La primera vez que vi Amélie fue en la universidad. Ya sabes, esas noches en las que te echas una película solo porque te la recomendaron, sin mucha expectativa. Pues, error, amigo. Porque la vi un día, y al siguiente también, y al siguiente otra vez. Así, toda la semana. No tengo idea de por qué me tomó tanto tiempo escribir sobre mi película favorita, pero lo que sí sé es que cada vez que vuelvo a verla, me da una perspectiva diferente.
Amélie es de esas películas que, sin querer, te enseñan a detenerte y apreciar lo pequeño, lo cotidiano, lo que está justo frente a tu cara y que, por estar persiguiendo sueños gigantes, no ves. ¿Te suena? Es como cuando Amélie mete la mano en un saco de granos o lanza piedras al río. Son acciones que a nadie le importan, pero a ella sí. Porque ahí, en esos detalles ínfimos, está el sentido de su vida. Y sí, puede que a veces te dé por pensar que el propósito de la vida es algo mucho más profundo, pero, ¿qué pasa si no es así? ¿Y si lo estamos buscando mal?
Nos vendieron la idea de que la vida es como un rompecabezas gigante que hay que armar para que todo encaje perfecto, como si en algún momento fuera a sonar un “clic” y de repente entendieras todo. Pero, amigo, la vida no funciona así. Ni de cerca. Amélie no se rompe la cabeza con eso. Ella va por la vida disfrutando de lo más simple, como si se rebelara contra la idea de que necesitamos una revelación divina para ser felices. Es más, podrías decir que es como un Sísifo moderno, pero en lugar de empujar una roca gigante, ella va recolectando esas pequeñas alegrías que el resto del mundo ignora.
Ahí es cuando entra Camus, que si te lo resumimos en una frase, básicamente te dice: “Hermano, deja de buscarle sentido a todo y simplemente vive.” No se trata de llegar a una meta épica o de cumplir una misión cósmica. No. La clave está en empujar esa roca, o mejor dicho, en disfrutar del proceso, en encontrar sentido en esas pequeñas cosas que nos rodean a diario. Amélie no busca éxito, no quiere fama. Ella elige vivir su vida, a su ritmo, y en esa decisión está la verdadera libertad.
Pero, claro, nosotros estamos atrapados en el espectáculo que Debord tanto criticaba. ¿Y qué dice Debord? Que vivimos en una sociedad donde todo es show, donde todo el mundo está buscando el siguiente logro, el siguiente “like”, la siguiente validación. Pero, en medio de esa locura, nos olvidamos de lo que de verdad importa. De sentir, de estar presentes, de notar cómo huele el café por la mañana o cómo se siente la luz del sol cuando entra por la ventana. Amélie, en cambio, no se compra ese discurso. Para ella, la vida no es una carrera de logros. Es más bien una colección de momentos pequeños, momentos que, cuando los sumas, terminan siendo lo único que de verdad vale la pena.
Obvio que hay días en los que te despiertas y te preguntas: “¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?” Y ¿sabes qué? Es completamente normal. Pero ese no es el punto. La vida no tiene que ser una lista interminable de éxitos, ni una competencia de quién llega primero a una meta que ni siquiera sabemos si queremos alcanzar. A veces, la vida es simplemente vivirla. Es parar un segundo, respirar y apreciar lo que hay a tu alrededor, lo que siempre ignoramos.
Entonces, la próxima vez que te sientas perdido, haz como Amélie. Mete la mano en ese saco de granos imaginario, lanza una piedra al río y simplemente disfruta de la sensación. Porque, al final del día, la vida no tiene que tener un propósito claro. Y no pasa nada. Lo importante es vivirla, en esos detalles que parecen insignificantes pero que, si te detienes un segundo a observar, te das cuenta de que son lo único que realmente importa.
Oliver Cardoso | Recursos Humanos | Desarrollo Organizacional | Desarrollo Humano
