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Héctor O. Carriedo Columna de opinión

Un peso con defensas

Héctor O. Carriedo
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En un entorno internacional marcado por tensiones geopolíticas, guerras comerciales, volatilidad petrolera, cambios en las tasas de interés y creciente incertidumbre sobre el comercio mundial, los choques externos son un riesgo permanente para México. Pero la fortaleza financiera acumulada durante décadas proporciona hoy mayores colchones para absorberlos sin convertir cada turbulencia en una crisis interna.

Un dato permite dimensionar el cambio: entre 2000 y 2018 el peso se depreció de manera prácticamente ininterrumpida frente al dólar; desde 2018 la trayectoria cambió. No se trata de atribuir mecánicamente el comportamiento cambiario a cada gobierno: influyen tasas de interés, petróleo, capitales, inflación, crecimiento y expectativas. Pero la evolución revela una transformación de la estructura macroeconómica mexicana.

Con Vicente Fox, el dólar pasó de unos 9.4 pesos a 10.9 en noviembre de 2006: depreciación cercana a 16%. Con Felipe Calderón pasó de 10.9 a aproximadamente 13 pesos al cierre de 2012, cerca de 19%, con el fuerte choque por la crisis global y recesión de 2008-2009. En el sexenio de Enrique Peña Nieto, el dólar pasó de unos 13 pesos a 20.22 al 30 de noviembre de 2018: un incremento cercano a 56%, en un contexto de volatilidad internacional, caída petrolera y tensiones comerciales.

La historia cambió a partir de 2018. López Obrador recibió el gobierno con un dólar de 20.22 pesos. En marzo de 2020, durante la pandemia, superó los 25 pesos, pero posteriormente el peso recuperó terreno y terminó el sexenio por debajo del nivel de inicio. Las elevadas tasas de interés, la recuperación estadounidense, las remesas, las exportaciones manufactureras y los flujos de capital extranjero contribuyeron a esa recuperación, dentro de una estructura financiera capaz de absorber el choque sin desembocar en una crisis cambiaria o bancaria.

Claudia Sheinbaum inició su gobierno con el dólar alrededor de 19.7 pesos. Al cierre de 2024 llegó a 20.8, en un contexto de transición electoral e incertidumbre externa. Después, durante 2025 y 2026, el peso recuperó terreno: el 18 de septiembre de 2026 se ubicó en 17.2 pesos. Frente a los aproximadamente 20.2 pesos de 2018, implica una apreciación nominal cercana a 15%.

¿Qué explica el cambio? No una sola política ni simplemente la “confianza”. Intervienen el régimen de flotación, la autonomía de Banxico, el diferencial de tasas, las reservas internacionales, las exportaciones, las remesas, la inversión extranjera y la profunda integración con Estados Unidos. También cambió la estructura productiva: las industrias automotriz, electrónica, aeroespacial, maquinaria y otros sectores generan una capacidad de obtención de divisas mucho mayor.

La diferencia fundamental con el pasado es que una depreciación ya no conduce necesariamente a una crisis sistémica. El peso puede absorber parte del choque; Banxico puede actuar ajustando las tasas; las reservas proporcionan respaldo; la deuda está menos expuesta al tipo de cambio y México posee una importante capacidad exportadora, de atracción de inversión extranjera y captación de remesas.

Esto no significa inmunidad. Una reducción del diferencial de tasas con Estados Unidos, nuevos movimientos de la Fed, recortes de Banxico o un deterioro de las expectativas pueden presionar al peso. Pero un dólar de 18, 19 o incluso 20 pesos no implicaría automáticamente una crisis. Lo relevante es observar simultáneamente reservas, inflación, flujos de capital, cuenta corriente, liquidez externa, financiamiento y deuda.

Para 2026, Hacienda contempla crecimiento de 1.8% – 2.8%, inflación de 3.7%, tipo de cambio promedio de 18 pesos, requerimientos financieros del sector público de 4.1% del PIB y un saldo histórico de la deuda pública de 54.2% del PIB. Para 2027 prevé crecimiento de 1.9%-2.9%, inflación de 3% y tipo de cambio de 18.6 pesos al cierre. Son escenarios, no certezas. Los principales riesgos provienen de una desaceleración estadounidense, nuevas medidas comerciales, una renegociación complicada del T-MEC o mayor volatilidad financiera.

México, sin embargo, enfrentaría esos riesgos con reservas elevadas, flotación cambiaria, un sistema financiero más profundo, deuda predominantemente interna y una potente plataforma exportadora, de captación de inversiones y remesas. El desafío no es defender artificialmente un nivel determinado del dólar, sino preservar la estabilidad y convertirla en mayor inversión, productividad y crecimiento.

México no está blindado frente al mundo, pero tampoco está inerme. En poco más de dos décadas pasó de enfrentar fuertes depreciaciones y crisis cambiarias a contar con defensas macroeconómicas considerablemente mayores. La verdadera fortaleza no se mide cuando todo marcha a favor, sino cuando llega la turbulencia y el país puede absorber el golpe sin perder el rumbo.

Héctor O. Carriedo Sáenz

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