Abordar el tema que hace alusión a la modernidad, es notable que viene inmerso en un contexto donde abarca una gran emotividad, y por si no fuera poco, para algunos este transito en la vida trae consigo la incertidumbre que puede devenir en un futuro; con ello se pierde la atención principal, como lo es saber disfrutar todo lo que la vida trae consigo en cada etapa y momento de la vida; y no es algo que precisamente tiene que ver el factor de la edad, es algo, que disfruta desde el pequeño hasta la edad adulto; la crítica sobre la concepción lineal de lo que puede parecer la vida y ser optimista ante el progreso propio de la modernidad es asidua de Jesús G. Maestro (La irracionalidad moderna), el cuál sostiene que la modernidad a traído consigo una racionalización extrema que, en lugar de liberar al individuo, lo ha sometido a un control burocrático y a la homogenización de la vida social y cultural; lo anterior, se puede traducir como el progreso y la modernidad han desvinculado al hombre de su verdadera dimensión ética y filosófica, dando paso a una sociedad donde la razón instrumental domina y reduce la forma de vida a puñado de fórmulas técnicas.
Las acciones que se encuentran en la vida cotidiana, en cualquiera de sus modalidades que sea y donde quiera que se haga presente, revela la presencia de la filosofía y su notable interacción con la libertad, la responsabilidad, el sentido de la existencia misma. Cada gesto, por pequeño que parezca, nos invita abrir la puerta y entrar a una reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo y sobre cómo en el fondo, la vida no es algo que simplemente sucede, sino algo que construimos momento a momento, tratando de darle un sentido a cada uno de ellos (de este acumulado de momentos). Albert Camus (El mito de Sísifo), hace una interlocución, de referir que la vida es absurda, pero la tarea del ser es encontrar la “rebelión” contra lo absurdo, en esa absurdidad, encontramos el desafío de crear significado. Aunque el mundo no se tenga un propósito intrínseco, debemos “vivir sin apelación” es decir, vivir plenamente, reconociendo la falta de sentido pero eligiendo seguir adelante. En este contexto, la libertad no es solo una oportunidad, sino también una responsabilidad constante.
La tensión, bajo una constante y marcada línea que se encuentra la modernidad y el existencialismo especialmente cuando se trata de entender cómo vivir plenamente en un mundo cada vez más fragmentado y difuso. La modernidad cada vez más mecanicista y despersonalizada, el existencialismo con su enfoque en la libertad, la angustia y la autenticidad, ofrece una respuesta filosófica que trata de resaltar la necesidad de encontrar sentido en medio de la incertidumbre.
Y es así, como llegamos a plantear las siguientes interrogantes ¿Será entonces acaso que el exceso de realidad, aturde el propósito del individuo?, y dentro del devenir del mundo, donde lo original se opone a la copia en una disyuntiva que no se detecta a simple vista, donde toda la corriente se inclina hacia una dirección ¿Cómo interactuar sin perder y reconocer la autenticidad del individuo, sin que está atente o condicione alguna acción ?, y más aun donde el mundo Digitalizado cobra relevancia y las conexiones virtuales remplazan la interacción humana directa, dentro de este ecosistema (digital), la sobre exposición de información crea una sensación de desconcierto e impotencia, al final, parece que debemos de entender esta paradoja en la cual debemos de vivir.
La adaptación tiene su propio espacio y tiempo, y tal parece que el individuo se agobia ante ello, y suele tener una adaptación sesgada, es decir, el cuerpo y la psique responde a un comportamiento y acto mecanicista, mientras en el interior tiene una cocción por aparte; la libertad tal parece no suele ser para todos, solo para aquellos que saben navegar a contracorriente, donde la sociedad utiliza cada vez más artilugios para perderse en un mundo cada vez apabullante y con extrema carga sensorial que confunde a los sentido en su interpretación e ahí enfocar la atención, para no perderse.
