Apenas hace un año se celebró el 250 aniversario de Johan Christian Friedrich Hölderlin (Lauffen am Neckar, 1770 – Tubinga,1843) pionero en lenguaje plástico poético y susceptible de la lírica clásica transformando la metáfora a los sentidos sin límites dentro de lo imaginado.
Un sujeto que por lo que escribe vivía en estadíos paralelos a los que la naturaleza provocaba; logró inventar y usar palabras que pareciera que se estiran con el poder de la significación que daba a sus versos comprometidos con una Grecia antigua y el momento modernista pulsante que se renueva en la atención consciente del instante-presente. Personaje melancólico visionario con artificios facultativos que podrían engrandecer cualquier realidad atormentada alcanzando un equilibrio mental a partir de un tejido verbal que ve lo sagrado en lo ordinario.
Estudió filosofía, literatura y teología; fue amigo de los incipientes pensadores Shelling, Shiller y Hegel, los cuales fueron influencia en el estudio clásico helénico y en la lectura de Leibnitz, Spinoza y Kant. Hölderlin creía fervientemente en la unidad entre lo social, natural y divino como un solo movimiento, fortaleciendo un romanticismo que acusa con existencia esa «exaltación de los sentimientos» que es todo un manjar en la actualidad ante mentalidades mecanizadas y cíclicas en deseo y obtención.
Su máximo legado por los temas que aborda es su novela epistolar Hyperión o el eremita en Grecia, La muerte de Empédocles y su último poema ya minado por su esquizofrenia catatónica fue «Die Aussicht» (La Visión) donde de modo magistral enuncia la profundidad de la fusión entre el hombre y la natura.
