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Francisco Ibañez Columna de opinión

Lo que México debe aprender de las elecciones de Estados Unidos

Francisco Ibañez
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Las elecciones intermedias celebradas el pasado 3 de noviembre en Estados Unidos nos dejan una lección que en México deberíamos analizar con especial atención: la democracia no solamente sirve para elegir gobernantes, sino también para limitar su poder.

La derrota del Partido Republicano y la recuperación de las mayorías en el Senado y la Cámara de Representantes por parte del Partido Demócrata representan mucho más que un cambio en la correlación de fuerzas políticas. Constituyen una demostración de cómo la ciudadanía puede modificar el equilibrio institucional de un país sin necesidad de sustituir al titular del Poder Ejecutivo.

Donald Trump continuará siendo presidente de Estados Unidos, pero el escenario legislativo será distinto. La oposición contará con las mayorías necesarias para ejercer mayores facultades de supervisión, impulsar investigaciones, participar decisivamente en el proceso presupuestario y condicionar la aprobación de nuevas leyes.

Es precisamente ahí donde aparece una de las principales virtudes del constitucionalismo estadounidense: el poder puede ser ganado democráticamente, pero nunca debe entenderse como una autorización para ejercerlo sin límites.

En Estados Unidos, los ciudadanos eligen a su presidente cada cuatro años, pero renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes cada dos años y aproximadamente una tercera parte del Senado en ese mismo periodo. Esta estructura permite que el electorado revise periódicamente el rumbo de su gobierno y, en su caso, modifique las mayorías legislativas.

Un ciudadano puede haber votado por un presidente y, dos años después, decidir que su partido no debe conservar el control del Congreso. No existe contradicción democrática en ello. Por el contrario, es una manifestación de la libertad política.

Las elecciones intermedias funcionan así como un mecanismo de evaluación ciudadana y de redistribución del poder. La Constitución estadounidense establece un sistema de pesos y contrapesos mediante el cual los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial cuentan con atribuciones diferenciadas y mecanismos de control recíproco.

La llegada de nuevas mayorías al Congreso no significa que el presidente deje de gobernar, sino que deberá hacerlo frente a un Poder Legislativo con una composición política distinta.

Por supuesto, esto también puede generar confrontaciones, bloqueos legislativos y dificultades para alcanzar acuerdos. Los contrapesos no garantizan buenos gobiernos, pero sí ofrecen mecanismos institucionales para cuestionar, revisar y limitar sus decisiones.

En México hemos avanzado considerablemente en la construcción de instituciones electorales, en el reconocimiento del pluralismo político y en la posibilidad de alternancia en los distintos órdenes de gobierno.

Sin embargo, persiste una concepción política que merece ser cuestionada: la idea de que ganar una elección otorga legitimidad suficiente para concentrar la mayor cantidad posible de poder. Con frecuencia, las mayorías legislativas son interpretadas como instrumentos para facilitar las decisiones del Ejecutivo, mientras que la oposición es considerada un obstáculo para gobernar.

Pero desde una perspectiva constitucional, el Poder Legislativo no fue concebido para funcionar como una extensión automática de la voluntad presidencial. Un Congreso no está para obedecer al presidente, sino para representar a la ciudadanía, legislar, fiscalizar y ejercer sus atribuciones con independencia.

Esto es igualmente válido cuando gobierna la izquierda, la derecha o cualquier otra expresión política. La Constitución mexicana también reconoce la división de poderes. Su artículo 49 establece que el Supremo Poder de la Federación se divide, para su ejercicio, en Legislativo, Ejecutivo y Judicial.

Por tanto, los contrapesos no son una concesión de quienes gobiernan ni una herramienta exclusiva de la oposición. Son parte de la estructura constitucional del Estado mexicano.

La verdadera cuestión no consiste en determinar qué partido debería tener mayoría, sino en comprender que ninguna mayoría debe considerarse propietaria de las instituciones.

Durante décadas, buena parte de la discusión democrática en México se concentró en la alternancia presidencial. La elección del año 2000 representó un momento histórico porque permitió la sustitución del partido que había ocupado la Presidencia durante más de siete décadas.

Sin embargo, la democracia no se agota en cambiar al presidente. También requiere congresos plurales, mecanismos efectivos de rendición de cuentas, autoridades sujetas al derecho y una ciudadanía dispuesta a evaluar de manera independiente a sus representantes.

En ese sentido, las elecciones estadounidenses de 2026 ofrecen una reflexión particularmente relevante: es posible que los ciudadanos mantengan a un presidente en funciones y, al mismo tiempo, decidan retirar a su partido el control del Poder Legislativo.

La alternancia legislativa no debe interpretarse necesariamente como una expresión de inestabilidad. Puede constituir una forma legítima de recuperar equilibrios políticos y fortalecer la supervisión institucional.

México cuenta con elecciones legislativas periódicas y con mecanismos constitucionales que permiten modificar la composición de sus cámaras. Lo que necesitamos fortalecer es la comprensión ciudadana de la importancia que tiene ejercer ese derecho con independencia de las preferencias presidenciales.

Es cierto que los gobiernos con mayorías amplias suelen encontrar menos obstáculos para aprobar sus propuestas. Sin embargo, la facilidad para gobernar no debe confundirse con la calidad democrática. La negociación, el debate parlamentario y la revisión de las iniciativas legislativas no son defectos del sistema constitucional. Son mecanismos que permiten incorporar distintas perspectivas y exigir justificaciones a quienes ejercen el poder.

Una democracia no debería aspirar a eliminar todos los obstáculos institucionales que enfrenta un gobierno. Debería aspirar a que esos controles funcionen con responsabilidad, transparencia y respeto al orden constitucional. La independencia del Congreso no garantiza que sus decisiones sean siempre correctas, así como una mayoría presidencial tampoco garantiza que todas las políticas públicas sean equivocadas.

Las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre dejan una enseñanza que va más allá de la victoria demócrata o la derrota republicana.

Nos recuerdan que el poder político es temporal, que las mayorías pueden cambiar y que la ciudadanía conserva la facultad de modificar el equilibrio entre las instituciones. México no necesita reproducir exactamente el modelo estadounidense. Nuestros sistemas constitucionales, nuestras instituciones y nuestras circunstancias históricas son diferentes.

Pero sí podemos aprender de una idea fundamental: la democracia no debe servir únicamente para llevar a un partido al poder, sino también para impedir que cualquier partido lo ejerza sin contrapesos. No se trata de votar sistemáticamente contra quien gobierna ni de favorecer a una fuerza política determinada. Se trata de comprender que el voto es también una herramienta de evaluación, equilibrio y responsabilidad pública.

La lealtad democrática no debería estar depositada incondicionalmente en un partido o en un gobernante, sino en las instituciones y en los principios constitucionales que permiten la convivencia política.

La gran moraleja de las elecciones de Estados Unidos en 2026 es que una democracia demuestra su fortaleza no solamente cuando permite conquistar el poder, sino cuando ofrece a los ciudadanos los medios para limitarlo.

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Redacción Orus Media · 67 notas
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