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Francisco Ibañez Columna de opinión

INE 2027: La Elección de la Confianza

Francisco Ibañez
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El pasado 10 de septiembre inició formalmente el Proceso Electoral Federal 2026-2027. México se encamina nuevamente a las urnas en una elección de enorme dimensión: se renovarán las 500 diputaciones federales y, de manera concurrente, se desarrollarán procesos electorales locales en las 32 entidades del país.

La jornada electoral será el 6 de junio de 2027 y el Instituto Nacional Electoral tendrá frente a sí una tarea que va mucho más allá de instalar casillas, capacitar funcionarios y contar votos.

Su verdadero desafío será generar confianza. La democracia funciona no solamente porque existan elecciones, sino porque ciudadanos, partidos y candidatos reconocen que existen reglas previamente establecidas y una autoridad capaz de aplicarlas con independencia, imparcialidad y certeza.

Ahí radica la importancia del INE dentro del Estado de derecho mexicano. El propio Instituto ha reconocido la dimensión del reto. Al iniciar el proceso electoral, su consejera presidenta, Guadalupe Taddei, sostuvo que la confianza ciudadana en una institución electoral no se pide ni se decreta, sino que debe construirse mediante decisiones consistentes, transparencia y profesionalismo.

La afirmación resulta particularmente relevante en el escenario político actual. México llegará a 2027 en medio de una fuerte polarización política. Las decisiones de las autoridades electorales son observadas, cuestionadas y discutidas prácticamente en tiempo real. Una resolución sobre fiscalización, propaganda, candidaturas o medidas cautelares puede convertirse en cuestión de minutos en parte de la confrontación entre partidos.

El problema aparece cuando la discusión deja de centrarse en las resoluciones y comienza a cuestionarse sistemáticamente la legitimidad de la institución que las emite.

Desde distintas posiciones políticas ya existen críticas hacia el INE. Sectores de oposición han cuestionado su independencia y algunas de sus decisiones recientes, mientras desde otras posiciones se sostiene que el Instituto cuenta con la capacidad técnica y jurídica necesaria para organizar correctamente las elecciones.

Ese debate acompañará inevitablemente al proceso electoral. Y precisamente por eso, el INE tendrá que demostrar su autonomía no mediante discursos, sino mediante decisiones.

La independencia de una autoridad electoral no significa enfrentarse al gobierno ni favorecer a la oposición. Tampoco significa buscar equilibrios artificiales entre fuerzas políticas. Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: aplicar la misma ley frente a todos los actores políticos.

Una autoridad electoral fuerte es aquella capaz de sancionar al partido gobernante cuando infringe las reglas, pero también aquella que puede rechazar una acusación de la oposición cuando jurídicamente carece de fundamento.

La imparcialidad no consiste en que todos estén satisfechos con las decisiones. Consiste en que todos estén sometidos a las mismas reglas.

Ese será uno de los principales exámenes del INE rumbo a 2027. Además, la magnitud operativa del proceso será extraordinaria. El Instituto prevé desarrollar más de 500 actividades para organizar la elección federal y coordinarse con los organismos electorales locales. Se renovarán las 500 curules de la Cámara de Diputados y, paralelamente, en las entidades se elegirán gubernaturas, congresos locales, ayuntamientos y otros cargos.

Pero quizá el mayor riesgo no sea logístico. Puede ser la desconfianza, cuando una sociedad comienza a creer que una elección está decidida antes de votar, que las reglas cambian dependiendo del partido involucrado o que las autoridades responden a intereses políticos, el daño institucional puede ser mucho más profundo que cualquier error operativo.

Por ello, la responsabilidad tampoco corresponde exclusivamente al INE. Los partidos políticos, candidatos y gobiernos tienen una obligación democrática fundamental: competir dentro de las reglas y utilizar las vías jurídicas existentes para controvertir las decisiones con las que no estén de acuerdo.

Cuestionar una resolución es parte de la democracia. Desacreditar anticipadamente todo un proceso electoral porque una decisión resulta adversa es algo distinto. México construyó durante décadas un sistema electoral precisamente para sustituir el conflicto político por reglas, procedimientos, instituciones y tribunales.

Preservar ese sistema no significa impedir su crítica ni evitar su reforma. Las instituciones democráticas pueden y deben revisarse cuando existen razones para hacerlo.

Pero cualquier transformación debe fortalecer la certeza, la independencia y la confianza ciudadana, no debilitarlas. En 2027 estarán en juego diputaciones, gubernaturas y miles de cargos públicos. También se comenzará a definir buena parte del mapa político con el que México llegará a la elección presidencial de 2030.

Sin embargo, habrá otra elección menos visible. La ciudadanía también evaluará si continúa confiando en las instituciones encargadas de proteger su voto.

Porque una democracia no termina cuando se deposita una boleta en una urna. Necesita que el ciudadano tenga la certeza de que ese voto será contado, respetado y defendido conforme a la ley; por eso, en 2027 el INE no solamente organizará una elección, también enfrentará una elección sobre su propia credibilidad.

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