Era 2005, estábamos en el auditorio de la Universidad Veracruzana; una amiga al lado mío enciende su grabadora, y se oye en el micrófono: Nos dijeron que para que ganen unos, tienen que perder muchos, nos dijeron que hay que estar arriba, o hay que esta abajo, nos dijeron: el que no tranza, no avanza, nos dijeron que la coca es la fórmula de la felicidad, nos dijeron que los niños no saben, que los jóvenes no entienden y que los adultos tienen la razón. Nos dijeron que hay que tener la razón…Nos dijeron tantas cosas, que uno comienza a hacerse preguntas. (El del micrófono era Santiago Pando)
Imagínate una ciudad perfecta. No hay tráfico, la renta no es un robo y todos viven en paz. Ese es Omelas. Pero hay un truco: toda esa felicidad depende del sufrimiento de un solo niño encerrado en un sótano. Nadie puede ayudarlo, porque si lo hicieran, todo se derrumbaría.
Este cuento de Ursula K. Le Guin es más que una historia de ciencia ficción. Es un experimento filosófico que nos pone contra la pared. ¿Aceptaríamos vivir en Omelas? ¿Nos iríamos? ¿Podemos vivir felices sabiendo que nuestra comodidad depende del sufrimiento de otros?
La felicidad con trampa
Omelas encaja con la idea del utilitarismo de Jeremy Bentham y John Stuart Mill: «El mayor bienestar para el mayor número de personas». Suena bonito hasta que piensas en ese niño. Toda la ciudad se convence de que su sufrimiento es «necesario», lo cual recuerda a la teoría de la disonancia cognitiva de Leon Festinger: cuando algo nos incomoda, buscamos justificarlo para no sentir culpa. Lo mismo pasa cuando alguien dice «al menos tienes trabajo» para justificar salarios bajos.
Los que se van: ¿valientes o escapistas?
Lo más interesante es la gente que, al ver al niño, decide irse. No intentan rescatarlo ni destruir Omelas, simplemente desaparecen. Aquí entra Albert Camus con su idea del absurdo: al darse cuenta de que la felicidad de la ciudad es una mentira, prefieren no ser parte de ella. Pero, ¿cambiar algo no sería mejor que solo irse? ¿O es su partida un acto de protesta silenciosa?
¿Somos Omelas?
Jordan Peterson diría que Omelas es una metáfora de nuestra sociedad. Nosotros también vivimos cómodos mientras otros sufren: ropa barata hecha en fábricas con malas condiciones, tecnología construida con explotación laboral, comida asequible a costa de trabajadores mal pagados. Sabemos que pasa, pero lo justificamos o lo ignoramos, como los ciudadanos de Omelas.
Algunos intentan hacer cambios, compran productos éticos, buscan opciones más justas. Son los que «se alejan». Pero, al final, ¿es suficiente? ¿O solo estamos caminando sin destino como los del cuento?
Omelas Green Card
Si somos honestos, es posible que la mayoría de los que leemos este texto, nos quedemos quedarse en Omelas. Nos gusta la comodidad, la rutina, la estabilidad. Sabemos que hay desigualdad, explotación y sufrimiento en el mundo, pero también sabemos que desafiar ese sistema implica esfuerzo, sacrificio e incomodidad. Es más fácil convencernos de que «así son las cosas» que enfrentarnos a la idea de que formamos parte del problema. Tal vez por eso, en la vida real, hay tan pocos que deciden alejarse.
Omelas es un espejo
Le Guin nunca nos dice a dónde van los que se alejan, y tal vez no importa. Lo que importa es preguntarnos si nosotros viviríamos en Omelas o si nos iríamos. Y más allá de eso: ¿cómo podemos construir un mundo donde nadie tenga que sufrir para que otros sean felices?
Oliver Cardoso | Recursos Humanos | Desarrollo Organizacional | Desarrollo Humano
Con Pasaporte de Omelas
