El empresario conservador Nasry Asfura, conocido como “Tito”, juró este martes como presidente de Honduras para un período de cuatro años, en una ceremonia celebrada en el Congreso Nacional de Tegucigalpa, marcada por la austeridad y la ausencia de mandatarios extranjeros.
Asfura, de 67 años y líder del Partido Nacional, asume el poder con una agenda económica y de seguridad estrechamente alineada con el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump, quien lo respaldó abiertamente tres días antes de las elecciones del pasado 30 de noviembre, y enfrenta el monumental reto de reactivar la economía de uno de los países más pobres y violentos de América Latina.

Con su mano izquierda sobre una Biblia sostenida por una de sus hijas, Asfura pronunció el juramento constitucional: “Hago la promesa de ley de cumplir la Constitución las leyes como lo dicen los sagrados mandamientos. Honduras, para servirte estamos”. Su investidura, sin embargo, estuvo ensombrecida por la ausencia y el no reconocimiento de la mandataria saliente, Xiomara Castro, quien ha mantenido que hubo “fraude” en los comicios que le dieron el triunfo. Pese a ello, Castro ofreció un mensaje conciliatorio el lunes: “Quiero desearle suerte a Tito Asfura. Esperamos que Honduras continúe con este proyecto de crecimiento para el país… que sea lo mejor para Honduras”.
La ceremonia de toma de protesta rompió con la tradición de realizarse en el Estadio Nacional José de la Paz Herrera, optando por un acto más reducido y austero en la sede legislativa, al que no fueron invitados presidentes o jefes de Estado de otras naciones. En su lugar, asistieron embajadores acreditados en el país y representantes de organismos internacionales, reflejando un tono deliberadamente bajo y enfocado en lo interno, en un contexto de tensiones políticas y limitaciones fiscales.

El respaldo de Donald Trump fue un factor decisivo en la campaña de Asfura, consolidando una alianza estratégica que se espera se traduzca en un incremento de la cooperación en seguridad, inversión y control migratorio. Analistas prevén que el nuevo gobierno dará un giro hacia políticas de libre mercado, intentando atraer capital extranjero y revisando algunos programas sociales de la administración de Castro, en un esfuerzo por estimular un crecimiento económico estancado y con una deuda pública elevada.
No obstante, el camino para Asfura está lleno de obstáculos monumentales. Honduras sigue sumido en una crisis humanitaria con altísimos índices de pobreza, desigualdad y violencia criminal, impulsada por las pandillas locales (maras) y el tráfico de drogas. Además, el país es un corredor clave para la migración irregular hacia Estados Unidos, un tema que será central en su diálogo con Washington. La legitimidad política de su gobierno también será puesta a prueba, dado el rechazo persistente de un sector importante de la población y de la oidencia que respalda las acusaciones de fraude.
La decisión de no invitar a líderes extranjeros puede interpretarse como un intento de minimizar fricciones diplomáticas en un momento delicado, especialmente con gobiernos de izquierda en la región que habían establecido buenas relaciones con Castro. Sin embargo, también podría reflejar una priorización de la relación bilateral con Estados Unidos por encima de otras alianzas regionales.
El mandato de Asfura representa, por tanto, una nueva era de cercanía con Washington después de los años de la administración Castro, que mantuvo una postura más independiente y cercana a gobiernos como los de México y Venezuela. Su éxito o fracaso dependerá de su capacidad para traducir el apoyo político de Trump en inversiones concretas, creación de empleos y una reducción tangible de la inseguridad, todo ello mientras navega un panorama político fracturado y las urgentes demandas de una población exhausta por décadas de dificultades.
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