¿Anti-Gentrificación?

Jorge Iván Domínguez
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La reciente marcha contra la gentrificación en la Ciudad de México fue el encuentro de dos rostros. Uno de ellos, el más reciente y más brillante, lleva barba hipster, carga una tote bag, habla en inglés y pide café de especialidad en colonias que antes olían a tortilla y pulque. Otro rostro —más simple y más cansado— vive arrimado en una vecindad de los años cincuenta a las afueras de la ciudad, se mueve en metro, trabaja de sol a sol y se pregunta, cada mes, si podrá pagar la renta.

Cientos de personas —principalmente jóvenes, estudiantes, vecinos de barrios tradicionales— salieron a las calles con pancartas que decían “No somos tu parque temático”, “Aquí vivimos, no estamos en Airbnb” y “La CDMX no está en renta”. Lo hicieron con rabia contenida, con una especie de tristeza honda que se grita mejor caminando. Y lo hicieron también con miedo: miedo a desaparecer no por una catástrofe, sino por una especie de algoritmo económico.

El concepto de gentrificación se explica con la frialdad de los urbanistas: se trata de un proceso por el cual un barrio popular comienza a atraer inversión, se vuelve deseable, y con ello suben las rentas, llegan nuevos negocios, cambia el paisaje urbano… y quienes vivían allí desde antes terminan por ser desplazados. La palabra viene del inglés gentry —la “gente bien”— y es, en el fondo, un sinónimo amable del desalojo lento.

Según el portal inmobiliario Propiedades.com, entre 2015 y 2024 el precio promedio de renta en colonias como la Roma Norte aumentó en más de un 180 %, mientras que en zonas como la Juárez y la Condesa los incrementos superan el 150 %. Un informe del Laboratorio para la Ciudad de la CDMX advirtió desde 2018 que el 60 % de los nuevos contratos de arrendamiento en esas zonas estaban siendo ocupados por extranjeros con ingresos en dólares. Además, la proliferación de plataformas de alquiler temporal, como Airbnb, ha convertido a edificios enteros en hoteles encubiertos, elevando la plusvalía pero vaciando la vida vecinal.

Los organizadores de la marcha argumentan con razón que este proceso rompe el tejido social, erosiona la identidad barrial, convierte lo cotidiano en espectáculo y termina por expulsar a quienes llevan generaciones allí. Denuncian que plataformas como Airbnb han vaciado edificios enteros para turistas temporales. Que las autoridades urbanas, lejos de contener el proceso, lo han facilitado. Que detrás del “progreso” se esconde una colonización contemporánea: amable, cool, pero igual de desigual.

Sus razones, sin embargo, conviven con objeciones legítimas. Hay quienes señalan que no se puede frenar la evolución natural de una ciudad. Que la inversión extranjera también genera empleo, activa la economía y mejora los servicios. Que las ciudades cambian, y siempre lo han hecho. Que romantizar la pobreza no la resuelve. Que el problema no es el turista que renta por tres semanas, sino el gobierno que no regula ni planea.

Y es cierto: no todo el que llega desplaza, el que renta en dólares es culpable.El turismo es una bendición para cualquier economía. La gentrificación no es culpa de una persona, ni de un nivel socioeconómico; es una política. Una forma de permitir que el mercado —y no la ciudadanía— determine quién puede vivir dónde. El conflicto no es cultural, es económico y de diseño o de falta de él. No es un pleito entre tacos y croissants, pero tampoco entre quienes pueden pagar… y quienes ya no.

En algunas esquinas, durante la marcha, volaron piedras. Hubo pintas que no eran mensaje, sino rabia pura. Un restaurante con cristales rotos se volvió más noticia que la causa. Y entonces el virus se propaga y la causa se desdibuja.

Porque la violencia —esa sí— es el verdadero invasor. Se mete por las grietas del discurso legítimo y lo envenena. Destruye lo que pretende defender. La violencia contamina el espíritu de una manifestación como un virus entra en un cuerpo: no lo destruye de golpe, pero lo transforma desde dentro hasta robarle el rostro.

Y ahí conviene volver a los límites. A esa línea fina donde termina la libertad de uno y comienza la del otro. La protesta es sagrada. Pero cuando invade, quiebra, silencia o golpea, deja de ser resistencia y se vuelve reflejo del mismo poder autoritario e indiferente que critica. Entonces ya no hay ciudadanía: hay espectáculo.

La libertad no se ejerce con furia. Se ejerce con responsabilidad. La libertad no necesita romper vitrinas para ser visible. Necesita argumentos, estrategia y memoria. La causa es justa, la problemática es una realidad, pero la violencia le quita el alma y con ello también la dignidad.

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