El uso de inteligencia artificial en el Congreso mexicano se disparó hasta en 70% en la actual legislatura, de acuerdo con el estudio «La tribuna y el algoritmo», citado por el medio La Silla Rota. El análisis, realizado por el investigador Sergio Bárcena, del Tecnológico de Monterrey y fundador de Buró Parlamentario, examinó más de 13 mil intervenciones en tribuna y detectó patrones claros de asistencia tecnológica en la redacción de discursos políticos.
Antes de que alguien se escandalice, reconozcamos lo evidente: la IA llegó para quedarse. Y en el ámbito legislativo, sus ventajas son innegables.
Entre los pros, los discursos generados con inteligencia artificial están muy bien articulados. La exposición de motivos suele ser excelente, con ideas claras, bien estructuradas y una fluidez que muchos políticos —especialmente los novatos— no logran alcanzar por sí mismos. Además, la rapidez es un factor clave: lo que antes tomaba horas de redacción y corrección, ahora se obtiene en segundos. Para legisladores saturados de dictámenes, reuniones y presiones, esta herramienta representa un salvavidas.
El investigador Sergio Bárcena señala que «la inteligencia artificial ya forma parte del trabajo legislativo. El reto no es su prohibición, sino su uso con criterios de transparencia, responsabilidad y trazabilidad». Y yo creo que tiene razón.
Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Los contras son profundos y preocupantes.
El principal problema es que los discursos generados por IA no reflejan el sentimiento y la emoción de la persona que los pronuncia. Un legislador puede leer palabras perfectamente hilvanadas sin que su voz, su mirada o su convicción las respalden. El resultado es frío, vacío. La política, que debería ser pasión, convicción y compromiso, se convierte en un ejercicio de actuación mecánica.
Además, estos textos no necesariamente muestran la ideología real de quien habla. Un algoritmo no sabe si el político es de izquierda o derecha, conservador o progresista; solo replica patrones lingüísticos. Así, un discurso puede sonar coherente sin que el legislador tenga idea de lo que está diciendo o, peor aún, sin que realmente lo crea.
Otro contra mayúsculo: muchas veces carecen de ideas originales. La IA, por su propia naturaleza, trabaja con lo existente. No innova, no arriesga, no propone rupturas. Y cuando todos los discursos empiezan a parecerse la pluralidad política se diluye en un mar de textos intercambiables.
El estudio de Bárcena revela datos reveladores: los legisladores más jóvenes (Generación Z) son quienes más usan IA, mientras que a mayor nivel académico, menor es la propensión a utilizarla. Las tasas más altas se registran entre quienes tienen niveles educativo medio y técnico.
Esto nos lleva a una reflexión incómoda pero necesaria: cada día se necesita menos para ser legislador en México y en el mundo. No criminalicemos el uso de la IA —sería absurdo y tecnofóbico—, pero sí hagamos evidente que la barra de entrada se ha desplomado. Cualquier persona con acceso a ChatGPT puede hoy sonar como un político experimentado.
Esto no es necesariamente malo. Democratiza el acceso a los Congresos: personas sin formación en retórica o sin equipos de asesores pueden competir en igualdad de condiciones. Una madre soltera, un obrero, un joven sin recursos económicos, pueden ahora articular sus demandas con claridad. La IA nivela el campo de juego.
Pero el costo es alto. Se pierde sinceridad. El ciudadano ya no sabe si el discurso que escucha nació de la cabeza y el corazón de su representante o fue generado por un algoritmo en tres segundos. También se pierde profesionalismo: ¿qué mérito tiene un legislador que no puede redactar un argumento sin ayuda?
Al final, la pregunta no es si debemos usar IA o no. La pregunta es: ¿queremos políticos que sientan, piensen y crean lo que dicen, o nos conformamos con discursos perfectos pero vacíos? La tecnología puede escribir mejor que muchos humanos. Pero nunca podrá, al menos por ahora, tener convicciones.
