¿El triunfo de la IA o la derrota de estar vivos?

Jorge Iván Domínguez
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Hay una parábola que aún nadie ha escrito, pero que nos puede ser familiar: la de una civilización que inventa un espejo capaz de reflejar no a quien la mira, sino la vida que esa persona debería estar viviendo. Los habitantes de esa civilización, hipnotizados por la nitidez del reflejo, abandonan poco a poco la vida real para contemplar su simulacro. Al final, nadie recuerda cuál de los dos lados del cristal es el verdadero. La parábola, por supuesto, no necesita inventarse. Ya la estamos habitando.

No seré yo quien levante un dedo acusatorio contra la ciencia. Sería necio y deshonesto. La ciencia nos arrancó del obscurantismo medieval, nos dio el fuego de Prometeo alquimizado en antibióticos, en vacunas, en satélites que cartografían la inmensidad que antes solo podíamos intuir con terror. Cada ecuación resuelta es un acto de valentía contra el caos; cada descubrimiento, una plegaria laica dirigida al misterio del universo. La penicilina salvó más vidas que todas las religiones de la historia. El telescopio James Webb nos devolvió la humildad cósmica que habíamos extraviado en nuestro narcisismo terrestre. No hay romanticismo honesto que pueda negar la grandeza de esas conquistas.

Y sin embargo.

Sin embargo, algo se ha torcido en la trama. Algo que pudiera ser descrito como la fractura entre el ahora y su representación. Porque una cosa es que la ciencia nos dé herramientas para comprender el mundo, y otra muy distinta es que esas herramientas se conviertan en el mundo mismo. El bisturí que cura no debería reemplazar a la mano que acaricia; el algoritmo que organiza no debería suplantar al deseo que desordena. Hemos confundido el mapa con el territorio y ahora habitamos una cartografía que se extiende hasta cubrir cada centímetro de la experiencia, sin dejar margen alguno para el extravío fecundo, para el sagrado acto de perderse.

¿Para qué queremos resolvernos la vida? La pregunta parece ingenua, pero es, en el fondo, la más subversiva que se puede formular en esta época. Cada nueva aplicación nos promete ahorrarnos tiempo. ¿Tiempo para qué? Para consumir otra aplicación que nos ahorre más tiempo.

El progreso tecnológico, que debía liberarnos, ha construido una cinta de Moebius donde la eficiencia se persigue a sí misma como un perro a su propia cola. Vargas Llosa advertía que la civilización del espectáculo degrada todo lo que toca al convertirlo en entretenimiento; habría que añadir que la civilización de la optimización degrada todo lo que toca al convertirlo en proceso. El amor se vuelve match. La amistad se vuelve like. La memoria se vuelve nube. Y nosotros, los antiguos protagonistas de una vida desordenada y magnífica, nos volvemos usuarios.

Usuarios: esa palabra debería inquietarnos más de lo que nos inquieta.

Vivimos, dice el consenso de nuestra época, en la era de la conexión. Pero habría que preguntarse si lo que llamamos conexión no es, en realidad, la forma más sofisticada del aislamiento. Porque estar conectado a todo es, paradójicamente, no estar arraigado a nada. El monje medieval que contemplaba un atardecer durante una hora entera sabía algo que nosotros hemos olvidado: que la realidad solo se entrega a quien se detiene. El instante —ese relámpago que Octavio Paz persiguió toda su vida con la red insuficiente del lenguaje— no se captura en una fotografía para Instagram; se vive, o se pierde para siempre. Y cada vez que elegimos documentar en lugar de habitar, cada vez que interponemos una pantalla entre nuestros ojos y el mundo, estamos eligiendo el reflejo por encima de la llama.

