El asesinato de Irma Hernández y el pacto de impunidad

Filiberto Cruz Monroy
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Hay casos que duelen por lo que representan. El de Irma Hernández Cruz no solo duele: quema, hiere, indigna. Una maestra jubilada de 62 años, asesinada tras ser obligada por un grupo criminal a grabar un video de advertencia para otros taxistas: “Con la mafia veracruzana no se juega. Paguen su cuota como debe ser”. ¿En qué clase de infierno estamos viviendo cuando el crimen organizado se adueña de nuestras calles, de nuestros cuerpos, de nuestras voces… y de nuestras vidas?

Irma no fue víctima de una bala perdida ni de una mala decisión personal. Fue víctima de un Estado ausente, de autoridades incompetentes y de una sociedad que parece haberse acostumbrado a vivir con la muerte en la esquina. Fue víctima de la indiferencia y del silencio que mata igual que los fusiles.

¿Y qué hicieron nuestras autoridades cuando fue secuestrada a plena luz del día en el centro de Álamo Temapache, frente al Mercado Municipal? Esperar una llamada. La gobernadora Rocío Nahle, con frialdad, dijo: “Es que no han llamado para pedir rescate”. ¿Esa es la estrategia de seguridad? ¿Sentarse a esperar que los criminales llamen por teléfono como si esto fuera un trámite de oficina?

Días después, el cuerpo de Irma apareció. Sin vida. Sin justicia. Sin Estado. La reacción institucional fue tan tibia como inútil. Declaraciones vacías, fichas de búsqueda que no sirven de nada, comunicados de prensa y promesas recicladas. El asesinato de Irma desnudó lo que muchos sabemos pero pocos quieren aceptar: en regiones de Veracruz, como en muchas otras del país, manda el crimen, no el gobierno.

Y sí, el gobierno tiene culpa. Mucha. Pero no es el único. Nosotros, como sociedad, hemos contribuido a esta tragedia con nuestra pasividad. Nos indignamos en redes sociales, compartimos la ficha de búsqueda, y después… pasamos al siguiente escándalo. Hasta que el muerto lleva nuestro apellido. Hasta que el miedo vive en nuestra casa.

¿Dónde están los sindicatos magisteriales, que no llenaron las calles exigiendo justicia por una de las suyas? ¿Dónde están los colegas taxistas, que han normalizado pagarle a la mafia como si fuera una obligación fiscal? ¿Dónde está la sociedad civil, que solo reacciona cuando la muerte es tan atroz que no se puede ignorar?

Y no, Claudia Sheinbaum no se salva. La presidenta dijo que prefiere no opinar, que prefiere esperar los resultados de la investigación. ¿Esperar qué? ¿Otro cadáver? ¿Otro video? ¿Otra mujer arrodillada frente a las cámaras de los narcos? El crimen organizado no espera, presidenta. Cobra, secuestra y mata. Y mientras usted “espera información completa”, la impunidad avanza sin freno.

La muerte de Irma revela lo más atroz de nuestro país: un sistema colapsado que ha dejado de proteger a su gente, una sociedad cansada que apenas levanta la voz, y un gobierno que responde más rápido a las cámaras que a los gritos de auxilio.

Irma no era famosa. No tenía una plataforma política. No contaba con escoltas ni lujos. Era una maestra, como tantas, que se subió a un taxi para sobrevivir la vejez que este país castiga. Y aún así, le arrebataron la vida. La arrodillaron, la humillaron, la convirtieron en un mensaje criminal y luego la mataron. Porque en este país, el crimen organizado sí se atreve a jugar con nosotros. Y siempre gana.

Nos queda su memoria, que debe ser rabia. Nos queda su historia, que debe ser grito. Y nos queda la obligación, como sociedad, de no permitir que este crimen quede impune. Porque si el asesinato de Irma no nos despierta, entonces este país está más muerto que sus víctimas.

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