Una de las grandes preguntas que se ha venido estudiando por diversas culturas, pensadores, religiosos o instituciones es la idea de la educación y su significado, su incidencia como ese estadio que nos debe conducir a una preparación mientras se es joven para entender el proceso de vida como totalidad. La existencia es extraordinariamente mucho más profunda y compleja que obtener un trabajo , una ocupación o actividad. Vivir comprende más la experiencia de un gran misterio , un vasto reino en donde la especie funciona como tal y no el hecho de ser astutos en matemáticas, física o cualquier otro entrenamiento para integrarse a un estilo o sustento de vida.
La importancia de cuestionarse sobre el porqué hemos sido educados y el sentido o no que tenga el habitar de verdad el mundo es un modo de observar la vastedad que implica existir: naturaleza pulsante, la pobreza, la riqueza, la batalla entre grupos, razas o naciones; significa meditar, los credos, lo sutil, la contradicción humana, las ansiedades, la sublimidad de la mente, las envidias, las pasiones, codicias y miedos que son por más hechos contundentes y concretos susceptibles.
La educación merece ser aquello que cultive nuestra inteligencia, esa que intenta dar respuesta a nuestros problemas, esa capacidad de pensar libremente, sin temores o ataduras, sin fórmulas, para empezar a descubrir por sí mismos lo que es real, lo que es verdad, pero con miedo es imposible esa inteligencia. cualquier forma de ambición espiritual o mundana conduce a ciclos de ansiedad ininterrumpidos que no permiten una mente clara, directa, simple, por ende inteligente.
La gravedad de vivir en imitación de lo social, de lo que se dice debe ser, de estándares culturales y demás nos lleva a pensar en una figura de lo seguro que tarde o temprano decae en timidez, recelo o cobardía. La necesidad de crear una atmósfera donde no haya temor es crucial para no caer en «ismos» de ningún tipo, en roles comunales, distinciones y conflictos de creencias que lo único que procuran es la división. La función de la educación tendría que valorarse desde la erradicación de lo ya dicho por un inquirir permanente interno, un ojo crítico activo y no sujeto a ningún conformismo u obediente a tradiciones ni costumbres, se trata de aprender sin parar allí donde el maestro es todoy absorbe lo que los sentidos no pueden.
Aprender entonces, tendría que corresponder a sensibilizar una Atención de ser, una habilidad de observar como cuando un niño necesita y urge comprender algo con todo su haber, con toda su energía de interés genuino sobre algo o alguien, cuando la cabeza está libre de concepciones limitantes como las explicaciones de los diversos discursos de conocimiento, entonces se atreve a indagar en una inspiración implacable que solo el asombro otorga.
