Columna de opinión
Arrancan… aunque algunos llevan meses corriendo
Alejandro LotzinHoy comienza formalmente el proceso electoral rumbo a 2027. Formalmente, porque en la política mexicana hace mucho que nadie espera el banderazo para comenzar a correr. Hay aspirantes recorriendo estados, gobernadores construyendo sucesiones, partidos midiendo candidatos, estructuras moviéndose, encuestas circulando y grupos acomodando piezas desde hace meses. La ley puede marcar una fecha de inicio, pero la lucha por el poder casi nunca consulta el calendario.
México vuelve a entrar en temporada electoral, pero el país que llegará a las urnas en 2027 será muy distinto al que votó en 2024. Han pasado apenas tres años, aunque políticamente parecen muchos más. Cambió la Presidencia, se modificaron equilibrios institucionales y también cambió el ánimo de una sociedad que sigue partida entre quienes consideran que la transformación debe profundizarse y quienes creen que llegó el momento de corregir el rumbo. En medio permanece una mayoría menos interesada en las grandes batallas ideológicas que en algo bastante más elemental: tener dinero suficiente, sentirse segura, recibir buenos servicios y creer que sus hijos pueden vivir mejor. Quizá ahí, mucho más que en los discursos de los partidos, estará la verdadera elección.
Lo que comienza no es una contienda menor. Estarán en disputa 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas y miles de cargos locales, pero reducir 2027 a una suma de puestos sería no entender lo que realmente estará ocurriendo. Esta será la primera gran evaluación electoral del gobierno de Claudia Sheinbaum y, al mismo tiempo, el primer movimiento serio rumbo a la sucesión presidencial de 2030. En 2027 no elegiremos presidenta, pero comenzaremos a observar quiénes quieren sustituirla y también veremos cuánto conserva Morena de la enorme maquinaria política construida durante los últimos años, cuánto puede recuperar una oposición debilitada y hasta dónde puede llegar un electorado que comienza a ser mucho menos predecible de lo que algunos partidos quisieran creer.
México llegará a esta elección cargando contradicciones. Existen avances sociales que sería absurdo desconocer: entre 2022 y 2024 la población en pobreza multidimensional disminuyó de 46.8 a 38.5 millones de personas. Pero simultáneamente persisten inquietudes económicas, empleos precarios y familias para las que llegar al final de la quincena sigue siendo un ejercicio de resistencia. El ciudadano no vota leyendo indicadores macroeconómicos; vota después de pagar la despensa, la renta, la gasolina, la escuela y los medicamentos. La economía que gana elecciones no siempre es la que aparece en una gráfica; muchas veces es simplemente la que cabe —o deja de caber— en la cartera.
Con la seguridad ocurre algo parecido. Pueden existir cifras nacionales que indiquen mejorías, pero casi seis de cada diez habitantes de zonas urbanas siguen considerando inseguro vivir en su ciudad. Para una familia que modifica horarios, rutas y hábitos por miedo, cualquier discusión estadística resulta secundaria, porque cuando la calle sigue produciendo miedo, una gráfica difícilmente produce tranquilidad. Ese será el país que recibirán los candidatos: uno donde pueden coexistir reducción de pobreza e incertidumbre económica, programas sociales y servicios deficientes, obras públicas y descontento, estabilidad política y preocupación por la violencia. México no llegará dividido solamente entre quienes creen que todo está bien y quienes aseguran que todo está mal; llegará dividido entre distintas formas de interpretar una misma realidad.
Morena arranca como la fuerza política dominante y, por lógica, como el rival a vencer. Sin embargo, paradójicamente, algunos de sus mayores riesgos podrían encontrarse dentro del propio movimiento. La abundancia de aspirantes, los intereses de gobernadores, las disputas territoriales y los equilibrios con el Partido Verde y el PT convertirán la selección de candidaturas en auténticas pruebas de control político. Después de varios años acumulando poder, Morena enfrenta además una transformación inevitable: ya no puede seguir comportándose solamente como el movimiento que vino a combatir al sistema porque hoy Morena también es el sistema que gobierna. Y gobernar significa responder por aquello que funciona, pero también por aquello que no.
