Dentro de lo cotidiano, suele pasar de todo y algunas veces no darse cuenta de nada, y dar por hecho que la interacción (la cual es de manera sistémica) es acorde a una realidad predeterminada, entre esas variables transcurre la mayor parte del tiempo, como si fuera un acto mecanizado. Y esto puede servir para entrar y hablar sobre la filosofía de lo absurdo, donde al despertar; por lo regular a una hora ya estandarizada, se comienza a desempeñar las labores del día, y como si no existiera un eco se presenta un estruendo donde el sonido fragmenta al silencio para decir que se puede estar lo más lúcido posible, aún en ocasiones cuando la resistencia es más que evidente, no es simplemente el sonido con el que se comienza el día, ni el inicio de la jornada, sino el retorno a la monotonía donde cada vez se le quiere encontrar un sentido a un sistema donde el ¿por qué? es mas que evidente, y contrapone al ¿cómo?; el choque es frontal contra el silencio irracional del universo y el deseo humano por estar presente, donde incluso la vestimenta es importante para ser parte de la ocasión, mientras te postras frente al espejo y por tu cabeza pasan como carrete de fotografía todos los pendientes que hay que hacer desde leer correos electrónicos, revisar algún informe o simplemente atender las reuniones del día, que probablemente nadie recordara en los próximos siglos.
Y la interacción con lo absurdo se da en ese momento, donde posiblemente con una taza de café en la mano y frente a ella, te peguntas ¿por qué hago esto? o ¿lo estoy haciendo bien?; como si para ese momento no existiera un propósito claro, ante la rutina de la farsa y muchas ocasiones con la voluntad en contra de estar en plenitud contigo mismo; la aceptación reside en la libertad, y no simplemente en tener un significado que pueda ser trascendental para justificar lo que se puede estar haciendo en un lugar de cuatro paredes… el llenarse de tareas puede ser el acto para encontrarse en un acto de rebelión, en la aceptación de lo posible por cambiar un propósito existencial, el absurdo no solo es la incitación, se vuelve así mismo la oportunidad para ser el punto de partida de una vida autentica donde el sentido de la “felicidad” no dependa de un ¿porqué? como acto final, sino de un simple acto de “estar” y disfrutar de la presencia de lo presente, del ahora. La luminiscencia del espacio cerrado se vuelve el escenario para el montaje de una obra de comedia existencialista donde comúnmente el único espectador es el que suele ser el más consciente, para ver una serie de comentarios sin sentido, alter ego o deficiencia de atención mental, recordar que para muchos lo poco suele ser mucho, porqué en algunas ocasiones es lo poco que llegan a conocer en el trayecto de su vida. Por lo que, la cantidad puede ser relativa.
Y entramos en el surrealismo de lo cotidiano, como ejercicio de comprensión innecesario, observado la dinámica psicosocial en la que se mueve el individuo, (como experimento de laboratorio), para ver a que estimulo responde, viviendo a ras de lo qué para Kierkegaard, llama “angustia de su elección” como si no hubiera otra manera de responder al sentido de la vida, pero bajo la lente de lo absurdo. La vida moderna nos vende la idea de la sobreabundancia de opciones a problemas que no existen como si fuera un catálogo de productos de supermercado, mientras se enfrenta al vacío de ser intacto e inmutable tratando de soportar hasta donde más se pueda.
A veces, lo absurdo, lo encontramos en la actividad diaria como puede ser la ducha por la mañana donde la desproporción hace acto de presencia, dedicamos a veces horas en tratar de elegir algo donde al mismo tiempo ignoramos lo finito de nuestra propia existencia; la interacción diaria nos obliga a confrontar la “náusea” Sartreana, ese reconocimiento de que las cosas simplemente estén ahí, desprovista de una esencia previa que las justifique. El contacto con la forma, la textura; es un recordatorio de que sentimos y no se niega nuestra existencia en este mundo, es un lienzo en blanco con un espacio por crear. Sin nada que importe por decreto divino, todo esta presente, para evitar caer en un nihilismo pasivo. La filosofía de lo absurdo, entonces invita a vivir dentro de una “pasión lúcida”. Al elegir lo que se quiere comer, es decir, el alimento que se quiere degustar, no esta cumpliendo un acto del destino, está ejerciendo una soberania absoluta sobre un universo que no le pide nada, más que un acto de presencia.
La reflexión filosofica, nos lleva a pensar que lo absurdo es una invitación a la creatividad; ante un mundo que no tiene un guion, somos los que escribimos el díalogo de cada escena que sigue, ejerciendo plena soberania transformando el consumo banal en un acto de afirmación vital frente a la nada, para estar en el presente.
Ante las nuevas tecnologías y más aún en la era digital, lo absurdo a encontrado un nicho de interacción: a través del “scrolling” infinito, donde el entretenimiento de la vida ajena se vuelve un producto de consumo. La tensión absurda se encuentra en la búsqueda de conexión en un entorno que, por naturaleza, es una simulación de presencia, Thomas Nagel (Mortal Questions), sugiere que lo absurdo, surge de nuestra capacidad de observar nuestra vida desde una perspectiva externa (sub specie aeternitatis) y notar cuán seriamente nos tomamos cosas que son, objetivamente, insignificantes.
La paradoja hace acto de presencia, como ejemplo; cuando dentro de la desconexión se pública alguna imagen de algún atardecer en lugar de mirarlo y vivir la experiencia de estar ahí. La filosofia de lo absurdo invita a que miremos directamente el abismo de la intrascendencia, en lugar de fijar la vista a otro lado, y nos postremos a reir descontroladamente.
El abrazar lo absurdo, da la sensación de libertad ante la tiranía de lo relevante. No necesita la validación del universo, el hecho de que el sol se ponga y este allí para verlo se puede entender como la coincidenca más maravillosa y ridicula a la vez que se pueda tener este mundo. El absurdo es el antídoto contra la ansiedad del estatus: si el cosmos es indiferente a nuestros logros, somos libres de fracasar, de intentar y de disfrutar de la belleza gratuita de un instante que no conduce a ninguna parte. Y lo mejor, es que en esta breve intervención de alguna manera todos en algún momento hemos estado en esta experiencia, por lo que, se puede sentir identificado desde un workaholic, un oficinista o cualquier empleado de gobierno, así que a vivir y aprender de lo absurdo qué este mundo nos ofrece.
