Columna de opinión
UN SISMO PARA LA CONCIENCIA
Rodrigo MeloEste 19 de septiembre se cumplen 41 años del sismo de 1985 y 9 del que sacudió a México en 2017. Dos fechas separadas por tres décadas que, sin proponérselo, terminaron escribiendo la misma historia: la de un país que, cuando la tierra se abre, deja de preguntarse quién es quién y sencillamente se convierte en manos que cavan.
Las cifras de aquella tarde de 2017 todavía sorprenden por su tamaño. Solo entre los campus universitarios de la Ciudad de México se organizaron alrededor de 15 mil voluntarios que reunieron 212 toneladas de víveres. La Cruz Roja desplegó más de 7 mil voluntarios en el país para labores de socorro. En los centros de acopio instalados en 16 estados se recibieron 236 toneladas de ayuda humanitaria en un solo mes. Médicos que atendieron heridos sin cobrar, ingenieros que revisaron edificios sin que nadie se los pidiera, vecinos que llevaban agua a los brigadistas para que no tuvieran que abandonar su puesto. Nadie preguntó por quién habían votado. Nadie exigió una credencial de partido antes de pasar el siguiente bloque de escombro.
Contrastemos esa fotografía con otra, más reciente y menos fotogénica. En junio de 2025, México vivió un ejercicio democrático sin precedentes: la primera elección judicial por voto directo, con 100 millones de ciudadanos convocados a las urnas para elegir a quienes impartirían justicia en el país. La participación, según el propio Instituto Nacional Electoral, apenas rondó el 13 por ciento. Es decir, de cada 10 mexicanos con derecho a votar, alrededor de 9 decidieron no hacerlo. No fue un caso aislado. Desde 1988, cuando el abstencionismo alcanzó el 52.58 por ciento, hasta las elecciones intermedias más recientes, con niveles de participación que rondan la mitad del padrón, el patrón se repite con una constancia que ya no debería sorprendernos, aunque siga doliendo.
¿Qué explica que un pueblo capaz de movilizar toneladas de ayuda en cuestión de horas sea el mismo que, con semanas de anticipación y una casilla a la vuelta de la esquina, decide quedarse en casa? No es una pregunta retórica ni busca una respuesta única. Tal vez la diferencia esté en que un sismo no negocia ni promete: exige una respuesta inmediata y visible, mientras que una boleta electoral exige confiar en un resultado que tardará años en manifestarse, si es que se manifiesta. Tal vez sea más fácil creer en el vecino que ayuda a remover una losa que en una institución que ha dado motivos de sobra para la desconfianza. O tal vez, simplemente, hemos aprendido a organizarnos mejor frente a la emergencia que frente a la rutina de construir un país.
Lo cierto es que ambas son formas de participación ciudadana, y ambas construyen, o dejan de construir, el país en el que vivimos. La solidaridad que nace del desastre es admirable, pero también finita: se agota cuando termina la emergencia, cuando el último centro de acopio cierra sus puertas. La participación democrática, en cambio, es la que decide qué reglas rigen la reconstrucción, quién audita los donativos, quién construye los edificios que la próxima vez no habrán de caer. No son sustitutas una de la otra. Son, deberían ser, la misma energía aplicada a temporalidades distintas.
Cada 19 de septiembre nos recordamos, con razón, que somos capaces de una unidad extraordinaria. Quizás la pregunta que valdría la pena hacernos este año no es si somos solidarios, porque ya lo hemos demostrado dos veces en cuatro décadas. La pregunta es qué haría falta para que esa misma capacidad de organizarnos, de dejar de lado la diferencia y trabajar por un objetivo común, no despertara únicamente cuando tiembla la tierra.
Rodrigo Melo Castro
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