Cómo se fabrica la sensación de crisis

Ivette Estrada
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Desde siempre, existe una narrativa angustiante que nos coloca en el filo del acantilado: inminente crisis, destrucción, peligro. Es la instalación de una atmósfera emocional que aparece sin evidencias ni cuestionamientos. Esta estructura ficticia busca ordenar, disciplinar, distraer, cohesionar o fracturar. Es un dispositivo político, pero también un fenómeno cultural y emocional.

Esa sensación de crisis no es fortuita ni surge inesperadamente. Se fabrica por quienes administran las narrativas públicas para dividir el mundo entre “nosotros” y “ellos”,  bifurcar entre quienes amenazan y los que protegen, separar a los que entienden de los que estorban. En un país complejo y lleno de matices, la crisis ofrece un atajo emocional: no pensar, solo reaccionar. Y para ello instalan la polarización y el miedo.

La crisis también moviliza. El miedo activa obediencia mientras la esperanza activa lealtad. En tiempos de incertidumbre, cualquier voz que prometa orden, claridad o salvación adquiere autoridad moral.

Así la crisis justifica. Bajo su sombra se vuelven aceptables decisiones extraordinarias, cambios abruptos, medidas que en tiempos de calma serían impensables. La crisis es un escenario donde se enseña cómo sentir, interpretar, obedecer y pensar. Se adueña del poder absoluto cuando ante un gran problema devastador, nadie osa presentar alternativas ni cuestionar.

La crisis es un mensaje con múltiples destinatarios. Se dirige a la ciudadanía para moldear emociones colectivas como miedo, urgencia, resignación o esperanza. Se enfoca a la oposición para obligarla a reaccionar, no a proponer. Y al unísono, se destina a los aliados para cerrar filas y reforzar lealtades.

Ahora, toda crisis percibida necesita un relato que la haga verosímil y hay cinco narrativas recurrentes:

  • El colapso inminente: “Todo está a punto de romperse.”
  • El enemigo interno: “Hay fuerzas ocultas que quieren sabotear.”
  • La urgencia moral: “Si no actuamos ahora, será demasiado tarde.”
  • La salvación: “Solo este proyecto puede evitar el desastre.”
  • La excepcionalidad: “Nunca habíamos enfrentado algo así.”

Estas narrativas no describen hechos, producen estados emocionales. Son dispositivos de interpretación que moldean la forma en que la ciudadanía siente el país.

Junto a las crisis reales como inseguridad, precariedad, violencia, burocracia o desigualdad, Junto a ellas conviven afecciones supuestas: percepciones amplificadas, rumores, interpretaciones sin evidencia y lecturas emocionales que se vuelven certezas. Ambas producen efectos reales.

Una crisis objetiva puede paralizar, pero una crisis percibida puede polarizar, manipular o desviar la atención. La percepción, cuando se instala, actúa con la misma fuerza que los hechos.

La crisis como mito se sostiene mientras permanece indiscutida. Para desmontarla se requiere nombrar los mecanismos que la sostienen, diferenciar hechos de emociones, revisar fuentes, desactivar la urgencia, recuperar agencia y construir narrativas de dignidad.

Las crisis míticas desaparecen cuando se reacciona y se comienza a interpretar. Entonces las falacias se desvanecen y el poder fáctico deja de hablar.

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