En el encanto de la frivolidad y pedantería es inevitable observar dentro de la dinámica social el movimiento que parece ser involuntario, pero tiene una fuerte carga intencional, donde la presencia cacofónica de la conversación se encuentran dentro de la superficialidad del momento, que bien lo amerita, la disrupción para encuadrar con enfoque la escena que esta a la expectativa, como si no todos estuvieran al tanto de lo que fuera ocurrir o esperar el momento en el que se presente un error, es vital, para sacar el comentario a la mesa, develando la hipocresía social: con falsa sonrisa.
Estamos ante la presencia de un laberinto de egos, donde la risa cínica por el “sentimentalismo social” de la empatía se vuelve todo un caldo de cultivo, muchos tratan de aparentar lo que “no son”, mientras los que regularmente “son” no asistente a un aforo de contaminación paulatino donde la exposición del escrutinio social es evidente; Jean Paul Sartre (El ser y la nada Ensayo de Ontología Fenomenológica), de alguna manera mencionaba en su concepto mala fe (Mauvaise Foi), la confrontación de la frivolidad, donde los individuos niegan la libertad y responsabilidad al adoptar los roles y las expectativas superficiales impuestas por la sociedad, evitando así el peso de una existencia auténtica; al negar la libertad de ser auténtico, prefieren en el “ser- para – otro” (la imagen social), en lugar del ser- para-sí” (la conciencia autentica).
El espectáculo perpetuo que ofrece la sociedad moderna (que en algunas ocasiones parece es inevitable) debido al “protocolo” que dicta el comportamiento del “rol social”, tal parece que la vida se empobrecido y a tenido la oportunidad del remplazo mediático bajo el consumo de la “imagen del momento” para mantener la ilusión de un capital cultural que no existe en función de su exhibición. Tal como lo expone Guy Debord (La Sociedad del Espectáculo), la grabación, imagen el story no son un registro de la experiencia, sino la consumación de la experiencia misma, por lo tanto, el valor del evento no radica en el evento mismo, sino en su capacidad de ser en espectacularización.
El tener presente cual es el rol que se tiene y quien es el que manipula el programa para que el espectador sea parte central del espectáculo, dará una perspectiva donde la certeza para saber donde se “esta”, puede contribuir al comportamiento del momento; No hay que perder de vista, la fuerza del lenguaje para describir la realidad es de suma importancia, así como las palabras que se utilizan de manera sistemática para intervenir en alguna percepción, el ejercicio sutil para impactar a través de una línea discursiva que conlleva implícita una correlación de poder, es evidente, para ello, Michel Foucault (Vigilar y Castigar), aborda la relación entre el Saber y Poder, donde cita… «El poder produce saber. El poder y el saber se implican directamente el uno al otro… No hay relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no presuponga y no constituya al mismo tiempo relaciones de poder.«
Parece que la verdadera transgresión que se exhibe en los círculos sociales es la antítesis perfecta, donde se actúa conforme a la convivencia social, no para comprender al mundo, sino para hacer un posicionamiento de la jerarquía en turno, el llamado hacer frente a la superficialidad del encuentro y convivencia social; es necesario para lograr una autenticidad más franca, sin tantos adornos de frivolidad, y avanzar por una interacción mas aterrizada en la humanidad y no la hipocresía de lo que los “otros” quieren, seamos la pregunta, no la reacción.
