Cuando una nueva administración presenta un plan nacional con nombre épico como Plan México, lo mínimo que una ciudadana razonablemente escéptica puede hacer es preguntarse si estamos ante un plan de desarrollo o ante un guión de remake del México posrevolucionario, versión 2025. Y no, no lo digo con sarcasmo gratuito (no hoy), sino con el interés legítimo de entender qué sí es prioritario, viable y… lo más importante, ejecutable sin tener que invocar milagros fiscales o geopolíticos.
PRIORIDADES CLARAS, SIN POESÍA NI PÓLVORA
Autosuficiencia alimentaria
Arranquemos con una que suena terrenal: producir más lo que comemos y depender menos de importaciones. Nada disruptivo, pero sí urgente. El Plan México busca impulsar el campo con apoyos directos, reorganizar Diconsa y crear tiendas del bienestar para garantizar acceso a canasta básica. Viable a corto plazo, si el aparato logístico no colapsa con la misma eficiencia con la que los programas sociales pierden trazabilidad.
Reindustrialización selectiva
No se trata de convertir México en Corea del Norte, sino de dejar de ser la eterna maquila del norte. Se apuesta por reactivar industrias como autopartes, muebles, calzado y alimentos procesados con valor agregado mexicano. La meta: 1.5 millones de empleos en 5 años. Es posible? Sí, si los incentivos se orientan a cadenas productivas y no solo a postales de inauguraciones con moños rojos.
Infraestructura ferroviaria
Aquí no hay que inventar la rueda. Ya están en marcha el tren CDMX–Pachuca y planes para la ruta México–Querétaro–Guadalajara. Los trenes no tienen carga ideológica, pero sí carga económica. Bien ejecutados, dinamizan regiones. La clave será mantenerlos alejados de la tentación de ser convertidos en trofeos políticos o elefantes administrativos.
LAS APUESTAS A MEDIANO PLAZO: MÁS DIFÍCILES, PERO NECESARIAS
Energía e infraestructura eléctrica
La intención es sumar 27 mil megawatts al sistema eléctrico con más de 100 proyectos, muchos en colaboración público-privada. Hasta aquí todo suena hermoso. El detalle está en que la CFE y las dependencias energéticas deberán moverse más rápido que un PDF en PowerPoint. Viable a mediano plazo, si se evita el infarto burocrático.
Rescate ordenado de Pemex
El elefante en la sala. Pemex no es solo una empresa: es una metáfora nacional (podría echarme un libro escribiendo sobre esto!). El plan incluye un fondo de inversión de 250 mil millones de pesos y emisión de bonos para estabilizar su deuda. Nadie espera milagros, pero si el rescate permite oxígeno financiero sin hipotecar la calificación crediticia nacional, vale el intento. Aunque, claro, sin olvidar que la autosuficiencia energética no se logra solo con petróleo del siglo pasado.
Y qué pasa con la visión estructural?
Aunque el Plan México tiene 18 acciones estratégicas, muchas aún son titulares más que políticas articuladas. Faltan rutas claras de implementación, líneas base medibles y, por supuesto, presupuestos visibles. Pero hay algo que no se puede negar: por primera vez en décadas, se plantea un modelo de desarrollo integral sin centrarse exclusivamente en el norte ni en el sector financiero.
Será suficiente? Dependerá de la consistencia del gabinete, de que no se gasten los primeros tres años en deshacer lo anterior y que el plan no mute según el clima electoral.
El Plan México no es una utopía, pero tampoco una quimera. Tiene prioridades sensatas, ancladas en la realidad (campo, empleo, energía, logística), y un discurso que, a diferencia de sexenios pasados, intenta proyectar futuro desde lo colectivo, no desde lo aspiracional de la élite empresarial.
Su talón de Aquiles? Lo de siempre: ejecución, rendición de cuentas y resistencia al síndrome del “ya merito”. Porque los trenes no llegan solos, la autosuficiencia no crece en Excel y Pemex no se rescata con buena voluntad.
Pero si al menos algunos de estos objetivos se consolidan con seriedad, podríamos tener un sexenio menos reactivo y más estructural. Y con eso, créanme, ya se habría ganado más que muchas administraciones anteriores.
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