Columna de opinión
Batres pierde el Juicio
Rodrigo MeloHay cargos a los que se llega por mérito y otros a los que se llega por encargo. Lenia Batres Guadarrama conoce bien el segundo camino.
Llegó a la Suprema Corte en diciembre de 2023 sin haber sido jueza un solo día. No la eligió el Senado. Las ternas se atoraron y la designación salió directo de Palacio Nacional. Su credencial no era la carrera judicial, era la militancia: fundadora del PRD, luego Morena, hermana de Martí Batres. Para Andrés Manuel eso bastaba.
Desde el primer día se dedicó más a construir un personaje que una jurisprudencia. Se hizo llamar “Ministra del Pueblo”. Pidió al INE que el apodo apareciera en la boleta de la elección judicial y el INE le dijo que no, que eso era propaganda. Fue al Tribunal Electoral y también le dijeron que no. Intentó registrarlo como marca ante el IMPI. Una ministra de la Corte litigando por su apodo dice mucho de sus prioridades.
Luego vino la elección de junio de 2025. El personaje ayudó, pero el trabajo pesado lo hicieron los acordeones, esas listas con los nombres “correctos” que circularon de mano en mano antes y durante la jornada. Batres apareció en ellas. Cuando le preguntaron, dijo que no veía ningún pecado. El resultado fueron más de cinco millones y medio de votos y el segundo lugar. Por la regla que reparte la presidencia de la Corte según la votación, eso la perfila para encabezar el máximo tribunal a partir de septiembre de 2027.
Y aquí está el problema. Los votos dan legitimidad, pero no dan capacidad. Una urna te puede dar el cargo, pero no te da criterio, temple ni oficio. En el pleno, que es donde se ve de qué está hecho un ministro, lo que hemos visto de Batres va de lo absurdo a lo infantil y de ahí a lo intolerante.
Lo infantil quedó grabado en julio. Mientras el ministro Giovanni Figueroa exponía sus argumentos, Batres se levantó de su lugar y se fue a platicar con el presidente Hugo Aguilar. Figueroa se quedó callado unos veinte segundos, hasta que tuvo que preguntar si podía continuar. Eso pasó en la Suprema Corte de Justicia de la Nación y no en un salón de secundaria. Por esos mismos días, la “Ministra del Pueblo” defendía en el pleno que los recursos de Afore que reciben las familias de un trabajador fallecido paguen ISR. Ahí va lo absurdo.
Lo intolerante lo vimos esta misma semana, en un caso del ISSSTE, la institución que dirige su hermano. Una familia reclamaba indemnización por la muerte de una mujer por presunta negligencia médica. El proyecto de Batres proponía contar el plazo para reclamar desde el acta de defunción, aunque la familia todavía no supiera que hubo negligencia. Seis ministros lo rechazaron. Ella no aceptó la derrota y pidió repetir la votación con hipótesis cada vez más rebuscadas. Fueron más de dos horas de discusión. El propio Hugo Aguilar, que no es precisamente su adversario, terminó pidiendo seriedad y diciendo que aquello ya era cansado. Al final, cinco ministros pidieron aplazar el asunto porque no confiaban en que ella incorporara los cambios al texto final. No es la primera vez que le reclaman eso.
Que cinco colegas no confíen en que una ministra respete lo que votó la mayoría es grave. Que la próxima presidenta de la Corte sea esa ministra es más grave.
La presidencia de la Corte no es un adorno. Quien la ocupa conduce los debates, pone orden en el pleno y representa a todo el Poder Judicial. ¿Cómo va a poner orden quien no tolera perder una votación? ¿Cómo va a garantizar imparcialidad quien defiende proyectos que benefician a la institución de su hermano?
Todavía hay una contradicción entre los artículos 94 y 97 de la Constitución que podría frenar su llegada. Pero si llega, llegará con millones de votos y muy poco juicio.
Batres llegó a la Corte para resolver juicios. En el camino, perdió el suyo.
RMC
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