Lo que definimos como felicidad, no es constante, cambia según cambian las condiciones de nuestro contexto… ¿puede llamarse verdadera felicidad o no es más que un espejismo?
Cuando vamos manejando en la carretera de día, con el sol en todo su esplendor sobre el asfalto, es común que veamos espejismos. Estos efectos ópticos que hacen parecer, a través de nuestros ojos, que la carretera se está derritiendo.
A medida que nos acercamos con el auto al supuesto lugar donde esto está ocurri, este parece alejarse, se vuelve, de hecho, inalcanzable. Exactamente lo mismo puede suceder con la felicidad cuando la depositamos en cuestiones externas a nosotros, que están fuera de nuestro control.
Si las cosas resultan como me gustaría que sean, soy “feliz”, y si no… no. Pero ¿qué control tenemos sobre estas cosas de las que hacemos depender nuestra felicidad?
Creo que es común que confundamos la felicidad con la alegría. La alegría, académicamente hablando, no es más que una emoción como cualquier otra. Por definición toda emoción es pasajera. ¿O acaso alguien ha sostenido la misma emoción desde su nacimiento hasta la fecha?. De hecho ¿cuántas emociones atravesamos en un solo día?
Las emociones sí son absolutamente dependientes del contexto en el que nos encontramos. Cuando estamos por ejemplo con nuestros amigos o familia disfrutando de alguna actividad, distendidos y sin muchas preocupaciones, es natural la alegría. Cuando estamos atravesando un día de trabajo o de rutina estresante, es natural la ansiedad o tal vez el enojo. Cuando alguien a quien queremos mucho o amamos ya no está ahí por la razón que sea, es natural la tristeza. Esto no sólo es natural, es inevitable.
Si la alegría es temporal como toda emoción y dependiente de que el contexto inmediato sea propenso a ella… nuestra felicidad, si es confundida con la alegría, será tan temporal y dependiente como esa emoción.
Me rehúso. Me niego a aceptar en mi vida un concepto de felicidad que no esté en mi dominio, que sea temporal y variable. Lo invito, querido lector, a la práctica de una felicidad que no dependa de factores ni sea fugaz.
Al despegar la felicidad de la alegría, aquella deja de estar sujeta a las condiciones de esta. Una persona que se sabe verdaderamente feliz, puede estar triste y ser feliz al mismo tiempo. Así es posible construir una felicidad que esté separada de los vaivenes emocionales que nos presenta la vida día a día y que son ineludibles.
Así la felicidad se vuelve una práctica cotidiana, en vez de un hecho del azar, en nuestro dominio. Así podemos dejar de rezarle al universo para que las cosas mágicamente se alineen a nuestros deseos para ser felices. Así… la felicidad es una batalla ganada de la que nadie jamás puede quitarnos la victoria.
¿Cómo es posible separar la felicidad de la alegría? La próxima semana le cuento el secreto.
Nipur Bhasin, monje budista de la Sangha Dhammapada.
Monje a cargo del Dojo Zen Dhammapada. Consulta aquí las actividades y cursos del Dojo en CDMX.
