Si, por algún momento puede estar presente en la vida esa estética monocromática que se encuentra entre blanco y negro, donde ofrece al mundo una clara carga de melancolía, humor negro y ambigüedad, puede ser la señal para decir que estamos ante la descripción y narrativa de un gran ilustrador como lo fue Edward Gorey, donde hace una declaración estética sobre la realidad que se percibe y de los pensamientos que se vuelven nebulosos y las certeza que se desvanece.
Dentro de la estetica, existe una marcada declaración e invitación a cohabitar lo incomodo, aceptar que el pensamiento no siempre es nitido, que la vida no siempre tiene colores brillantes y que en la penumbra también se hace presente la belleza, (aunque esa belleza pueda parecer inquietante); esta de más por decir, que el ser humano esta expuesto a una constante tensión entre lo que es y lo que cree que debe ser.
En una sociedad maracada por normas, expectativas y modelos previamente predetermiandos donde hacen alusión al éxito, el pensamiento individual tiene a distorsionarse para ejercer una conjetura permanente; la necesidad de encajar en un marco previamente establecido o programado, ya se toma como algo natural. En esta tensión entre el ser autentico y el ser “esperado” distorsiona el pensamiento, lo llena de ruido, contradicciones y ansiedad. En este escenario, la filosofia practica emerge como una alternativa de posible liberación, proponiendo la reflexión como ejercicio cotidiano y no solo un acto teorico más.
La sociedad actual está diseñada para premiar la conformidad y la no acción. Desde edades tempranas, las personas son entrenadas para adaptarse a estructuras sociales, académicas y laborales que valoran la productividad, la apariencia y el éxito bajo estándares ajenos. Dando como resultado generación con crisis de identidad, inseguridad existencial y un sentimiento de alienación que atraviesa a individuos de todas las edades y culturas.
La mente humana, esta en ese constante bombardeo por las expectativas externas, y entra en un estado de interrogante constante: ¿estoy haciendo lo correcto?, ¿ puedo encajar en este modelo social y ser funcional?, ¿me encuentro a la altura?, la pregunta no nace de un deseo genuino de crecer, sino de la presión por cumplir las espectativas sociales. Así, comienza esa búsqueda interminable por alcanzar una perfección inexistente.
El conflicto entre el yo auténtico y el yo esperado produce un profundo desgaste emocional. La sensación de estar siempre a medio camino, de nunca ser suficiente, mina la autoestima y deteriora la relación con uno mismo. El pensamiento se vuelve errático, ansioso, y en muchos casos contradictorio. La persona no sabe si avanzar, detenerse o romper con todo. No es extraño que muchos terminen refugiándose en ideales que prometen estabilidad, como dogmas religiosos, discursos motivacionales o estilos de vida superficiales. Sin embargo, estas soluciones suelen ser parciales o efímeras. El conflicto persiste porque no se ha atendido su raíz: el desalineamiento entre lo que se es y lo que se intenta ser para cumplir expectativas externas.
Frente a este panorama la filosofía practica ofrece un camino de recociliación. A diferencia de lo que puede ofrecer la filosofía especulativa en estos casos, que en muchas ocasiones se aleja de la experiencia cotidiana, la filosofía práctica busca incidir directamente en la forma en la que pensamos, sentimos y actuamos. No se trata de resolver todos los dilemas, sino afrontarlos de forma conciente y crítica para asimilar esos eventos que se hacen presentes. Como dice Pierre Hadot (Philosophy as a way of life: Spiritual exercises from Socrates to Foucault), “la filosofía no consiste en enseñar una teoría abstracta, sino en ejercitarse en una forma de vida”, Esta idea transforma la filosofía en una herramienta vital: un entrenamiento constante del pensamiento para volver a sí mismo, cuestionar los modelos impuestos y construir una ética propia basada en la autenticidad.
La practica filosofica como duda socrática, el estoicismo o la atención plena de la cual habla el Tao, permite reducir el ruido mental, filtrar ideas que no nos pertenecen y lleva a escuchar la voz interna con más claridad, el individuo puede empazar la construcción de su propio criterio y caminar con mayor libertad por ese camino que antes parecía interminable.
Vivir entre conjeturas es parte inevitable del ser humano, pero perpetuar ese estado sin reflexión crítica nos lleva al desgaste. La distorsión del pesamiento no solo es un complejidad individual, sino una consecuencia social de estructuras que no permiten la diversidad del ser, la filosofía práctica se convierte en una herramienta viva para enfrentar el conflicto. No se trata de eliminar la incertidumbre, sino aprender a enfrentarla con lucidez y dicernimiento las vicitudes en la vida…
