El FBI y el guante de terciopelo del imperio

Filiberto Cruz Monroy
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La reciente revelación de que el FBI organizó y ejecutó directamente el operativo para sacar a Ismael «El Mayo» Zambada de México y llevarlo a Estados Unidos no es un mero capítulo en la larga historia del narcotráfico. Es una ventana a la verdadera naturaleza de la relación bilateral y una muestra descarnada de la estrategia de dominio que Washington, bajo el liderazgo de la ultraderecha, ha desplegado en el continente.

La operación, que utilizó un avión Beechcraft King Air modificado para evadir el rastreo, no fue un acto de justicia internacional, sino una acción unilateral de fuerza que viola la soberanía nacional. Zambada, un capo con delitos que enjuiciar en México, se convirtió en un peón en el tablero geopolítico. Al arrebatarle a México la potestad de juzgarlo, Estados Unidos no buscó combatir al narco, sino obtener una palanca de negociación y extorsión contra el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. La captura de «El Mayo» es un mensaje: la frontera es un concepto que EE.UU. define a su antojo y el gobierno mexicano es, en el mejor de los casos, un espectador.

Esta acción se inscribe en una estrategia más amplia: el control total de América. El objetivo no es solo militar, sino social, cultural, político y económico. Washington ve con preocupación el ascenso de gobiernos de izquierda en la región, y México y Brasil son sus dos grandes blancos. Mientras que en México se busca desestabilizar al gobierno, en Brasil se etiqueta al Primeiro Comando da Capital como terrorista, una medida que abre la puerta a una intervención militar y busca minar a la administración de Lula da Silva. La doctrina Monroe ha resucitado con más fuerza que nunca: América es el patio trasero de EE.UU. y no se tolerarán gobiernos que no se alineen con los intereses de Washington.

Pero el fantasma que realmente obsesiona a la Casa Blanca es China. La pujanza del gigante asiático, que ha tejido acuerdos comerciales y alianzas en México y toda la región, amenaza con romper la hegemonía estadounidense. La guerra comercial y tecnológica se libra también en el patio trasero estadounidense, y México es el campo de batalla más codiciado. Por eso, la presión no cesa. Desde la amenaza de aranceles hasta la designación de los carteles como terroristas, cada movimiento busca subordinar la política exterior y económica de México a los designios de Washington.

Mientras la ultraderecha, encarnada en la figura de Donald Trump y su discurso contra el comunismo, esté en el poder, estas acciones se ejecutarán con una brutalidad mediática sin precedentes. Trump, en su discurso por el 250 aniversario de la independencia de EE.UU., no dudó en atacar a sus fantasmas ideológicos, justificando su cruzada global. Sin embargo, sería un error pensar que la vuelta de los demócratas cambiaría el fondo del asunto. La diferencia es meramente de forma: la agresividad mediática se atenuaría, pero la estrategia, la injerencia y la búsqueda de palancas para controlar a sus vecinos, continuaría con la misma determinación.

La detención de «El Mayo» Zambada, más que un golpe al crimen organizado, es una declaración de principios del imperio. México, Brasil y el resto de América Latina deben comprender que, en esta nueva guerra fría, su soberanía está en juego. No se trata de izquierda o derecha, sino de la capacidad de decidir su propio destino frente a un vecino que no concibe la igualdad. La respuesta no puede ser la sumisión, sino una defensa firme de la soberanía y una búsqueda de alianzas que equilibren el poder desmedido de Washington. El guante de terciopelo que oculta el puño de acero de la intervención debe ser descubierto y enfrentado.

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