Le pregunté a ChatGPT y a DeepSeek una cuestión simple pero inquietante: ¿cuáles son los riesgos de la Inteligencia Artificial para los seres humanos? La respuesta, coincidente en ambos casos, fue tan amplia como reveladora. Enumeraron ocho grandes riesgos: desinformación y manipulación de información; impacto en el empleo; sesgos y decisiones automatizadas; privacidad y vigilancia; seguridad y uso malicioso; dependencia tecnológica; concentración de poder; y riesgos a largo plazo.
En este último punto aparecieron los escenarios que alimentan tanto el debate académico como la imaginación colectiva: sistemas altamente autónomos difíciles de controlar; decisiones automatizadas fuera de supervisión humana suficiente; el escenario “Skynet”, donde una inteligencia artificial general con objetivos desalineados actúe de forma catastrófica; el desarrollo de autonomía letal mediante armas que tomen decisiones de vida o muerte; y un riesgo menos espectacular pero más cotidiano: el aislamiento social por vínculos emocionales con chatbots que sustituyan la interacción humana real.
Las respuestas no fueron alarmistas, pero tampoco ingenuas. La IA es una herramienta poderosa. Y como toda herramienta poderosa, amplifica tanto lo mejor como lo peor de quien la utiliza. La desinformación puede escalar a niveles industriales; el empleo puede transformarse con rapidez; los sesgos pueden automatizarse; la vigilancia puede volverse invisible; los sistemas pueden emplearse para fines maliciosos. Nada de esto es ciencia ficción. Es presente.
Pero tampoco es honesto ignorar que cualquier tecnología bien utilizada tiene beneficios. La IA optimiza procesos, apoya la investigación científica, mejora diagnósticos, facilita el acceso a información y automatiza tareas repetitivas. La historia humana está marcada por innovaciones que generaron temor y luego se integraron a la vida cotidiana. El dilema no es prohibir, sino entender, regular y usar con responsabilidad.
En ese contexto resulta relevante la incorporación del científico mexicano Carlos A. Coello Coello a un panel internacional convocado por la Organización de las Naciones Unidas para analizar el desarrollo y los riesgos de la Inteligencia Artificial. El grupo, compuesto por 40 especialistas de 140 países —19 mujeres y 21 hombres— elaborará informes periódicos sobre el estado global de esta tecnología y alertará sobre riesgos emergentes. Coello es el único representante de México.
Su selección no fue una designación gubernamental, sino resultado de una convocatoria internacional abierta. Envió una carta de motivos y un currículum abreviado. Tras semanas sin respuesta, recibió solicitud de documentación adicional y posteriormente la confirmación formal, con la condición de mantener reserva hasta el anuncio oficial.
El panel funcionará como grupo consultivo y sostendrá reuniones virtuales y presenciales. Coello desarrolla su trabajo en el Cinvestav, especializado en computación evolutiva, área que simula la evolución natural descrita por Darwin para resolver problemas complejos de optimización.
En el debate público suelen dominar los extremos: visiones apocalípticas o promesas de prosperidad ilimitada. Coello plantea un punto intermedio. “La Inteligencia Artificial no tiene conciencia ni voluntad propia. Los humanos ni siquiera entendemos bien cómo funciona nuestra propia conciencia. Los sistemas actuales tampoco pueden mejorarse a sí mismos ni tomar decisiones autónomas sobre dominar a los humanos”, afirmó.
Para él, los riesgos actuales provienen del uso humano. “Cualquier consecuencia negativa siempre involucra a un humano que decidió usar la tecnología con malas intenciones”. Mientras tanto, ya existen casos de jóvenes que desarrollan vínculos emocionales intensos con sistemas conversacionales. En educación, estudiantes emplean IA para redactar tareas, y personas sin formación producen textos para venderlos como trabajos académicos o periodísticos.
La IA no es un villano consciente ni un salvador automático. Es un espejo amplificado de nuestras decisiones. El verdadero riesgo no es Skynet. Es la falta de criterio, regulación y responsabilidad humana frente a una herramienta que, bien usada, puede potenciar capacidades; mal utilizada, puede profundizar desigualdades y distorsionar la realidad. El debate no debe ser si la IA es buena o mala. Debe ser cómo la gobernamos antes de que su velocidad supere nuestra prudencia.