El PAN tiene enfrente otra dificultad: demostrar que ser oposición significa algo más que estar en contra de Morena. Durante años, una parte de la oposición confundió crítica con alternativa, cuando claramente no son lo mismo. Un ciudadano puede estar inconforme con el gobierno y, al mismo tiempo, no encontrar ninguna razón para regresar con quienes gobernaron antes. Explicar por qué Morena debería perder no equivale a explicar por qué la oposición merece ganar, y probablemente ahí se encuentra uno de los mayores problemas que deberá resolver el panismo si pretende volver a ser competitivo más allá de sus territorios tradicionales.
El PRI enfrenta una elección todavía más dramática. Para el partido que gobernó México durante décadas, 2027 puede convertirse en una prueba de supervivencia política. Ya no se trata solamente de recuperar posiciones: necesita demostrar que todavía tiene utilidad dentro de un sistema político que aprendió a funcionar sin él. Su desgaste de marca, sus conflictos internos y una dirigencia atrapada frecuentemente en sus propias confrontaciones le dejan una pregunta incómoda: ¿está reconstruyéndose o solamente está administrando su desaparición? La respuesta comenzará a conocerse en las urnas.
Movimiento Ciudadano enfrenta quizá la oportunidad más interesante. Puede intentar colocarse frente al electorado como una opción distinta tanto de Morena como de los partidos tradicionales, pero deberá demostrar que las redes sociales, las nuevas figuras y algunas posiciones territoriales pueden transformarse en estructura electoral real. En política existe una distancia enorme entre generar conversación y ganar elecciones, porque los likes pueden construir notoriedad, pero las estructuras siguen llevando votantes a las urnas. Esa será la prueba de una fuerza que aspira a dejar de ser vista únicamente como una tercera opción para convertirse en una alternativa nacional.
Mientras tanto, los partidos discutirán candidaturas, encuestas, alianzas, vetos, traiciones, cuotas y ambiciones y, como ocurre con demasiada frecuencia, podrían olvidarse del personaje más importante hasta que llegue el momento de pedirle su voto: el ciudadano. Ahí aparecerá nuevamente la tentación del miedo. Morena advertirá sobre el regreso del pasado; la oposición hablará del peligro autoritario; unos encontrarán traidores y otros denunciarán dictaduras. No es casualidad, porque el miedo sigue siendo uno de los mecanismos más eficientes para movilizar electoralmente a una sociedad polarizada, pero también uno de los más peligrosos para gobernarla después.
Un país no puede pasar elección tras elección decidiendo solamente aquello que quiere evitar. En algún momento tendremos que volver a votar por aquello que queremos construir. Y ese desafío será todavía mayor en 2027, porque la desinformación, las campañas digitales, los algoritmos y la inteligencia artificial convertirán millones de teléfonos celulares en pequeñas trincheras electorales. Fotografías falsas, audios fabricados, videos manipulados y campañas diseñadas para provocar indignación podrán circular antes de que cualquier autoridad tenga siquiera oportunidad de reaccionar. La próxima elección no solamente se disputará en las calles, los mítines o los espectaculares; se disputará dentro de nuestras emociones, y quien consiga administrarlas tendrá una enorme ventaja.
Por eso la verdadera batalla de 2027 probablemente no será únicamente entre Morena, PAN, PRI y Movimiento Ciudadano. Será también entre dos maneras de hacer política: una que seguirá encontrando votos en nuestras diferencias y otra capaz de convencernos de que todavía existe algo que podemos construir juntos. México lleva demasiados años discutiendo consigo mismo: chairos contra fifís, conservadores contra transformadores, pueblo contra élites, buenos contra malos. La política descubrió que dividir puede servir para ganar elecciones; el problema es que después de contar los votos alguien tiene que gobernar también para quienes perdieron. Ganar permite ocupar el poder, pero gobernar exige mucho más.
El mexicano que llegue a las urnas en 2027 no llevará solamente una preferencia partidista. Llevará su salario, el precio de la comida, la seguridad de su colonia, la escuela de sus hijos, la calidad del hospital, sus miedos, sus enojos y sus expectativas, pero llevará también algo que los políticos suelen subestimar: esperanza. Porque, pese al desencanto, seguimos votando y, si seguimos haciéndolo, es porque alguna parte de nosotros todavía cree que las cosas pueden cambiar.
Hoy arrancan oficialmente, aunque muchos llevan meses corriendo. Los partidos competirán por gubernaturas, diputaciones, municipios, presupuestos, estructuras y posiciones de poder, pero detrás de toda esa maquinaria habrá una disputa mucho más profunda: la de millones de mexicanos que todavía esperan que el México que viene sea mejor que el México que tienen frente a ellos.
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