Diferencias, que no rompimientos

Javier Solórzano
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Es muy difícil que López Obrador no siga teniendo influencia. Quizá en algunas ocasiones se magnifique, pero tampoco se le puede colocar como el centro de todo, incluso asegurar que es el poder tras el trono.

No hay motivos para menospreciar a la Presidenta. El problema que enfrenta es con quienes se asumen como herederos del obradorismo actuando por la libre sin importar la figura de la Presidenta.

Estos dos años hemos pasado por un proceso paulatino pero efectivo, de ir haciendo a un lado a aquellos que actúan como si todavía tuvieran como su jefe al tabasqueño. Entre que la Presidenta los ha ido aislando y que ellos mismos se la pasan en problemas, aprovechando ese entorno, Claudia Sheinbaum ha ido avanzando, en diversos casos han perdido toda credibilidad en medio del escándalo.

Si nos atenemos al pasado de López Obrador no habría manera de pensar que se ha hecho a un lado para no participar en nada que tuviera que ver con el actual gobierno, pero eso no está en su naturaleza. No hay manera de imaginar que desaparece casi que, por arte de magia y menos cuando es mencionado sistemáticamente como el tótem de la 4T.

El historial de López Obrador muestra que la única lealtad que tiene es con él mismo. Algo de eso debe saber la Presidenta que ha estado con él a lo largo de décadas y conoce muy bien las formas en que se mueve.

Que Claudia Sheinbaum lo sepa no significa que esté cogobernando o algo parecido. Menospreciarla, no tiene sentido, porque ha ido paso a paso tomando el control de muchos asuntos en el país, nos guste o no la forma en que lo hace.

Lo que es cierto, es que por las referencias constantes al papel que juegan los hijos del expresidente, particularmente Andy, López Obrador debe tener preocupaciones, porque algunos de dichos asuntos pueden terminar en él. No lo puede pasar por alto porque se la pasó diciendo que no hay un solo hecho de corrupción del cual no tenga conocimiento el presidente.

Todo lo que tiene que ver con su hijo no es nuevo. Se le ha mencionado por las facilidades que presuntamente otorgó a sus amigos empresarios en las llamadas obras emblemáticas. El caso del Tren Maya y el balasto, junto con el huachicol fiscal, han sido temas que no han salido del radar. A esto sumemos la revocación de su visa, y, sobre todo, el papel que pudo haber jugado el tabasqueño en la carta que le envió su hijo a Trump, lo cual no tenía ni pies ni cabeza.

Que se deje de hablar de estos asuntos no significa que sean pasado, con todo y que les da por resguardar bajo cualquier pretexto la información con el argumento de que es de seguridad nacional.

No es casual que cada vez que puede la Presidenta reitera su respeto hacia López Obrador. Muchos se la han pasado bajo la idea de que en cualquier momento romperá con el expresidente, lo cual no vemos que vaya a suceder, es más bien un singular deseo.

Las diferencias no significan rompimientos. El tema de la seguridad podría tener al expresidente y a la Presidenta bajo diferentes perspectivas. El actual gobierno no tuvo otra alternativa que cambiar la fallida estrategia de abrazos, no balazos.

Ya no había manera de seguir bajo la misma línea, porque la inseguridad provoca enormes problemas en la gobernabilidad, y más aún cuando aparecieron en escena las presiones y ocurrencias de Donald Trump, las cuales habrá que reconocer que fueron para bien y para mal.

El dilema para la Presidenta está en lo que vaya a hacer con el hijo incómodo. No puede soslayar las referencias de lo que se dice que ha hecho, asumiendo que todos los problemas están fuera del Gobierno habiendo casos tan claros que obligarían a llevar a cabo al menos indagatorias.

Va a llegar el día en que la Presidenta tenga que echarse para delante.

RESQUICIOS.

Aunque sea un buscapiés, no le vemos ni pies ni cabeza a la propuesta de discutir el que quienes tienen doble nacionalidad no puedan aspirar a la Presidencia como si estuviéramos en el siglo XX.

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