Mundial 2026: fútbol gigante, riesgos aún más grandes

Filiberto Cruz Monroy
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El Mundial ya llegó. O al menos la idea de él ya está instalada como una gigantesca campaña publicitaria global que promete fútbol, unión y espectáculo… mientras acumula suficientes riesgos como para llenar varios informes de protección civil. La Copa Mundial de la FIFA 2026 será histórica: por primera vez se jugará en tres países —Estados Unidos, México y Canadá—, con 48 selecciones y un total de 104 partidos repartidos en 16 sedes. Más grande, más largo y, por supuesto, más rentable. Porque si algo sabe hacer la FIFA es convertir cualquier evento en un gran “bisne”.

Sobre el papel, la expansión parece una fiesta democrática del fútbol. Más equipos, más aficionados, más mercados. En la práctica, significa un torneo continental donde jugadores y seguidores cruzarán miles de kilómetros entre partidos, atravesando fronteras, controles migratorios y realidades políticas distintas. Todo perfectamente diseñado para demostrar que el espectáculo debe continuar, incluso cuando la logística parece un experimento social a escala planetaria.

El torneo además podría disputarse mientras Estados Unidos sostiene una guerra con Irán. Un pequeño detalle geopolítico que convierte cualquier calendario deportivo en una ecuación incómoda. Existe un riesgo real de atentado y, en medio de ese escenario, la selección iraní ni siquiera podría jugar. El fútbol es global dice FIFA, pero no para todos.

La FIFA insiste en presentar el evento como una celebración universal, aunque el contexto apunta más a una operación de alto riesgo. El antecedente inmediato fue el Mundial de Clubes de 2025 en Estados Unidos, que funcionó como ensayo general y dejó advertencias claras. El calor extremo obligó a jugadores a tirarse al suelo por mareos y generó críticas abiertas sobre riesgos para la salud. FIFPRO alertó que las altas temperaturas no solo reducen el rendimiento, sino que aumentan la exposición a fatiga, insolación y enfermedades a largo plazo. Pero nada enfría el entusiasmo cuando hay 104 partidos que vender y ganancias que repartir.

Luego está el césped, ese detalle aparentemente menor que jugadores como Emiliano Martínez calificaron como un “desastre”. Muchos estadios fueron diseñados para otros deportes y ahora deben adaptarse al fútbol mediante superficies temporales. La FIFA incluso encargó a la Universidad de Tennessee desarrollar un césped innovador.

A esto se suma la crisis migratoria. Nuevas políticas de visado y restricciones de viaje anunciadas por Estados Unidos generan incertidumbre sobre quién podrá asistir realmente al torneo. El fútbol promete inclusión global mientras las fronteras recuerdan que no todos los aficionados tienen el mismo acceso a la fiesta.

Y finalmente están los boletos. Aunque se mencionan entradas desde 60 dólares, la mayoría alcanza cifras de cientos o miles. El Mundial más grande también apunta a ser uno de los más caros, confirmando que el verdadero rival a vencer no será otra selección, sino el precio de entrada.

Mientras tanto, las selecciones anfitrionas —México, Estados Unidos y Canadá— parecen destinadas a organizar la fiesta sin aspirar seriamente a ganar absolutamente nada. Una metáfora perfecta del evento: trabajar, invertir y movilizar multitudes para que otros levanten el trofeo.

El Mundial 2026 será singular, sin duda. Tres países, 48 equipos, distancias continentales, clima extremo, tensiones políticas y costos elevados. Un espectáculo colosal que promete emociones, pero que también revela hasta qué punto la avaricia organizativa puede empujar al fútbol hacia un experimento tan ambicioso como frágil. Porque cuando el torneo crece sin medida, el riesgo también juega… y ese rival nunca pierde.

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