En la antigüedad la capacidad de asombro era un elemento indispensable para advertir y observar la circunstancialidad, el exterior, la naturaleza, las ideas del universo. La necesidad de comprender indicaba más que nada una humildad a partir del movimiento del todo y el hecho de formar parte de una inmensidad apenas conjeturable (pensable), la perplejidad era sublime y señalaba el pulso por la curiosidad inmanente en acción constante, los métodos para conocer eran nada más que eso: caminos para llegar, la búsqueda que como buril esculpe el entendimiento que hace contento y tranquilidad en su andar y no el encuentro de respuestas.
Hoy día el saber se envuelve de una vanidad creciente que daña el estímulo por tomar lo fenoménico (mundo objetual) por su composición completa y no en sus partes únicamente descriptibles (análisis); se cree que se llega al entendimiento último de las realidades y se pretende explicar concreciones singulares mínimas reduciendo así la amplitud o la gama de conocimiento; en muchas ocasiones la especialización de la ciencia no es otra cosa que estudiar las pequeñas partes del todo y no la magnitud de lo mismo (saber menos de más). Muchos científicos se han declarado ateos de lo que les representa, incrédulos de las certezas y determinaciones que no tienen variabilidad, de aquello sujeto a la fórmula inmutable o a la ley teórica rígida presuntuosa o limitada.
El verdadero estudioso encuentra entonces que mientras más ahonda en un tema, mayor es el número de preguntas que nacen y por ende más desconoce, proclamándose así estudioso de la materia, no experto.
El remedio del «experto» tendría que ser la aceptación por la complejidad del mundo aparente y lo que sea dentro de nosotros que lo percibe, la modestia de ver que no existe absolutamente nadie que agote el conocimiento de algo en sí mismo.
