¿De verdad los gringos tienen la culpa? Gentrificación, rabia y una marcha que revela algo más profundo

Filiberto Cruz Monroy
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La tarde del viernes, en el corazón de la Ciudad de México, un grupo de jóvenes marchó al grito de “¡Fuera gringos!” y “¡No se van a ir, los vamos a sacar!”. El motivo declarado: protestar contra la gentrificación. Lo que empezó como una manifestación legítima contra el alza de rentas, el desplazamiento forzado y la especulación inmobiliaria, terminó con comercios vandalizados, autos dañados y restaurantes agredidos en zonas como la Condesa, Roma y Nápoles, los mismos barrios donde el fenómeno que ha encendido esta indignación parece haberse vuelto más visible y doloroso.

No es menor la rabia que emerge de estas colonias. Muchos de los manifestantes contaron cómo fueron orillados a dejar sus hogares, cómo el alquiler se volvió impagable y cómo las cafeterías de la esquina fueron sustituidas por locales de brunch con menús en inglés. Frente a eso, es fácil buscar un rostro al enemigo: el foráneo, el extranjero, el gringo. Pero, ¿de verdad son ellos el problema?

El síntoma se volvió enemigo

La gentrificación es un fenómeno urbano global. En términos simples, ocurre cuando una zona tradicionalmente de clase media o baja comienza a recibir inversión, a menudo ligada al arribo de nuevos habitantes con mayores ingresos. Eso genera una transformación: suben los precios, llegan nuevos servicios, y quienes han vivido allí por años no pueden seguir costeándolo. El resultado es el desplazamiento de los residentes originales, el cambio del tejido social, y una ciudad que comienza a perder su alma comunitaria.

En Ciudad de México, este proceso ha sido acelerado por varios factores: la falta de regulación en los desarrollos inmobiliarios, los acuerdos entre el gobierno y plataformas como Airbnb, y la llegada masiva de extranjeros, especialmente estadounidenses, tras la pandemia. Muchos de ellos llegan como «nómadas digitales», atraídos por un costo de vida más bajo y un estilo de vida más relajado. En los últimos años, barrios como Roma y Condesa se convirtieron en epicentros de este movimiento.

Pero culpar únicamente a los extranjeros es una simplificación peligrosa. Porque no fueron ellos quienes eliminaron políticas de vivienda pública. No fueron ellos quienes permitieron la desregulación del suelo urbano. Y definitivamente no son ellos quienes aprobaron desarrollos sin estudios de impacto social. Son actores —sí— pero no autores principales.

Trump, la migración y un reflejo distorsionado

Paradójicamente, muchos de los estadounidenses que ahora viven en México también huyeron de una realidad adversa. Durante el gobierno de Donald Trump, miles abandonaron Estados Unidos por miedo a la discriminación, al retroceso en derechos civiles y al endurecimiento del discurso nacionalista. A partir de la pandemia, esa tendencia se acentuó con la posibilidad del trabajo remoto. Datos de la Asociación de Estadounidenses Residentes en el Extranjero revelan que alrededor de cinco millones viven fuera de su país, y uno de cada cinco eligió México.

Así como en Estados Unidos Trump encontró en los migrantes latinoamericanos un blanco cómodo para justificar el malestar económico, en México estamos comenzando a ver una narrativa espejo, pero igualmente reduccionista. Culpar al extranjero es fácil. Explica poco, pero vende bien. Da una diana concreta a un enojo difuso.

Estamos en una era donde el matiz se ha vuelto sospechoso y el pensamiento crítico, secundario. Las redes sociales, con sus algoritmos de indignación, fomentan respuestas emocionales rápidas y virales. Los videos de jóvenes rompiendo vidrios en Álvaro Obregón circularon ampliamente no por su contexto, sino porque encajaban perfectamente en una narrativa: la de un pueblo enojado enfrentando a los «colonizadores modernos».

Sin embargo, esa narrativa tiene grietas. Porque invisibiliza que muchos de esos “gringos” también son víctimas de otro sistema. Ignora que el gobierno local —el mismo que dice querer frenar el desplazamiento— ha promovido convenios con Airbnb. Pasa por alto que detrás del fenómeno hay promotores inmobiliarios nacionales, fondos de inversión, ausencia de políticas públicas y un modelo urbano excluyente.

¿No deberíamos preguntar también por qué las rentas pueden subir sin control? ¿Por qué el derecho a la ciudad se vuelve privilegio? ¿Por qué es más fácil culpar a un rostro extranjero que exigir rendición de cuentas a quienes legislan y gobiernan?

Marchas, redes y una conversación que necesita profundidad

La Marcha contra la Gentrificación fue, ante todo, un grito de hartazgo. Pero también fue una muestra de cómo el discurso polarizante se ha filtrado en todos los espacios, desde el balcón del vecino que aplaude hasta los trending topics que alimentan nuestra indignación diaria.

Las redes sociales no sólo difunden, también moldean. Y lo hacen con lógicas binarias: buenos contra malos, víctimas contra villanos. Bajo ese marco, no hay espacio para entender las causas estructurales ni para cuestionar nuestras propias contradicciones como sociedad. Todo se resuelve con una etiqueta: #FueraGringos.

Pero la gentrificación no se resolverá con piedras. Ni con gritos xenófobos. Se resolverá con políticas públicas efectivas, con regulación del mercado inmobiliario, con inversión en vivienda social, con transparencia y con una ciudadanía que no se conforme con explicaciones fáciles. Culpar a un grupo, por visible que sea, es un atajo emocional que nos aleja de soluciones reales.

La pregunta urgente no es quién llegó al barrio, sino quién dejó que el barrio dejara de pertenecerle a su gente.

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