Cuando la legitimidad se desmorona, se recurre a nuevas historias. Narrativas más contundentes y poderosas, relatos que emulan al bíblico Goliat. El poder echa mano de palabras contundentes que emocionan, aunque se recurra a propalar odio y divisionismo. El coraje infundado, minuciosamente creado, puede ser el antifaz más cautivante para conformar un «nosotros».
El odio no surge solo: se construye. Y cuando proviene del poder, es una estrategia emocional. Se recurre entonces a narrativas más intensas, viscerales y capaces de generar adhesión inmediata. Se logra un atajo emocional: no requiere argumentos, solo estímulos.
El odio logra acciones diversas: cohesiona a un grupo sin necesidad de propuestas, desvía la atención de errores, crisis o incompetencias y simplifica la realidad en un binomio infantil: buenos vs. Malos. Pero el maniqueísmo no es todo. También suele neutraliza la crítica: quien cuestiona se vuelve enemigo. Es un pragmático “si no estás conmigo, estás contra mi”.
Todo esto es caldo de cultivo para acciones contundentes: legitima medidas excepcionales y emociona más que cualquier argumento racional.
Vamos a decirlo sin eufemismos: El odio es una herramienta de gobernabilidad emocional.
En los mensajes divisionistas subyace una operación simbólica: crear un enemigo para evitar reconocer fallas, omisiones desastrosas, errores fundamentales.
Los mensajes divisionistas fabrican amenazas, exageran peligros, inventan conspiraciones, convierten la discrepancia en traición y producen paranoia colectiva. Instalan la idea de que “solo el líder puede salvarnos”
Ahora, el enemigo puede ser real o imaginario, pero su función es la misma: ocultar la fragilidad del poder.
Se busca dividir porque un pueblo dividido se organiza menos, no dialoga o lo hace de manera superficial, disminuye su confianza y piensa menos. También se defiende menos. Entonces, la división es una forma de control. Un país fracturado es más fácil de administrar que uno crítico.
Los enemigos.
El poder puede recurrir a enemigos reales, pero los inventados son más maleables. Esos molinos de viento sirven para justificar fracasos, ocultar negligencias y movilizar emociones.
Al mismo tiempo mantienen la narrativa épica y evitan la autocrítica.
El enemigo imaginario es un recurso literario, pero también político.
En la historia se empleo el mensaje de odio en la propaganda nazi, que construyó un enemigo racial para justificar políticas atroces. Y en la Revolución Cultural china se incitó a jóvenes a “purificar” a la sociedad señalando enemigos internos.
En la literatura, Fahrenheit 451 (Bradbury), se incita a odiar los libros para evitar el pensamiento crítico y en El señor de las moscas (Golding), el miedo al “monstruo” une al grupo en torno a la violencia mientras Don Quijote, los molinos de viento se emplean como metáfora del enemigo imaginario que justifica la batalla.
Pero los riesgos de los mensajes beligerantes son profundos: normalización de la violencia, erosión de la democracia, deshumanización del otro, radicalización social y censura por miedo.
Al unísono aparece la ruptura del tejido comunitario, imposibilidad de diálogo y debilitamiento institucional. El odio es un arma que nunca se queda donde se lanzó. Es un bumerang.
