Un enfrentamiento entre jubilados, hinchas de fútbol y fuerzas policiales dejó al menos 20 heridos y 100 detenidos este miércoles frente al Congreso argentino. La protesta, organizada por pensionados que exigen aumentos y acceso gratuito a medicamentos, escaló cuando se sumaron grupos de hinchas de Boca Juniors, River Plate y Rosario Central, entre otros. Según testigos, la policía respondió con gases lacrimógenos, balas de goma y cañones de agua ante el lanzamiento de piedras por parte de manifestantes.
La participación de simpatizantes de clubes de fútbol surgió tras viralizarse imágenes de un jubilado con camiseta de Chacarita reprimido semanas atrás. Lo que comenzó como apoyo simbólico derivó en un gesto político: «Los hinchas ven en los jubilados a sus abuelos», explicó un activista. Sin embargo, el gobierno de Javier Milei tildó a los manifestantes de «barra bravas», vinculándolos con la violencia. Entre los heridos graves destacan el fotógrafo Pablo Grillo, internado por impacto de gas lacrimógeno, y un policía con herida de bala en el brazo.
El 60% de los jubilados argentinos recibe apenas US$340 mensuales, monto insuficiente ante una inflación del 289% interanual. Las políticas de ajuste de Milei, que recortaron subsidios y servicios, han convertido a este grupo en símbolo de la crisis social. «No somos violentos, somos desesperados», declaró una manifestante mientras mostraba recetas médicas sin cubrir.
Prospectiva
Este episodio podría marcar un punto de inflexión. La alianza entre jubilados e hinchas revela un descontento transversal que podría unir a más sectores. Si el gobierno no revisa su enfoque hacia los adultos mayores, las movilizaciones podrían intensificarse, sumando a sindicatos y estudiantes. Además, la represión afecta la imagen internacional de Milei, ya cuestionado por organismos de derechos humanos. La pregunta clave es si la presión social forzará cambios en las pensiones o si, por el contrario, se endurecerán las medidas de seguridad. Una cosa es clara: la calle se ha convertido en el termómetro de una crisis que no da tregua.
