Hay una tradición muy mexicana, casi filosófica, casi mística, que consiste en inaugurar las cosas antes de terminarlas. No es negligencia. Es fe. Es la convicción profunda, casi teológica, de que el destino va a resolver lo que la grúa no alcanzó. El Estadio Azteca, esa catedral del fútbol que lleva sesenta años mirando hacia Santa Úrsula con los brazos abiertos y los baños a medias, acaba de refrendar esa tradición con una puntualidad digna de aplauso.
Inaugurado originalmente el 29 de mayo de 1966 para el Mundial de México 70, el Azteca fue diseñado por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares con capacidad para 107,000 almas. Hoy, reformado, remozado y, según el cartel oficial, “renovado”, el recinto reabrió sus puertas con el ímpetu de quien estrena saco con las etiquetas todavía puestas. Había secciones sin terminar, señalización que contradecía a la señalización anterior, y un sistema de accesos que parecía diseñado por alguien que nunca había asistido a un partido, pero sí había visto muchos en televisión.
Inaugurar sin terminar es, en México, una forma de optimismo. El Azteca lo llevó al nivel de disciplina espiritual.
Los reportes de la noche del evento fueron un caleidoscopio de la experiencia nacional: filas que comenzaban en una puerta y terminaban, filosóficamente, en ninguna parte; personal de seguridad que señalaba hacia la izquierda con la misma convicción con que otro señalaba hacia la derecha; y baños cuya situación estructural invitaba a la meditación y a la abstinencia voluntaria de líquidos desde cuatro horas antes. Todo esto, claro, ante 80,000 personas que llegaron con entusiasmo y salieron con un doctorado en paciencia.
El Azteca en datos, para contextualizar el desastre: fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con el partido América vs. Torino; es el único estadio en albergar dos finales de Copa del Mundo, 1970 y 1986; su capacidad actual ronda los 83,000 espectadores; es sede confirmada para el Mundial 2026, lo que motivó la remodelación urgente; la inversión reportada supera los 300 millones de dólares; y las secciones aún en obra durante el evento inaugural fueron, digamos, varias.
La pregunta que muchos se hicieron esa noche, entre empujones y confusión de accesos, fue la misma de siempre: y el plan de logística?
La respuesta, elegante en su ausencia, fue que no había uno. O si lo había, estaba tan inacabado como la gradería norte. Para un estadio que va a recibir en 2026 a aficionados de 48 naciones, algunos de los cuales no hablan español, no saben que el caos es el sistema y que la improvisación aquí tiene categoría de arte marcial, esto no es un detalle menor.
Es un tema de salud pública, de seguridad y, francamente, de dignidad institucional.
Lo que se sugiere, con todo el amor del mundo y algo de urgencia clínica, es lo siguiente: primero, un sistema de accesos por códigos QR verificados con anticipación, no en la puerta, no en el torno, no mientras la gente empuja. Segundo, señalización trilingüe, clara, visible desde lejos, coherente con ella misma. Tercero, un protocolo de flujos peatonales diseñado por alguien que haya estudiado multitudes, no por alguien que confíe en que la gente “ya se acomoda sola”. Cuarto, zonas de espera con personal suficiente para responder preguntas sin señalar hacia el horizonte. Quinto, baños. Simplemente, baños. En número, en condición, en dignidad.
El Azteca merece todo eso porque es, en serio, uno de los estadios más importantes del planeta. Aquí gritó Pelé, aquí lloró Maradona de alegría, aquí Zidane se midió con el tiempo. No es cualquier cancha. Es un monumento vivo. Y los monumentos vivos merecen, al menos, que sus salidas de emergencia estén señalizadas antes de que llegue la emergencia.
Hay tiempo todavía. Quedan meses. México ha hecho cosas extraordinarias con plazos imposibles. Pero que esta vez, por favor, terminemos primero y inauguremos después. O al menos, que el polvo de obra no lo inhale la FIFA.
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