Quién está construyendo el 2030 mientras todos siguen discutiendo el 2026?

Ana Karina Fernández
31 vistas

En política existe una regla no escrita: las elecciones no empiezan cuando arranca la campaña. Empiezan mucho antes, cuando la mayoría de la gente todavía está convencida de que falta muchísimo tiempo.

Por eso me llama la atención que gran parte de la conversación pública siga concentrada en el presente, cuando el verdadero juego ya empezó. No me refiero a espectaculares, giras o encuestas. Hablo de algo mucho más importante: la construcción de percepción.

Porque antes de ganar una elección, hay que ganar una narrativa.

Y hoy vale la pena hacerse una pregunta muy interesante: Si la elección presidencial fuera mañana, quién representa realmente una oposición competitiva?

La respuesta no es tan sencilla porque durante años, en México la oposición se construía desde los partidos. Hoy pareciera que el vacío lo están ocupando, en buena medida, personajes con enorme capacidad para influir en la conversación pública, aunque no necesariamente tengan una estructura política detrás.

Ahí aparece el tío Rich. No porque haya anunciado una candidatura o porque exista evidencia de que vaya a competir, sino porque ha logrado algo que muy pocos consiguen: convertirse en un contrapeso permanente dentro de la conversación nacional. Cada declaración genera titulares, cada publicación provoca debate. Sus simpatizantes y sus detractores amplifican el mensaje con la misma intensidad.

Eso tiene un enorme valor político.

La política moderna ya no depende únicamente de la estructura territorial. También depende de quién consigue instalar temas en la agenda pública.

Sin embargo, querido lector, conviene no confundir influencia digital con viabilidad electoral.

Son dos cosas distintas porque la historia está llena de personajes capaces de dominar la conversación y, aun así, fracasar cuando llega el momento de construir mayorías. La popularidad puede acelerar una campaña, pero difícilmente sustituye la operación política, los acuerdos regionales y la capacidad para articular intereses muy distintos.

Por eso creo que reducir la conversación del 2030 a una sola figura sería un error.

Mientras todos observan quién habla más fuerte, quizá convenga mirar quién se está moviendo con mayor disciplina.

Y ahí inevitablemente aparece Omar García Harfuch.

Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, ha construido una característica que suele ser escasa en la política mexicana: una marca personal relativamente consistente.

Su imagen pública ha girado alrededor de tres conceptos: seguridad, disciplina y resultados. Esa asociación puede ser discutida, matizada o cuestionada, pero existe. En comunicación política, eso ya representa una ventaja importante.

Las campañas más exitosas suelen partir de una idea simple que el electorado identifica con facilidad.

Andrés Manuel López Obrador representó durante años el cambio frente al sistema.

Vicente Fox simbolizó la alternancia.

Enrique Peña Nieto vendió eficacia administrativa.

Claudia Sheinbaum construyó una narrativa de continuidad con un perfil técnico.

Las etiquetas funcionan porque simplifican la realidad.

La pregunta es cuál podría ser la etiqueta dominante hacia 2030.

Si la principal preocupación ciudadana continúa siendo la seguridad, un perfil asociado con ese tema podría llegar con una ventaja inicial si, pero esa ventaja solamente existe si logra ampliar su conversación hacia economía, salud, educación y política exterior.

Ningún presidente gobierna únicamente un problema.

Otro nombre que inevitablemente aparece es Marcelo Ebrard. Que me cae re bien!

Su trayectoria demuestra una enorme capacidad para reinventarse políticamente. Muy pocos actores mexicanos han logrado permanecer vigentes durante tantas administraciones distintas.

Sin embargo, también enfrenta un desafío evidente.

En varias ocasiones ha parecido iniciar demasiado pronto la siguiente carrera.

En política, adelantarse puede ser una virtud, pero también un riesgo.

Quien comienza demasiado temprano corre el peligro de desgastarse antes de llegar a la meta. La exposición permanente obliga a sostener expectativas durante años, y eso pocas figuras logran hacerlo con éxito.

La paciencia también comunica.

Mientras tanto, existe un nombre que muchos siguen observando con curiosidad: Luis Donaldo Colosio Riojas.

Su principal activo no es únicamente su apellido.

Es el significado emocional que ese apellido sigue teniendo para una parte del electorado mexicano.

Ahora bien, un apellido abre conversaciones, pero no gana elecciones.

Tarde o temprano cualquier figura política necesita construir una identidad propia.

Los votantes terminan preguntándose quién eres tú, no solamente de dónde vienes.

Ese quizá sea el mayor reto para cualquier heredero político.

No vivir de una historia ajena, sino escribir la propia.

Lo interesante es que ninguno de estos escenarios está definido.

Porque la política cambió y antes bastaban las estructuras partidistas pero hoy pesan las redes sociales, la inteligencia artificial, la economía, los medios digitales, los liderazgos regionales y la velocidad con la que cambia la opinión pública.

Una crisis económica internacional, un problema de seguridad o una transformación tecnológica pueden alterar completamente el tablero en cuestión de meses.

Por eso me cuesta trabajo aceptar las afirmaciones categóricas.

Decir hoy que el 2030 ya tiene dueño sería tan precipitado como afirmar que la oposición no tiene futuro.

La historia reciente de México demuestra que la política suele cambiar justo cuando parece más predecible.

También conviene recordar que los ciudadanos han cambiado.

Cada vez existe menos lealtad permanente hacia partidos políticos y más decisiones basadas en percepciones de desempeño. El voto duro sigue existiendo, pero ya no explica por sí solo una elección presidencial.

Las personas comparan, cuestionan y cambian de opinión con mayor facilidad que hace veinte años.

Ese contexto obliga a todos los aspirantes a construir algo más profundo que una campaña.

Necesitan construir confianza y la confianza no aparece seis meses antes de la elección… se acumula durante años.

Quizá la conversación correcta no sea quién será candidato. La pregunta realmente importante es quién está aprovechando estos años para convertirse, poco a poco, en la respuesta natural cuando los mexicanos se pregunten quién puede conducir el siguiente capítulo del país.

Porque las elecciones del 2030 no las ganará necesariamente quien haga más show sino quien llegue con una reputación suficientemente sólida para que millones de personas sientan que ya lo conocen antes de escuchar su primer discurso de campaña.

Ese es el verdadero terreno donde hoy se está jugando la sucesión.

Y, como ocurre con las mejores estrategias, probablemente la mayoría todavía no se ha dado cuenta.

Just saying…

También te puede interesar