Vuelo comercial con destino a Brasil

Francisco Ibañez
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La visita de Claudia Sheinbaum a Brasil se enmarca dentro de la reunión del G20, donde se tratan los asuntos más serios que afectan a la política global. Así que nos imaginamos a Sheinbaum como una viajera discreta, inmersa en una profunda conversación sobre cambio climático, economía global y derechos humanos… o quizá simplemente preocupada por si su maleta llegaba intacta. En el avión, rodeada de pasajeros comunes y corrientes, la mandataria no solo tuvo la oportunidad de reflexionar sobre los desafíos que le esperan, sino también de experimentar la maravillosa democracia de la clase turista, que no perdona ni a los políticos de altura.

Y es que, aunque su viaje tiene sin duda un mensaje de austeridad, la elección de un vuelo comercial genera, por un lado, una simpatía popular y por otro, no pocas preguntas sobre la conveniencia de una estrategia tan populista en el ámbito internacional. Después de todo, el G20 no es precisamente un evento de café y galletas, es una cumbre donde las decisiones que se toman pueden tener un impacto global, desde políticas económicas hasta acuerdos climáticos cruciales. Tal vez, un asiento más cómodo y un poco más de privacidad habrían favorecido la participación de Sheinbaum en esos trascendentales debates.

Claro que el acto de abordar un vuelo comercial podría ser visto como una señal de coherencia con la agenda de la administración actual. ¡Es solo una política de imagen! Se supone que la política de no privilegios y no excesos es lo que define a la Cuarta Transformación, pero uno se pregunta: ¿realmente es este el tipo de mensaje que quiere enviar la presidencia de México al mundo? Si la intención era parecer cercana a la ciudadanía, el gesto se cae por su propio peso cuando uno recuerda que en el mismo país, el sistema político de figuras como el presidente López Obrador está plagado de excesos y privilegios de una clase política que no parece tan dispuesta a apretarse el cinturón.

Quizá lo que pasó por la mente de Sheinbaum al abordar ese avión fue más pragmático: ¿quién no ama un buen descuento? Si a eso le sumamos el hecho de que el vuelo en cuestión fue una aerolínea comercial bastante conocida por sus precios «accesibles», podemos deducir que la mandataria no quería arriesgarse a tomar un jet privado con sus costos de más de 100 mil dólares, dinero que podría, según sus asesores, ser mejor invertido en discursos y promesas de un futuro mejor para todos.

Ahora bien, no podemos dejar de preguntarnos si el costo en términos de imagen fue realmente el que Sheinbaum pretendía. Como política, es probable que este vuelo, a pesar de su simbolismo, no haya sido el mejor contexto para proyectar su liderazgo en el ámbito internacional. Después de todo, en el mundo de la diplomacia, las apariencias cuentan más de lo que podríamos imaginar. Las grandes cumbres internacionales se suelen abordar desde un avión privado, no solo por la comodidad, sino por la logística y la seguridad que implican estos eventos. Y sí, puede que su vuelo comercial se vea como un ejemplo de austeridad, pero también podría interpretarse como una especie de parodia involuntaria de lo que se supone que una líder de talla internacional debería representar.

Al final del día, la verdadera pregunta es si la visita de Sheinbaum al G20 en Brasil será recordada más por su vuelo económico que por las decisiones concretas que tomó en la cumbre. Porque, si algo nos ha enseñado la política internacional, es que las grandes decisiones se toman en salas privadas, rodeadas de lujos y no en vuelos comerciales donde las conversaciones importantes se interrumpen por el anuncio de la «bebida gratis». Si bien la austeridad puede ser un principio admirable, la política internacional necesita más que eso. Necesita visión, negociación y, sí, una buena dosis de seriedad.

Por lo pronto, nos queda la imagen de una Claudia Sheinbaum viajando hacia Brasil con la promesa de un futuro más austero, pero con la incógnita de si esa austeridad será suficiente para afrontar los desafíos globales que se avecinan. Porque, entre las risas de los pasajeros y el zumbar de los motores, el vuelo de la mandataria mexicana nos deja un sabor agridulce: la economía de la austeridad tiene su lugar, pero en la arena internacional, tal vez un poco más de lujo político no hubiera hecho mal.

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