Regreso a clases: ¿qué estamos haciendo con nuestros hijos?

Alejandro Lotzin
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Millones de niñas, niños y jóvenes regresan a clases en México. Vuelven los uniformes, las mochilas, los libros, las prisas por las mañanas y las tareas por las tardes. Pero hay algo que ya no se queda en casa cuando comienza el ciclo escolar: la pantalla. El celular dejó de ser un teléfono para convertirse en entretenimiento, conversación, videojuego, buscador, espacio de reconocimiento social y ahora también en puerta de entrada a la inteligencia artificial.

Las cifras deberían hacernos pensar. En México, 95.1% de los adolescentes de 12 a 17 años utilizan internet y permanecen conectados, en promedio, 4.5 horas al día. Entre los niños de 6 a 11 años, el acceso alcanza 79.7% y el promedio es de 2.6 horas diarias. Eso significa que un adolescente puede acumular más de 30 horas de internet cada semana. Casi otra jornada escolar completa, pero frente a una pantalla.

Jonathan Haidt plantea en su libro: La generación ansiosa, que estamos viviendo una transformación profunda: el paso de una infancia basada en el juego, la convivencia y la exploración hacia una infancia basada en el teléfono. Llevada esa reflexión a México, la pregunta resulta inevitable: ¿qué están dejando de hacer nuestros hijos durante todas esas horas que permanecen conectados? ¿Cuánto juego, deporte, lectura, conversación, sueño, convivencia familiar y hasta aburrimiento hemos sustituido por TikTok, YouTube, videojuegos y redes sociales?

Porque el problema no es solamente cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino qué están dejando de vivir mientras la miran.

Haidt plantea otra paradoja que debería preocuparnos. Hemos construido una infancia cada vez más protegida en el mundo físico y extraordinariamente libre en el mundo digital. Nos aterra que nuestros hijos salgan solos, se caigan, se alejen de casa o hablen con desconocidos, pero podemos entregarles un teléfono conectado a internet y permitirles entrar durante horas a contenidos, conversaciones y algoritmos que muchas veces ni siquiera conocemos. Los protegimos demasiado de la calle y demasiado poco de la pantalla.

Pero sería muy cómodo responsabilizar solamente a los niños. El problema también somos los adultos. Queremos hijos que suelten el celular mientras nosotros contestamos WhatsApp durante la comida. Les pedimos que conversen mientras revisamos Instagram. Queremos que lean, pero nunca nos ven leyendo. Les reclamamos que viven pendientes de TikTok mientras nosotros podemos pasar una hora deslizando el dedo por Facebook, X o Instagram.

Durante años incluso convertimos al teléfono y la tableta en una extraordinaria niñera digital. Hoy nos sorprende que nuestros hijos no quieran desprenderse de ella. No podemos exigirles una disciplina digital que nosotros mismos hemos perdido. Los niños aprenden mucho más de cómo vivimos que de lo que les decimos.

La escuela tampoco está fuera de esta contradicción. Exigimos estudiantes atentos, pero maestras y maestros pertenecen a la misma sociedad hiperconectada. También hay docentes pendientes en clases de mensajes, grupos de WhatsApp y redes sociales. Ahora aparece un desafío todavía mayor: la inteligencia artificial. Si un alumno utiliza IA para evitar pensar una tarea, tenemos un problema; pero si el maestro comienza a utilizarla para evitar pensar una clase, construir una explicación, hacer sus planeaciones o preparar una evaluación, tenemos uno todavía mayor.

Una cosa es utilizar inteligencia artificial para enseñar mejor y otra muy distinta utilizarla para dejar de pensar.

México enfrenta además esta revolución tecnológica desde un sistema educativo que ya arrastra enormes rezagos. Por eso no podemos sumar un nuevo problema: estudiantes cada vez menos capaces de mantener la atención, comprender textos largos, tolerar la frustración, convivir sin una pantalla o resolver un problema sin obtener inmediatamente una respuesta.

Y entonces aparece la pregunta que debería acompañarnos mucho después de este regreso a clases: ¿qué va a pasar con esta generación dentro de diez o quince años? ¿Qué relaciones construirán jóvenes acostumbrados a medir su aceptación mediante likes? ¿Cómo enfrentarán el fracaso quienes crecieron rodeados de gratificación inmediata? ¿Tendremos adultos con más información, pero menos capacidad para concentrarse; más conectados, pero más solos; con cientos de contactos, pero pocos amigos? ¿Personas con respuestas inmediatas para casi todo, pero cada vez menos capacidad para hacerse preguntas?

Podemos estar formando la generación con mayor acceso a la información de nuestra historia y, paradójicamente, una de las que tenga mayores dificultades para convertir esa información en conocimiento, pensamiento y criterio propio.

La respuesta no puede ser declarar una guerra contra la tecnología. La inteligencia artificial estará en las escuelas y debemos aprender a utilizarla. Pero modernizar la educación tampoco significa digitalizar cada minuto de la infancia. Necesitamos recuperar el libro, la escritura a mano, el deporte, el juego, la conversación, la sobremesa y hasta el derecho de un niño a aburrirse y descubrir qué hacer con su imaginación.

Este regreso a clases debería comenzar también con una tarea para nosotros, los adultos: dejar de mirar solamente lo que hacen nuestros hijos y comenzar a observar lo que hacemos nosotros. Antes de pedirles que suelten el teléfono, tendremos que aprender nuevamente a soltar el nuestro.

Que entre la tecnología a las escuelas. Que entre la inteligencia artificial. Pero pongamos al maestro delante del algoritmo, al pensamiento delante de la respuesta automática, a la conversación delante de la notificación y a la familia delante del teléfono.

Porque quizá dentro de diez años descubramos que el verdadero problema nunca fue que las pantallas nos quitaran algunas horas de escuela. El verdadero riesgo era que, mientras padres y maestros seguíamos mirando sus celulares, las pantallas nos fueran quitando poco a poco a nuestros hijos.

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