No se trata de nostalgia. La nostalgia es una trampa tan peligrosa como el futurismo ingenuo. Se trata de algo más urgente: de comprender que hemos edificado un sistema que nos exige aparentar que vivimos mientras nos impide experimentar que estamos vivos. Las redes sociales no documentan la existencia; la reemplazan. No mostramos lo que somos, sino lo que deseamos que los demás crean que somos. Y en ese juego de espejos —otra vez los espejos, siempre los espejos borgeanos—, el rostro original se desvanece. Queda solo la máscara, y detrás de la máscara, un vacío que llenamos con más máscaras.

Paz escribió que el hombre es el único ser que se sabe solo, y que su búsqueda más profunda es la del otro. Pero ¿qué ocurre cuando esa búsqueda se delega a un algoritmo? ¿Qué queda del encuentro humano cuando ha sido previamente filtrado, categorizado, optimizado por una inteligencia que no sabe lo que es temblar frente a otro cuerpo? El algoritmo puede predecir la compatibilidad, pero no puede generar el asombro. Y el asombro —esa grieta por donde se cuela lo sagrado— es precisamente lo que hace que valga la pena estar vivo.

Llegamos así al centro del laberinto: la inteligencia artificial.

No negaré su prodigio. Una inteligencia que puede traducir idiomas, diagnosticar enfermedades, componer música, asistir en la investigación científica, es un logro que honra la tenacidad de la especie. Pero honrar el logro no nos exime de formular la pregunta incómoda: a medida que delegamos en máquinas las tareas que nos definen —pensar, crear, decidir, errar—, ¿qué nos queda? Si la inteligencia artificial escribe nuestros textos, compone nuestras canciones, resuelve nuestros dilemas, ¿en qué se convierte el ser humano? ¿En el curador de un museo donde todas las obras fueron pintadas por otro?

Hay quienes responden con optimismo: la IA nos liberará para dedicarnos a lo verdaderamente humano. Pero ¿y si hemos olvidado qué es lo verdaderamente humano? ¿Y si, de tanto optimizar, hemos extraviado la capacidad de hacer aquello que ninguna máquina puede hacer por nosotros: sufrir con sentido, amar sin garantías, contemplar sin propósito, fracasar con dignidad?

Porque lo humano —y esto es lo que los profetas de la disrupción tecnológica no terminan de comprender— no es un problema que se resuelve. Es un misterio que se habita. Lo humano es la conversación a medianoche que no lleva a ningún sitio y que sin embargo lo cambia todo. Es el silencio compartido frente al mar. Es la página de un libro que nos arranca una verdad que no sabíamos que llevábamos dentro. Es la torpeza del primer beso, el temblor de la mano que toca por primera vez la mano del hijo recién nacido, el nudo en la garganta frente a la tumba de un padre. Ningún algoritmo reproducirá jamás esas experiencias, porque no son información: son presencia. Son el estar-aquí-ahora que toda la filosofía oriental y los mejores momentos de la occidental han señalado como la única forma auténtica de existir.

Y es precisamente eso —lo que no se puede codificar, lo que se resiste al lenguaje binario, lo que desborda toda métrica— lo que nos daría una vida con significado. No la eficiencia, sino la intensidad. No la velocidad, sino la profundidad. No la conexión permanente, sino el encuentro verdadero, ese que ocurre cuando dos soledades se reconocen sin mediación de pantalla alguna.

Vivimos tiempos en que lo humano se diluye en algoritmos como sal en un océano digital. Pero la sal, aunque invisible, transforma el agua. Quizá nuestra tarea en esta época no sea resistir la tecnología ni rendirse a ella, sino recordar —en el sentido más hondo del término: volver a pasar por el corazón— que somos algo que ninguna máquina podrá ser jamás: seres que saben que van a morir, y que precisamente por eso, precisamente por esa herida luminosa, pueden amar, crear y asombrarse.

El día que olvidemos eso, habremos ganado el futuro. Pero habremos perdido el presente, y el presente es el único lugar donde el pasado y el futuro verdaderamente existen, el presente es la vida misma.

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