Costos de la humillación.

Ivette Estrada
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Humillar es matar simbólicamente. Aniquilar dignidad, percepción y estima. Es arrebatar en un acto, aparentemente pueril, la valía de un “inferior”. Es el acto deliberado para nulificar.

Palabras, actos, silencios u olvidos conforman entramados cuyo único fin es “poner en su lugar” a quien sale de la narrativa que se construye desde un peldaño de autoridad real o fáctica. A quien osa contradecir u ostentar una autoridad que no se permite. Es un acto que se ejerce desde un nivel jerárquico más alto que la víctima del desprecio público y orquestado para minimizarlo a los ojos de distintos públicos.

¿Por qué hablamos de esto? Porque en un país donde el poder es altamente personalista, como el nuestro, se asume que el líder puede actuar sin consecuencias y rendir tributo a sus ineficiencias y temores sin menoscabo a su reputación.

La humillación pública, en política, es un acto deliberado para rebajar el estatus de un subordinado, recordarle su posición y enviar un mensaje disciplinario al resto del sistema. Es lo que se llama humillación performativa desde el poder.

Qué es, para qué sirve, y qué costos genera.

Según la teoría política y sociológica, la humillación pública es un instrumento de dominación que busca marcar a alguien como inferior, derrotado o prescindible. Raúl Trejo Delarbre lo define como un mecanismo donde el poder estigmatiza, marca y despoja al otro de su carácter de igual, atacando su honor y su posición en la comunidad política.

La historiadora Ute Frevert, en The Politics of Humiliation, explica que la humillación pública solo funciona en relaciones de poder asimétricas: quien humilla exhibe su superioridad y convierte el acto en un espectáculo disciplinario para terceros.

En términos simples es un acto de poder. Y solo tiene sentido cuando es público, porque su función es que otros lo vean y aprendan la lección.

Políticamente la humillación es útil para el poder por varias razones: Reafirmar jerarquías internas ( “pedagogía perversa de la superioridad” ), controlar la narrativa pública y generar miedo preventivo porque funciona como advertencia: “Si contradices, fallas o te sales del guion, esto te puede pasar.”  Es un mecanismo de control más barato que la coerción física.

Pero también logra una función más perniciosa que no se quiere admitir pero que se dibuja claramente entre los “matones” de las escuelas: refuerza la centralidad del líder. En sistemas personalistas, la humillación reafirma que la única figura indispensable es el líder. Todos los demás son reemplazables.

Ahora, hay algo que pasa inadvertido:  ¿Tiene costos ejercer humillación pública? Sí, y son significativos, aunque no siempre inmediatos.

Primero está el costo institucional. La humillación erosiona la idea de que el Estado opera con reglas impersonales. Pero cuando el poder se ejerce como espectáculo, se debilita la legitimidad institucional y se refuerza la percepción de arbitrariedad. La humillación entonces deteriora la confianza pública.

También tiene un costo político interno: Los equipos se vuelven más temerosos, menos creativos y disminuyen su lealtad. La humillación genera obediencia, pero no compromiso. A largo plazo, produce fugas de talento, silencios estratégicos y paraliza las decisiones.

La humillación, asimismo, presenta un costo simbólico ante la ciudadanía. Aunque algunos sectores celebran la dureza, otros interpretan la humillación como abuso de poder, inseguridad del líder, incapacidad de construir autoridad sin degradar a otros.

Los actos de humillación pública, a nivel internacional pueden ser leídos como señales de inestabilidad interna, falta de profesionalismo y personalismo excesivo. Esto afecta negociaciones, confianza y percepción de gobernabilidad.

Por ello un líder debe cuidar cuando decide, perversamente, minimizar, infantilizar, arremedar, borrar identidad o cualquier acto u omisión que pretenda declarar: No eres indispensable. No eres central. No eres igual.

Y cuando un líder humilla públicamente a un miembro de su propio equipo, el sistema político entero reacciona, aunque lo haga en silencio, en códigos, en gestos, en reacomodos. Y en todos los casos, existe una reprobación latente a quien perpetra este acto de minusvalía. Exhibe sus propios miedos e incapacidad.

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