Columna de opinión
Del himno al manotazo: más que un desliz una fotografía.
Jorge Iván DomínguezLa tarde de ayer, apenas terminaba el himno nacional en la clausura de la sesión de la comisión permanente, el Senado se transformó en un ring improvisado, donde a empujones, gritos y manotazos, dos impresentables; Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña, convirtieron la tribuna más alta de la nación en una cantina. Entre cámaras y celulares, la política mexicana volvió a confirmarse más espectáculo que ejercicio democrático.
La escena quedó grabada en video y repetida en redes sociales hasta la náusea. Ya no importaba de qué trataba la sesión, ni qué iniciativa se discutía. El Senado se convirtió en lo que Vargas Llosa llamó la civilización del espectáculo: la política no como arte de gobernar, sino como entretenimiento de masas. Aquí no gana el mejor argumento, sino el mejor insulto, el golpe más llamativo, el escándalo que corre más rápido por WhatsApp.
Porque en esta civilización del espectáculo de la que habló Mario Vargas Llosa, no ganan los argumentos, sino los decibeles del grito. No triunfa la idea, sino la capacidad de convertirse en trending topic. Y ahí entran en escena los mismos de siempre: Lilly Téllez, que hace del insulto una bandera y de la provocación un oficio; Noroña, que ha hecho carrera en el ring del enfrentamiento; Alito, que confunde liderazgo con manotazo. Personajes que entienden que la política dejó de ser deliberación para convertirse en performance.
El Senado, dicen los manuales, debería ser la cámara de la razón y la contención. Ayer fue lo contrario: un teatro donde se entonaba el himno nacional mientras los protagonistas se jaloneaba y se daban zapes. Una escena digna de nota roja, que más que anécdota aislada, se revela como síntoma de una clase política gangrenada.
Lo verdaderamente triste no es la pelea en sí, sino la ovación que suscita. Hay quienes celebran la “valentía” de uno u otro, como si la política fuera un deporte de contacto y no el arte de construir acuerdos. En ese ring improvisado, gana la violencia simbólica, pierde la democracia.
El público pide circo y el Senado lo entrega. Lo grave es que, en esa transacción, lo que se pierde es la política como espacio de acuerdos, y se gana un teatro barato donde la confrontación se vuelve mercancía, donde el circo suplanta al debate, donde la bronca es más rentable que la ley y donde los representantes son en realidad bufones con fuero.
Ayer el himno nacional sonó como preludio de la trifulca. Esa es la imagen que debería dolernos: la patria cantada a gritos mientras sus representantes se empujan en plena cámara alta. No fue un desliz, fue un retrato. Y en ese retrato, buena parte del país también fue captado, pagando entrada con escarnio y likes.
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*El autor es maestro en políticas públicas por la Universidad Panamericana, Director General de GobernArte S.C. Ha ocupado cargos directivos en el sector público, la iniciativa privada y en medios de comunicación.
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