El costo invisible de un gol

Ana Karina Fernández
74 vistas

Cada vez que un aficionado compra un boleto para asistir a un festival mundialista y se encuentra con comentarios en redes sociales cuestionando el precio de la entrada, suele repetirse la misma idea: “Cómo es posible que cobren por ver un partido que pasan gratis en televisión?”

La pregunta parece lógica.

La respuesta, sin embargo, es mucho más compleja.

Porque los festivales, fan zones y experiencias colectivas que acompañan una Copa del Mundo no venden únicamente la transmisión de un partido. En realidad, están financiando una operación multimillonaria que pocos conocen y todavía menos comprenden.

El Mundial de Futbol es probablemente el evento deportivo con mayor protección comercial del planeta. FIFA no solamente controla la competencia. También controla sus marcas, logotipos, activaciones comerciales, patrocinios, licencias y, por supuesto, las exhibiciones públicas de los encuentros. FIFA cuenta con un sistema formal de licencias para proyecciones públicas y eventos comerciales relacionados con la transmisión de los partidos. (Inside FIFA⁠)

Esto significa que un festival que reúne miles de personas para ver un partido en pantallas gigantes no opera bajo las mismas reglas que una familia viendo el encuentro en su sala.

Ni siquiera un restaurante, un bar o un comercio pueden transmitir libremente los partidos con fines comerciales. De acuerdo con información difundida por el IMPI, los establecimientos que buscan transmitir encuentros del Mundial deben contar con licencias específicas para hacerlo. (La Jornada⁠)

Y aquí aparece la primera realidad que no se ve a simple vista.

Los derechos cuestan querido lector culto y conocedor. Mucho. Muchísimo dinero!

Aunque FIFA no difunde públicamente todas las tarifas aplicables para cada mercado y cada tipo de evento, documentos históricos de licenciamiento muestran que las licencias comerciales para eventos de exhibición pública parten de miles de dólares y aumentan conforme crece la capacidad del recinto. Incluso existen referencias a licencias comerciales desde mil dólares para eventos pequeños, incrementándose según el aforo autorizado. (Ligue Bourgogne FC⁠)

Pero los derechos representan apenas una parte de la ecuación.

Lo verdaderamente costoso es todo lo demás.

Pantallas monumentales.

Sistemas de audio profesional.

Generadores eléctricos.

Conectividad redundante.

Seguridad privada.

Paramédicos.

Protección civil.

Vallas.

Personal operativo.

Limpieza.

Montaje.

Desmontaje.

Producción artística.

Escenarios.

Mobiliario.

Seguros.

Permisos.

Staff.

Publicidad.

Patrocinios.

Logística.

Y, por supuesto, el arrendamiento del venue.

Cuando un organizador decide abrir un espacio para miles de asistentes, el riesgo financiero comienza meses antes de que ruede el balón.

Los depósitos se pagan por adelantado.

Los proveedores exigen anticipos.

La producción se contrata con independencia de cuántos boletos se vendan.

La publicidad se paga antes de conocer los resultados comerciales.

Y si llueve, si hay tormenta eléctrica o si ocurre cualquier situación extraordinaria, los costos permanecen.

La experiencia reciente de distintos eventos mundialistas demuestra precisamente eso. Incluso actividades oficiales relacionadas con la Copa del Mundo han enfrentado cancelaciones o evacuaciones derivadas de condiciones climáticas y protocolos de seguridad, sin que ello elimine los costos previamente comprometidos por los organizadores. (The Sun⁠)

Existe además otro elemento que suele ignorarse.

Los beneficiarios de esta cadena económica son muchos más de los que parecen.

Se beneficia FIFA mediante licencias y explotación comercial de la competencia.

Se benefician las televisoras que adquieren derechos de transmisión.

Se benefician patrocinadores globales y marcas oficiales.

Se benefician proveedores de tecnología.

Se benefician empresas de seguridad.

Se benefician operadores logísticos.

Se benefician recintos, hoteles, restaurantes, transportistas y cientos de prestadores de servicios vinculados al ecosistema mundialista.

Lo que pocas veces se menciona es que los organizadores independientes suelen ubicarse en el eslabón de mayor riesgo.

Son quienes pagan primero, quienes responden ante autoridades, quienes enfrentan contingencias, quienes absorben sobrecostos.

Y son quienes reciben las críticas cuando el boleto no cuesta lo que algunos espectadores consideran razonable.

Por supuesto, eso no significa que cualquier precio esté justificado.

La transparencia sigue siendo indispensable.

La calidad de la experiencia debe corresponder al valor pagado.

La oferta debe ser clara.

Y el consumidor siempre tendrá derecho a decidir si compra o no compra.

Pero también es importante abandonar la falsa idea de que un festival mundialista consiste únicamente en colocar una pantalla y conectar una señal de televisión.

Si fuera así, nadie invertiría millones de pesos para producirlos.

La realidad es que detrás de cada transmisión pública existe una maquinaria jurídica, comercial, técnica y operativa que funciona durante meses para generar una experiencia que simplemente no puede replicarse desde una sala doméstica.

Por eso, antes de juzgar el precio de una entrada, vale la pena observar todo lo que existe detrás del escenario.

Porque muchas veces el boleto no paga únicamente un partido.

Paga licencias.

Paga infraestructura.

Paga seguridad.

Paga operación.

Paga riesgos.

Y paga la posibilidad de convertir noventa minutos de futbol en una experiencia colectiva capaz de reunir a miles de personas alrededor de una misma emoción.

En el Mundial, el gol dura apenas unos segundos.

La inversión para hacerlo posible dura muchos meses y empieza meses antes del primer silbatazo!

Just saying…

También te puede interesar