Propósitos de Año Nuevo: ¿Un ritual de autoengaño o una herramienta de crecimiento?

Oliver Cardoso
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Es fin de año. Las luces de colores adornan cada esquina, Mariah Carey vuelve a los charts como un fénix navideño y, por supuesto, ya empezamos a desempolvar nuestra lista de propósitos de Año Nuevo. «Este año sí voy al gimnasio», «Dejaré de procrastinar», «Leeré un libro al mes». Pero seamos sinceros: ¿cuánto dura esa energía transformadora? Spoiler: a menudo lo que inicia como un grito de guerra termina como un murmullo olvidado a mediados de febrero.

Ahora, la pregunta no es si hacemos propósitos, porque claro que los hacemos. La verdadera cuestión es: ¿para qué los hacemos? Aquí es donde el ritual roza lo absurdo. Como especie, hemos convertido el cambio de fecha en un acto casi místico, una suerte de exorcismo de nuestras culpas acumuladas durante el año. En el fondo, el «nuevo yo» del 1 de enero es más marketing personal que transformación genuina.

Los propósitos de Año Nuevo son un mecanismo de alienación. Nos enfrentamos a un sistema que nos exige ser más productivos, más saludables, más leídos. Pero ¿qué pasa si estos objetivos no son realmente nuestros, sino una extensión de lo que el mundo espera de nosotros? Ahí está el truco. En vez de cuestionar el sistema que nos hace sentir insuficientes, preferimos prometer que seremos mejores piezas dentro de esa misma maquinaria.

Pero no todo está perdido. ¿y si dejamos de aspirar a ser una versión «optimizada» de nosotros mismos y empezamos a ser una versión más honesta? Tal vez el problema no es la idea de hacer propósitos, sino la forma en que los planteamos. No necesitamos objetivos que nos hagan parecer personajes de un comercial de Nike, sino metas que se sientan reales, alcanzables y, sobre todo, nuestras.

Aquí van algunos tips para hacer propósitos que no terminen acumulando polvo junto con el pavo o pollo o espaguetti sobrante:

  1. Hazlo pequeño, hazlo simple. No te pongas como meta «cambiar el mundo» si todavía no puedes cambiar tu rutina de mañana. Empieza por algo tangible. Leer cinco páginas al día, caminar 15 minutos o beber un vaso de agua antes del café.
  2. Deja de copiar y pega tus metas. Si cada año tienes los mismos propósitos, tal vez el problema no sea la disciplina, sino la falta de pasión por esas metas. Pregúntate si realmente las quieres o solo las haces porque «se supone que deberías».
  3. Cuestiona el por qué. ¿Quieres bajar de peso para estar más saludable o porque Instagram te hizo sentir que no eres suficiente? Reflexionar sobre la razón de fondo puede cambiarlo todo.
  4. Celebra los micro-logros. Cada pequeño paso cuenta. No esperes hasta diciembre para aplaudirte; hazlo cada vez que avances, aunque sea poco. La motivación viene más del progreso que del perfeccionismo.

Tal vez el propósito más valioso sea dejar de idealizar el cambio como algo que sucede por decreto el 1 de enero. El verdadero crecimiento no está en el calendario, sino en el compromiso diario con lo que realmente importa para ti. Así que este año, antes de prometer que «será diferente», tal vez sea mejor preguntarte: ¿qué tanto de tus metas son tuyas? Y, ¿de verdad quieres lograrlas o solo sobrevivir otro ciclo de autoengaño colectivo?

Porque, seamos honestos, el «nuevo yo» siempre puede esperar al próximo lunes.

Oliver Cardoso | Recursos Humanos | Desarrollo Organizacional | Desarrollo Humano

Presidente de «Este año si bajo de peso Social club»

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