émile Durkheim explicó que la cohesión de las sociedades modernas depende de relaciones de interdependencia capaces de integrar a individuos con intereses diferentes. Esa integración no exige unanimidad, sino mecanismos que permitan procesar los desacuerdos sin romper los vínculos de convivencia. Cuando esos mecanismos resultan insuficientes, la protesta adquiere una dimensión institucional: deja de cuestionar solamente una decisión gubernamental y comienza a poner a prueba la capacidad del sistema político para escuchar, negociar y responder.

Francia conoce bien esa tensión. Desde la Revolución de 1789 hasta mayo de 1968, la movilización colectiva ha desempeñado un papel relevante en sus transformaciones políticas. Los acontecimientos actuales responden a circunstancias distintas, pero recuperan una cuestión persistente en su historia: cómo conciliar la autoridad necesaria para gobernar con la participación de una sociedad que reclama intervenir en las decisiones que afectan su destino.

Macron enfrenta esta contradicción después de dos mandatos marcados por importantes conflictos sociales, desde los chalecos amarillos hasta las protestas contra la reforma de las pensiones. A esos antecedentes se suma la fragmentación parlamentaria posterior a las elecciones de 2024, que ha dificultado la construcción de mayorías estables. Las demandas de mejores servicios, salarios y oportunidades deben atenderse, además, en un contexto de endeudamiento público y restricciones presupuestarias que reducen el margen de maniobra del gobierno.

La respuesta presidencial enfrenta, por tanto, responsabilidades diferentes: preservar el orden público, garantizar el derecho a manifestarse y construir soluciones institucionales. Sin embargo, controlar los disturbios no equivale a resolver las inconformidades que los preceden. David Easton identified como una función esencial de los sistemas políticos su capacidad para transformar las demandas sociales en respuestas que permitan sostener la legitimidad de las instituciones. Bajo esa perspectiva, el desafío francés no se limita a recuperar la normalidad, sino a reconstruir los mecanismos de interlocución entre gobernantes y gobernados.

Pero las consecuencias de esta discusión tampoco terminan en las fronteras francesas. La integración europea ha construido una red de relaciones económicas, políticas e institucionales que convierte los acontecimientos nacionales en asuntos de interés regional. La estabilidad de Francia influye en la capacidad de la Unión Europea para negociar acuerdos, coordinar políticas y responder a desafíos que ningún Estado puede enfrentar aisladamente.

Francia ocupa una posición decisiva en el futuro de Europa. Su peso económico, su capacidad militar y su alianza estratégica con Alemania la convierten en un actor fundamental para enfrentar desafíos como la seguridad continental, la competencia comercial con China y la autonomía de la Unión Europea. Sin embargo, las tensiones que atraviesa no son exclusivamente francesas. En España, Italia y otros países europeos, las movilizaciones por el costo de la vida, la vivienda y los servicios públicos revelan preocupaciones compartidas sobre la relación entre las necesidades sociales, las restricciones económicas y las prioridades internacionales.

Europa enfrenta así un doble desafío: fortalecer su posición frente al mundo sin debilitar la cohesión de las sociedades que sostienen su proyecto de integración. Lo que ocurre en Francia permite observar cómo las demandas individuales se transforman en movimientos colectivos, alcanzan a las instituciones nacionales y pueden adquirir repercusiones internacionales. La estabilidad de cada uno de esos niveles depende, en buena medida, de la capacidad para construir acuerdos entre intereses distintos.

Con las elecciones presidenciales de 2027 en el horizonte, el conflicto adquiere una dimensión adicional. Macron concluirá su segundo mandato consecutivo, pero las contradicciones que atraviesan a la sociedad francesa no dependen exclusivamente de su permanencia en el poder. La cuestión de fondo consiste en preservar instituciones capaces de representar a una sociedad diversa sin convertir cada desacuerdo en una confrontación irreconciliable.

Quizá ahí reside el verdadero significado de las grietas de la República. No solamente en los enfrentamientos callejeros ni en las dificultades de un gobierno, sino en la distancia que puede abrirse entre los principios fundacionales de una nación y las condiciones necesarias para hacerlos efectivos.

Hace más de dos siglos, Francia contribuyó a transformar la concepción moderna de la soberanía y los derechos ciudadanos. Hoy, sus tensiones recuerdan que ninguna conquista institucional permanece asegurada por su sola proclamación. Porque una República no se sostiene únicamente por la libertad que reconoce o la igualdad que proclama, sino también por la fraternidad que sus ciudadanos son capaces de sostener en el tiempo.

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Etiquetas: #Europa #francia #macron

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